19 Mayo 2002 Seguir en 

Desde que el país se introdujo en una profunda recesión que finalmente desembocó en depresión, no sólo económica, sino de valores sociales e individuales, que coloca en jaque su identidad histórica, la literatura de ensayo y novelística está dejando múltiples testimonios de tan doliente y descarnada realidad. A veces esas manifestaciones intelectuales conllevan un escepticismo autodestructor que invalida la tesis y transmite al lector el sentimiento de una existencia inútil.
El sarcasmo suele ser el estilo, cuando no la supuesta certeza de que la desconfianza es condición de inmunidad para sobrevivir en una sociedad en crisis. En otras ocasiones, tal vez menos numerosas, la obra literaria, sin escapar a la realidad que la legitima, es, en mayor o menor dimensión, un honesto peregrinaje por la angustia, sin abandonar la luz de una esperanza con raíces profundas en el pasado vivo que mantiene a la sociedad como comunidad de valores.
Argentina, una luz de almacén pertenece a la segunda categoría y su heterogéneo conjunto ensayístico configura un elocuente repertorio de duelos y quebrantos, en los que subyace el empeño irresistible por recuperar "la nación que supo ser espléndida". Bielsa, a pesar de ser todavía joven, tiene una experiencia múltiple desde la función pública calificada, la ensayística más variada y, sobre todo, la posibilidad de haber podido observar al país y sus problemas también desde el exterior. Por lo demás, no es ajeno a una dura experiencia ideológica donde tocó los extremos de la problemática nacional, algo que puede ser extraordinariamente costoso en la Argentina, pero que le ha servido para catalizar lo esencial de nuestra identidad.
El nuestro se ha vuelto un país desarticulado, pero no sólo por causa de su dirigencia formal, sino también y con mucho, de una sociedad grupal que, acostumbrada por décadas a sobrevivir con éxito al desorden estructural que la define de inmediato ante los observadores ajenos, descubre repentinamente, con la irrupción de la información en tiempo real, que se ha quedado sin futuro. El hallazgo es sorprendente, y desolador el esfuerzo que representa corregir "nuestro estilo de vida" para poder recuperar la identidad histórica. Rafael Bielsa lo reseña y propone en un múltiple y doloroso conjunto ensayístico donde, al no desfigurar la realidad, hace de sus testimonios flagelos oportunos sobre la conciencia del lector, casi siempre corresponsable de ese país en penumbras. Desde el mundo de la Justicia al electoral y la ineficiencia del Estado, pasando por la descomposición de las costumbres y el cinismo del delito consentido. Pero no por ello se somete al escepticismo que por momentos hace sucumbir a algunos en conclusiones terminales, prefiriendo tomar distancia de la tierra madre e invirtiendo así el orden de la historia. Paradójicamente, el asombro del mundo ante la dimensión de la crisis es fruto del contraste entre lo que el país fue y representa por su capacidad cultural y de recursos, y la pérdida de la esperanza por una extendida incapacidad de autocrítica. Un libro, en suma, para reflexionar sin claudicaciones.
(c) LA GACETA
El sarcasmo suele ser el estilo, cuando no la supuesta certeza de que la desconfianza es condición de inmunidad para sobrevivir en una sociedad en crisis. En otras ocasiones, tal vez menos numerosas, la obra literaria, sin escapar a la realidad que la legitima, es, en mayor o menor dimensión, un honesto peregrinaje por la angustia, sin abandonar la luz de una esperanza con raíces profundas en el pasado vivo que mantiene a la sociedad como comunidad de valores.
Argentina, una luz de almacén pertenece a la segunda categoría y su heterogéneo conjunto ensayístico configura un elocuente repertorio de duelos y quebrantos, en los que subyace el empeño irresistible por recuperar "la nación que supo ser espléndida". Bielsa, a pesar de ser todavía joven, tiene una experiencia múltiple desde la función pública calificada, la ensayística más variada y, sobre todo, la posibilidad de haber podido observar al país y sus problemas también desde el exterior. Por lo demás, no es ajeno a una dura experiencia ideológica donde tocó los extremos de la problemática nacional, algo que puede ser extraordinariamente costoso en la Argentina, pero que le ha servido para catalizar lo esencial de nuestra identidad.
El nuestro se ha vuelto un país desarticulado, pero no sólo por causa de su dirigencia formal, sino también y con mucho, de una sociedad grupal que, acostumbrada por décadas a sobrevivir con éxito al desorden estructural que la define de inmediato ante los observadores ajenos, descubre repentinamente, con la irrupción de la información en tiempo real, que se ha quedado sin futuro. El hallazgo es sorprendente, y desolador el esfuerzo que representa corregir "nuestro estilo de vida" para poder recuperar la identidad histórica. Rafael Bielsa lo reseña y propone en un múltiple y doloroso conjunto ensayístico donde, al no desfigurar la realidad, hace de sus testimonios flagelos oportunos sobre la conciencia del lector, casi siempre corresponsable de ese país en penumbras. Desde el mundo de la Justicia al electoral y la ineficiencia del Estado, pasando por la descomposición de las costumbres y el cinismo del delito consentido. Pero no por ello se somete al escepticismo que por momentos hace sucumbir a algunos en conclusiones terminales, prefiriendo tomar distancia de la tierra madre e invirtiendo así el orden de la historia. Paradójicamente, el asombro del mundo ante la dimensión de la crisis es fruto del contraste entre lo que el país fue y representa por su capacidad cultural y de recursos, y la pérdida de la esperanza por una extendida incapacidad de autocrítica. Un libro, en suma, para reflexionar sin claudicaciones.
(c) LA GACETA
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