Novela sobre Cuba, escrita desde la clandestinidad

Por Euardo Dessein

12 Mayo 2002
El autor (1943-1990), un buen novelista de Cuba, país que ha producido brillantes escritores, relata su vida bajo el régimen castrista, al que se adhirió hasta que se reveló como una dictadura. Luego lo combatió y apoyó al escritor disidente Heberto Padilla, denunciando a los intelectuales apologistas de Castro, como Alejandro Carpentier o Gabriel García Márquez.
Por su anticastrismo y por ser irreligioso y homosexual, fue encarcelado, y en un centro de rehabilitación firmó una "confesión" en la que el autor dice: "renegaba de mis debilidades ideológicas y de mis malditos libros, que nunca volvería a escribir, me comprometía a trabajar para el gobierno y a escribir novelas optimistas". No hay que ir a Afganistán para enfrentar al fundamentalismo ideológico.
El autor pertenece a "la generación del Mariel", así llamada por el puerto del que, en 1980, junto a otros 1.200 cubanos, partió al exilio, del que dijo: "si algo enseña el exilio, es decir, la libertad, es que la felicidad no consiste en ser feliz, sino en poder elegir nuestras desgracias".
Sin resignarse a la expatriación, vivió en Nueva York, enseñando en varias universidades y escribiendo intensamente, hasta que, en 1990, enfermo de sida, se suicidó.
Los originales de esta novela, escrita en la clandestinidad, fueron enviados secretamente para publicarse en el extranjero, con el título "Con los ojos cerrados" (Montevideo, 1972). Su edición revisada se editó, más tarde, con el título actual (Caracas, 1980).
Segunda de su pentagonía sobre la revolución castrista, la novela nos introduce en la Cuba de Batista y en la atmósfera de La Habana, fiestera y aterradora a la vez. Continúa la vida de Fortunato, el muchacho-narrador, protagonista de su anterior novela, "El color del verano" quien, ya maduro y cansado de amores de triste final y vidas colmadas por la frustración, decide unirse a los rebeldes de la Sierra Maestra.
La obra, que no es fácil de leer, presenta fragmentos diferenciados tipográficamente del resto del texto, referidos a hechos y fabulaciones, que llevan a una intertextualidad que, por momentos, resulta enriquecedora. Se advierte, sin embargo, cierto afán por usar los recursos más modernos para llevar adelante el relato, que abunda en vericuetos verbales y audacias estilísticas que conspiran, en definitiva, contra el interés del lector.
En ese sentido, la obra cumple los requisitos que el autor exige a la novela de "ser un texto, desde el punto de vista lingüístico y estructural, novedoso y hasta cierto punto contradictorio y conflictivo, ya que debe ofrecer múltiples e incesantes interpretaciones".
El autor, perseguido por su homosexualidad, hace de esta una reivindicación extrema que, más allá del respeto por la diferencia, parece considerarla un desideratum. Esas elucubraciones, si bien hoy no son para escandalizar a nadie, escapan, en muchas ocasiones, a los límites de lo razonable y bordean peligrosamente el ridículo.
Los rasgos expresionistas del relato, que llega a ser muy conmovedor, no ocultan su sentido del humor, valorizado "porque evoca la realidad de una manera más irrespetuosa -dice el autor- y por lo tanto te acerca al mundo sin ese distanciamiento que lleva todo tipo de seriedad".
El autor opina que "la belleza, bajo un sistema dictatorial, es siempre disidente, porque toda dictadura es de por sí antiestética, grotesca y no puede controlar a la belleza, que la irrita y a la que quiere destruir".
Sobre Borges dijo: "Su grandeza es que tenía fe en la creación en sí misma, que es lo único que nos hace existir como creadores. Los demás son productores de libros. Borges es sólo comparable, dentro de esa ingenuidad creadora o esa fe en la palabra, con Lezama Lima".
Otras obras importantes del autor son "Otra vez el mar" (Barcelona, 1982), una visión crítica de la Revolución Cubana y "Antes de que anochezca: autobiografía" (Barcelona, 1992), testimonio directo de su atormentada vida. (c) LA GACETA

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