La Feria de la crisis

Por Gustavo Bernstein

19 Mayo 2002
Feria es una palabra de variadas acepciones. Mercado, exposición, muestra, salón, o en su inflexión festiva puede aludir a una verbena o a una kermese. Todas ellas son atinadas para rotular a este reciente evento acaecido -y ya clausurado- en el Predio Ferial de Palermo; hábitat que compartió sintomáticamente con distintos outlets de mobiliarios, indumentaria y demás accesorios decorativos.
La denominación "Feria del libro" describe con precisión el acontecimiento. Se trata de un hangar de unos 25.000 metros cuadrados donde la industria editorial dispone de tres semanas para aglutinar y exhibir su producción. Es decir, una "feria" donde se exhibe "el objeto libro". ¿Algo más? Sí, se complementa con la presencia de sus autores más populares y con un cronograma de actos donde se presentan textos o se diserta sobre algún tema convocante. Este es más o menos el concepto, con algún aditamento pseudo educativo o científico.
La realidad es que uno entra en un vasto galpón abonado con logotipos de los grandes holdings editoriales y gigantografías con retratos de conspicuos proveedores de bestsellers, sin importar otra cosa más que los guarismos que tal rostro arroja en los balances. Así es como, por ejemplo, uno puede hallar a Borges entre Gabriela Acher y Wei Hui (la revelación erótica del Lejano Oriente) o a Bioy junto a Coelho, Bucay u otros predicaciones espirituales de mayor o menor rango, aunque de facturación asegurada. Porque la feria libresca porteña es precisamente un cambalache: la biblia y el calefón discepolianos. Un mercado persa de ribetes industriales, aunque carente del encanto de esos deliciosos antros comerciales.Se desilusionan quienes creen que se trata de un acontecimiento literario.
Digamos, para ser benevolentes, que puede serlo también, con suerte, en una medida mínima. Quizá, para emplear un recurso numérico caro al evento, lo sea en un generoso diez por ciento. Sí es, sin lugar a dudas, un evento editorial, y como tal, un fiel reflejo de lo que transita por sus páginas; poco de lo cual tiene que ver con la literatura. Porque convengamos que nos encontramos ante una industria bibliófila más que nunca preocupada por los libros contables que por los editables.
De ahí que hayan apabullado con saldos de remesas y una fuerte promoción de sus "artistas top". Esa ha sido la más honda preocupación. Las cifras. El arqueo de caja. Y ese temor atávico al fracaso en las ventas signó de entrada (como nunca antes) su gestación. De ahí entonces la oportunista presencia de un cantante de irrefutable captación mediática pero de dudoso protagonismo en el mundo de las letras (siendo incluso menos considerado como autor que como intérprete). Por supuesto, como se esperaba, fue todo un "éxito": reunió una multitud y desgranó para la ocasión un sinnúmero de frases demagógicas con qué regocijarnos a todos y propiciar el presumible chiflido a los funcionarios de turno.
Cómplice de estos emblemas viciados y vaciados de los organizadores fue la prensa gráfica, mostrando de una manera burda y obstinada la voluntad de construir el panegírico de la Feria a través de la facturación y la concurrencia (léase venta de tickets). Gente y ventas han sido los tópicos recurrentes. Incluso se llegó a hablar de una "Feria de la resistencia" cuyo "éxito comercial" desbordó la proyección oficial más esperanzadora y superó las cifras de años anteriores, cuando en realidad se aludía a números inficionados más por el índice inflacionario que por volumen de ejemplares vendidos (que, dicho sea de paso, da una señal elocuente del desorbitado precio que han alcanzado). Es decir, acabó por degradarse un evento con aspiraciones culturales a la fisonomía de una boca de expendio de material bibliográfico.
Ahora bien, ¿qué otra cosa puede ser una Feria del Libro? ¿Por qué ha de ser un hecho aislado de la realidad y no su muestrario? Cuando se afirma que a mediados de los 80 la Feria era culturalmente más movilizante ¿no se está diciendo lo mismo? Era lógico que una sociedad sensibilizada por la apertura democrática, endulzada con fatuas ilusiones, celebrara la posibilidad de reuniones multitudinarias donde se exponían públicamente volúmenes hasta hace muy poco censurados o causales eventuales de hechos atroces. La Feria, como otros eventos culturales, constituía entonces un marco de reunión, un ritual de confraternización. Y la excusa eran los libros: prohibidos, malditos, ocultos, hallazgos de remotas geografías. Porque había eso también: uno iba a hurgar, a descubrir, a incursionar en una aventura. Uno podía sentirse una suerte de conquistador.
Hoy es todo previsible. De las representaciones internacionales quedaron a lo sumo media docena de las más remanidas. También sufrió una merma la presencia editorial: algunas porque ya no existen y otras porque no pueden acceder a estar.
