¿Existe un modo "esencial" de clasificar los hechos del mundo?

El autor abusa de la paciencia de su lector, al usar casi 400 páginas para lo que resultaría ameno en unas 40.

26 Mayo 2002
Nuestro trato con el mundo se ejercita a través de las ideas que nos formamos sobre él. Pero ocurre que tales ideas son también el origen de profundas discrepancias entre las personas. ¿Cómo podemos tener un mundo común si lo miramos desde distintas interpretaciones? Las ideas son clases, aluden a objetos (reales o imaginarios) que etiquetamos bajo algún rasgo común. El mecanismo psíquico que empleamos para ese etiquetamiento es poderosamente versátil. De ahí que aquel objeto que aparece como "lo mismo" que otro, bien puede ser clasificado como profundamente "distinto" de ese otro. Tómese el ejemplo de "homosexual". Para unos aludirá a un hecho "contra naturaleza"; para otros, a un fenómeno perfectamente "natural". El actual ascenso del racismo nazi en Europa verá como virtuosa a la "xenofobia", no así sus adversarios.
¿Hay un modo "esencial" de clasificar los hechos del mundo? ¿O se trata de un fenómeno antojadizo, privativo de cada quien? Filosofías esencialistas y relativistas vienen disputando desde la antigua Grecia hasta hoy sobre esta pregunta. Una respuesta actualmente de moda es la que sostiene que nuestras ideas sobre el mundo son "construcciones sociales", sometidas al cambio histórico, entendidas válidas dentro del ámbito acotado en que nacen y se cultivan, ideológicas y enmascaradoras de intereses oscuros. La cosa se presta a poderosas confusiones, porque las grande ideologías totalitarias (enamoradas de un orden "esencial final") se deslizaron fácilmente hacia el relativismo. Los nazis, por ejemplo, sostuvieron que la física relativista de Einstein era una despreciable "física judía". Y una de las metástasis actuales más vigorosas del marxismo está sosteniendo que la ciencia y la tecnología son frutos ideológicos (no "objetivos") del capitalismo, cuyos intereses legitiman.El autor se detiene en el examen detallado de numerosos ejemplos de clasificaciones usuales hoy ("abuso infantil", "mujer refugiada", "déficit", "dolomita", etc.). Menciona y analiza una vastísima bibliografía de estos días (en especial norteamericana).
Declara no tener "ninguna epistemología normativa que proponer", puesto que "no hay un único método científico" (p. 324). Eso da al libro un tono conciliador, que busca encontrar cuáles elementos del "construccionismo social" son atendibles y cuáles otros no lo son. Y defender, asimismo, la relativa autonomía del saber científico respecto de sus orígenes (con frecuencia "interesados"). Todo esto es meritorio. Pero, a mi juicio, el autor abusa de la paciencia del lector. Parece dirigirse a un público al que hay que repetirle muchas veces el asunto, ilustrarlo exageradamente y endosarle casi 400 páginas que hubiesen sido amenas si reducidas a 40.
(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios