19 Mayo 2002 Seguir en 

Se trata de una historia que, aunque lineal y sencilla, es vertida a partir de un estilo fuertemente poético y alegórico.
Aurélien Rochefer es un apicultor provenzal cuya vida focaliza la búsqueda de la belleza, del "oro de la vida". Ubicada hacia fines del siglo XIX, la aventura del protagonista es vivida en tierras africanas. Allí el lector deviene una suerte de voyeur de las peripecias de Aurélien. La secuencia africana presenta ribetes de intensa sensualidad, trazados desde el influjo de una naturaleza deslumbrante y realzados mediante el encuentro del protagonista con personajes excéntricos -los que habitan el mundo quimérico buscado por el protagonista-. Se trata de la mujer dorada, que no es otra cosa que una abeja reina devoradora y evanescente, y del desopilante Hippolyte Loiseul, cómplice de Aurélien en la construcción de Apípolis (la ciudad de las abejas), por citar sólo los actantes circunstanciales de mayor peso. A estos personajes se les oponen los que habitan la tierra natal: el entrañable abuelo y la paciente Pauline.
El viaje de Aurélien no tuvo otro sentido que el deseo de emprenderlo. Y ese deseo se torna más estimulante que su realización. Finalmente el protagonista encuentra el oro de la vida en los seres y en los paisajes de su infancia.
Una historia que nos pareció "ya contada" pero que el autor retoma con cierto vuelo. Para el lector sudamericano, quizás, el relato adolece de una cierta morosidad marcadamente intelectual.
(c) LA GACETA
Aurélien Rochefer es un apicultor provenzal cuya vida focaliza la búsqueda de la belleza, del "oro de la vida". Ubicada hacia fines del siglo XIX, la aventura del protagonista es vivida en tierras africanas. Allí el lector deviene una suerte de voyeur de las peripecias de Aurélien. La secuencia africana presenta ribetes de intensa sensualidad, trazados desde el influjo de una naturaleza deslumbrante y realzados mediante el encuentro del protagonista con personajes excéntricos -los que habitan el mundo quimérico buscado por el protagonista-. Se trata de la mujer dorada, que no es otra cosa que una abeja reina devoradora y evanescente, y del desopilante Hippolyte Loiseul, cómplice de Aurélien en la construcción de Apípolis (la ciudad de las abejas), por citar sólo los actantes circunstanciales de mayor peso. A estos personajes se les oponen los que habitan la tierra natal: el entrañable abuelo y la paciente Pauline.
El viaje de Aurélien no tuvo otro sentido que el deseo de emprenderlo. Y ese deseo se torna más estimulante que su realización. Finalmente el protagonista encuentra el oro de la vida en los seres y en los paisajes de su infancia.
Una historia que nos pareció "ya contada" pero que el autor retoma con cierto vuelo. Para el lector sudamericano, quizás, el relato adolece de una cierta morosidad marcadamente intelectual.
(c) LA GACETA
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