Territorio Mutis

Para LA GACETA - BOGOTA

19 Mayo 2002
La altiplanicie donde se halla situada la sabana de Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, tiene un cielo despejado que vuelve aun más verde el oscuro marco de sus montañas. Pero al tomar la carretera que lleva a tierra caliente, pasando por el salto del Tequendama, las curvas del camino producen una sensación ambigua de mareo y asombro. De paulatino despojarse de suéteres y chaquetas e incremento, en la piel, en los ojos, de tibieza y vértigo.
Pasamos bajo gárgolas góticas talladas en milenarias piedras chibchas y nos asomamos, con el corazón en la boca, a los abismos más insondables. Allí abajo, muy abajo, casi invisible, un imperceptible hilillo de plata nos recuerda que las cordilleras más empinadas pueden resultar horadadas por el diamante líquido del agua.
Seguimos así los meandros de esos ríos pacientes, viendo cómo las narices del diablo se proyectan sobre un vacío estremecedor, y nos distraemos con aquellos altísimos árboles aferrados con garras y dientes a las resbaladizas laderas.
Entretejen un palio de verdor más claro, y una flora dulce, roja, rosa, azul, morada, comienza a estallar bajo nombres grávidos: novios y geranios, cambulos y gualandayes.
Como si los tajos en las vertientes fueran una descomunal pantalla donde nos fuera dado contemplar toda la botánica colombiana, desde las nieblas perpetuas de los páramos hasta las planicies ocres y amarillas de los esteros tropicales.
Seguimos así encerrados en ese embudo claustrofóbico que a cada metro de descenso nos recalienta aún más la sangre. Igual sucede con los carros que al bajar más de mil metros en media hora, petardean acesantes queriendo, como todos, refrescar la garganta. Una agria, como llaman a la cerveza, o un refajo, mezcla de cerveza y gaseosa, son despachadas en las tiendas del camino. Una se llama "La última vuelta"; otra: "La nieve del almirante".
Los buses de pasajeros, las flotas, los fatigados camiones de carga, con ganado o con barriles de petróleo, el cascabeleo sonoro de los caballos de paso, los agobiados burros con su carga de café en el lomo, las campesinas de pañolón y sombrero negro de paño, los niños sonrientes y desharrapados: la sempiterna, altiva, propia, resignada, maliciosa, terca pobreza colombiana.
Toda ella poblada de quimeras, no la lotería o la ruleta en la plaza, sino el buscar entierros precolombinos, donde las grandes urnas funerales de barro albergan los sapos, serpientes y aves de oro de los orfebres milenarios. Para ello habrá que escarbar en muchas parcelas y soñar con rabia, hasta que se revele el lugar sagrado.
O los socavones de una mina abandonada. O un aserradero, en el laberinto húmedo y evasivo de la selva. O el contrabando de rifles, entre los caminos de cornisa o los senderos camuflados que comunican entre sí estas soledades, con sus ranchos salpicando las montañas. De uno a otro, sube y baja, cuatro, cinco horas de marcha.
Un mundo campesino, de férreas lealtades y odios ancestrales, entre liberales y conservadores, donde la resignación impuesta del báculo eclesiástico convive con la autoridad precaria y esporádica del ejército y la policía. Tanta tierra para tan pocos hombres. Tanto país y tan poco Estado.
Por ello esas pequeñas fincas cultivan el maíz y la papa, las gallinas y el perro que siempre ladra, como el imprescindible respaldo del pan coger que continúa alimentando su sed de horizontes. Su viaje infatigable hacia la nada. Como todos los andinos, dibujan el mar. Como todos los presos en el oxígeno enrarecido de esas montañas de más de tres mil metros, es necesario aprender a moldear los fantasmas, la pobreza en primer término, con el fuego rojo del alcohol y el cortante brillo metálico de los machetes, degollando cuellos o cercenando brazos, en la fiesta anual de la Virgen Patrona. La violencia, con sus rojos brechazos de sangre, como en la pintura de Alejandro Obregón, ha entonado, década tras década, el duelo gris de su fúnebre elegía.
Más que la creciente de los ríos desbordados, más que los temblores y terremotos que borraron Armere o sacudieron la zona cafetera, más que las plagas de los sembrados, es el volcarse en pos de una entelequia concreta lo que agosta y seca la energía de estos hombres y mujeres magros y recios. Primero el oro, luego la quina y el tabaco, más tarde café y petróleo, ahora coca y amapola, pautan la cronología de esta historia. De la década del 40 a los años 60, los 300.000 muertos de la violencia partidaria. Los años en que Alvaro Mutis, de La balanza (1948) a Los elementos del desastre (1953) y Memoria de los hospitales de ultramar (1959) cartografía, en Colombia, el mapa de su territorio:

"Las armas enterradas
en lo más espeso
del bosque
indican el nacimiento de un gran río.
Un guerrero herido señala
con énfasis el lugar.
Su mano llega
hasta el desierto
y sus pies descansan
en una hermosa ciudad
de plazas soleadas y blancas".

(c) LA GACETA

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