El soldado subió al cielo

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

12 Mayo 2002
Cuando pudieron destapar el sarcófago se vio en el fondo a un soldado etrusco que parecía dormir plácidamente un sueño de más de dos mil años.
Estaba tocado con el casco de reglamento, protegido por coraza y canilleras, armado con una pica el brazo derecho y tenía un escudo sostenido en el izquierdo.
No era ni un esqueleto ni una momia, sino un guerrero yacente de carne y hueso como si hubiera muerto recientemente. No tenía heridas ni otras señas de que hubiera caído en combate.
Los arqueólogos, siempre deseosos de saber más sobre los etruscos, se inclinaron sobre el hallazgo, lo iluminaron con antorchas y notaron con horror que el cuerpo comenzaba a moverse.
Pero no como un ser vivo, que extiende y flexiona los músculos.El guerrero etrusco se estaba convirtiendo en polvo, acaso reanimado por el soplo vital del aire, quizás movilizado por el calor del fuego.
Subió como un vaho invasor, se salió del sarcófago y se metió en lo hondo de las narices de los arqueólogos que aspiraron ese rapé milenario y estornudaron expulsando al testimonio de un enigma que lo seguiría siendo.El soldado desintegrado en partículas minúsculas se expandió en todas direcciones por toda la sala y se mezcló con el vacío virtual del ambiente.
En un libro de memorias, Augusto Jandolo -arqueólogo e hijo de arqueólogo- cuenta esa experiencia infantil que vivió junto a su padre, el descubridor del sarcófago.
Nunca hubo una mejor metáfora del tiempo. Duración y pausa. Miles de años esfumados en un instante. Y la suerte final: eres polvo y volverás al polvo.
Así nos presentaba el caso nuestro profesor de arqueología en el subsuelo de la Facultad de Filosofía y Letras, la de la calle Viamonte de Buenos Aires. (c) LA GACETA

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