19 Mayo 2002 Seguir en 

Huellas de vértigo, angostas, entornadas de abismos, cruzadas por raíces como ramas al ras del suelo, con zanjones profundos y caídas de 50 grados, o elevaciones bruscas sobre raíces atravesadas. Todo eso en medio de una selva tupida, sin claros, de arboledas altas, pájaros cantores y flores mareadoras de primavera. Y de pronto llega uno al río, animoso de descensos, con honduras de 50 cm y las dos motos pasan ese caudal fuerte, sobre su lecho de piedras, una y otra vez, viendo de soslayo (porque no puede uno distraerse) dos garzas blancas enormes levantando vuelo, o caranchos que recorren el río -como lugar de sacrificio que es- en búsqueda aérea de su alimento.
Hay un sentirse vivo en el riesgo, en la tensión alerta ante cada dificultad (y las hay tan duras) en esas sendas perdidas de la selva. Y aun cuando nos detenemos un momento para descansar y beber agua, siento que si nos quedamos sentados allí algún tiempo, sobre la raíz enorme de un horco cebil, seríamos asimilados por la fuerza de esa vida, nos deglutirían hormigas, jejenes, bacterias desconocidas y hasta pájaros. Y uno pasaría a ser parte de ese crujido de la vida intensa en la arboleda, mis proteínas viajarían y acabarían floreciendo en las copas altas.
Camino de esas alturas remontamos una huella de la competencia que se corre anualmente -el "enduro nacional"-. Se trata de unos socavones que parecen casi verticales, y una vez que entraste no te queda otra que intentar seguir, no puedes pararte a pensar ni a deliberar, atroz la adrenalina porque lo que parece imposible al comienzo empieza a ceder bajo tu voluntad de remontar esa implacable elevación sobre precipicios, raíces, árboles y piedras que se cruzan para empujarte en la dirección más peligrosa. Y ni un solo golpe en la batalla, me siento más a caballo de la bestia.
Cruzamos el último río y empezamos a subir la cuesta más difícil, camino a una cumbre que está blanca de granizo. Hacia la mitad nos topamos con un tramo de unos 200 metros; Constantino ha medido que tiene 40º de desnivel, además es ripio suelto y con precipicios a ambos costados. Nos agarra el pavor de enfrentarla. Pero nos largamos nomás. Empieza él, puede recorrer más allá de un tercio. Y desde ahí se da maña para zigzaguear por una senda de mulas (que saben muy bien lo que hacen, nunca derecho ante una barbaridad como esa).
Cuando él está arriba pruebo yo, acelero a fondo y empieza un corcoveo furioso. La rueda delantera casi todo el tiempo en el aire, la trasera derrapando, corriéndose de un lado a otro, haciendo cambiar la dirección de mi moto. Avanzo a lo mero bestia, concentrado en mantenerme arriba del animal, y cuando casi llego, uno de esos cambios bruscos de dirección me pone precisamente sobre una piedra alta, no puedo eludirla, la encaro tirando el cuerpo adelante para evitar que la moto se ponga vertical en mi contra, pero ya no puedo dominarla y me tumba hacia atrás nomás. Mientras caigo de espaldas más que miedo siento rabia de ser vencido al borde de ganarle a la cuesta, de perder en el último tramo. Constantino me ayuda a incorporarla, arranco y subo los escasos metros que faltan hasta la cumbre.
Más arriba está el desierto, no la selva. Y más alto aún anda el salar de Arizaro, donde Chilo me contó haber visto un burro (pobre ángel) convertido en estatua de sal, parado, rígido, intacto, muerto desde años atrás. Quizás veamos flores también en ese desierto.
(c) LA GACETA
Hay un sentirse vivo en el riesgo, en la tensión alerta ante cada dificultad (y las hay tan duras) en esas sendas perdidas de la selva. Y aun cuando nos detenemos un momento para descansar y beber agua, siento que si nos quedamos sentados allí algún tiempo, sobre la raíz enorme de un horco cebil, seríamos asimilados por la fuerza de esa vida, nos deglutirían hormigas, jejenes, bacterias desconocidas y hasta pájaros. Y uno pasaría a ser parte de ese crujido de la vida intensa en la arboleda, mis proteínas viajarían y acabarían floreciendo en las copas altas.
Camino de esas alturas remontamos una huella de la competencia que se corre anualmente -el "enduro nacional"-. Se trata de unos socavones que parecen casi verticales, y una vez que entraste no te queda otra que intentar seguir, no puedes pararte a pensar ni a deliberar, atroz la adrenalina porque lo que parece imposible al comienzo empieza a ceder bajo tu voluntad de remontar esa implacable elevación sobre precipicios, raíces, árboles y piedras que se cruzan para empujarte en la dirección más peligrosa. Y ni un solo golpe en la batalla, me siento más a caballo de la bestia.
Cruzamos el último río y empezamos a subir la cuesta más difícil, camino a una cumbre que está blanca de granizo. Hacia la mitad nos topamos con un tramo de unos 200 metros; Constantino ha medido que tiene 40º de desnivel, además es ripio suelto y con precipicios a ambos costados. Nos agarra el pavor de enfrentarla. Pero nos largamos nomás. Empieza él, puede recorrer más allá de un tercio. Y desde ahí se da maña para zigzaguear por una senda de mulas (que saben muy bien lo que hacen, nunca derecho ante una barbaridad como esa).
Cuando él está arriba pruebo yo, acelero a fondo y empieza un corcoveo furioso. La rueda delantera casi todo el tiempo en el aire, la trasera derrapando, corriéndose de un lado a otro, haciendo cambiar la dirección de mi moto. Avanzo a lo mero bestia, concentrado en mantenerme arriba del animal, y cuando casi llego, uno de esos cambios bruscos de dirección me pone precisamente sobre una piedra alta, no puedo eludirla, la encaro tirando el cuerpo adelante para evitar que la moto se ponga vertical en mi contra, pero ya no puedo dominarla y me tumba hacia atrás nomás. Mientras caigo de espaldas más que miedo siento rabia de ser vencido al borde de ganarle a la cuesta, de perder en el último tramo. Constantino me ayuda a incorporarla, arranco y subo los escasos metros que faltan hasta la cumbre.
Más arriba está el desierto, no la selva. Y más alto aún anda el salar de Arizaro, donde Chilo me contó haber visto un burro (pobre ángel) convertido en estatua de sal, parado, rígido, intacto, muerto desde años atrás. Quizás veamos flores también en ese desierto.
(c) LA GACETA
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