El plano del galpón delata claramente a los cinco holdings internacionales en ubicación central junto a otras tantas distribuidoras y librerías de renombre, luego las empresas de menor inserción y los despliegues de organismos oficiales; y en la periferia, los pequeños mercachifles de espiritualidad y afines. En los ocho salones de actos se suceden presentaciones de libros y mesas redondas que disertan los más variados temas: desde un diálogo entre Andreas Huyssen con Beatriz Sarlo a un sermón a cargo de Enrique Rojas (el gurú de la felicidad ibérica) por citar la notable disparidad de dos de los seis invitados internacionales invitados esta vez (solían ser doce); invitados que delatan tanto la hibridez de criterio con que se encara el proyecto como la gravitación de los intereses de un determinado grupo editorial. Porque en definitiva, el tópico preocupante de esta feria no es la afección de la crisis económica sino su notable crisis de identidad.
Otros medios expresivos, como el teatro, la música o el cine, logran en las circunstancias de este mismo país festivales bastante más novedosos y estimulantes para sus respectivas disciplinas. Es difícil, en cambio, que algo aporte esta Feria al cultor de la literatura o al diestro lector que suele frecuentar las librerías. ¿Qué verdadero bibliófilo puede solazarse con el ojeo de esos multitudinarios esperpentos editoriales en un galpón anónimo y anodino?Puede en cambio que esta Feria, de digitada inquietud mediática, brinde una oportunidad a los otros, a aquellos sectores usualmente más distanciados de los libros, ofreciéndoles una posibilidad anual de acercarse a tan loables objetos. Pero a qué libros acerca ya es otro cantar, digamos, para homenajear al ilustre invitado catalán.
En vista de esta sarta de golpes bajos y recursos baratos de promoción, ya no es una necedad sino una hipocresía que se hable de decadencia de la lectura y se demonicen los medios audiovisuales. Es harto notorio que la industria del libro no difiere un ápice de la discográfica, la fílmica o la televisiva. Podría estimarse, para seguir con los guarismos, que el 90 por ciento de lo que se produce en todas ellas es de sospechosa virtud; salvo que para las facetas más burdas del entretenimiento y sus derivados, o para ciertos fines utilitarios, el régimen audiovisual ha demostrado una mayor eficacia que el editorial. Nada más.
Resulta candoroso aducir entonces que la "mala TV puede atentar contra la ?buena? literatura". Ahora, los libros que buscan un lector pasivo seguramente pierdan ante otros medios que faciliten todavía más esa cualidad en el receptor.
¡Enhorabuena! Los amantes de los libros deberíamos hacer de la TV un objeto de adoración: prenderle cada día una vela y rezarle hasta que llegue la fecha gloriosa en que redima de una vez los demonios de la industria editorial.Qué importa si se lee mucho, poquito o nada. Los libros no son una margarita a deshojar. De ser así, una sociedad instruida en el hábito de la lectura veloz tendría garantizado el acceso a la cultura (y por ende a la indudable felicidad) en un lapso relativamente breve: bastaría con cronometrar las líneas leídas por minuto por cada habitante. Quizás el ombliguismo del medio propicie que el dilema cultural de una comunidad pase por la masividad de la lectura. La realidad prueba que se equivoca: hoy ni siquiera para fines educativos el libro parece ser la herramienta más eficaz.
Y a propósito: ¿qué brinda esta feria a los grupos de chicos en uniformes escolares que diariamente recorren su pasillo? ¿Un contacto fetichista con los libros, como si sus valores se transmitieran por ósmosis, por el mero contacto visual de sus portadas? O supongamos que se acerquen a los stands con el mismo criterio que pulula entre los exégetas de la prensa y pregunten: "¿quién es el autor más vendido? ¿Cuántos ejemplares? ¿Cuántos transeúntes pisaron el stand?" No se ve que prime un criterio pedagógico. Salvo contadas excepciones, como la elemental introducción a Borges de los propios chicos del Pellegrini o el atractivo periplo por los libros de lecturas de 1810 a nuestros días organizado por la Biblioteca Nacional de Maestros, el declamado componente educativo ha constituido en esta feria otro déficit alarmante.
No hay dudas de que una Feria del Libro es un evento cultural importante en cualquier país y se debe bregar por su permanencia en el nuestro; pero también por su mejoría. Ojalá nuestra Feria sobreviva a este naufragio y retome la senda por la que alguna vez pareció encaminarse. Ojalá vuelva a ser una fiesta. Aunque poco se contribuye mediante la obsecuencia. Porque si el fin es simplemente alentar la concurrencia y facturar, hagamos los diarios como se los hacían a Yrigoyen: digamos que fue "mucha gente y que se vendió mucho"; esas cosas que gratifican.

(c) LA GACETA

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