12 Mayo 2002 Seguir en 

Merced a esta exigente y bienvenida colección, dedicada a la gran literatura brasileña (con inteligencia y devoción) por un trío de universitarios argentinos especialistas en el área, tenemos la invalorable oportunidad de tomar contacto, en nuestro idioma, con un escritor por múltiples motivos singular.
Porque Oswald de Andrade (1890-1954), junto con Mário de Andrade, Menotti del Picchia, el sociólogo Sérgio Buarque de Hollanda (¡padre de Chico!), los pintores Anita Malfatti y Di Cavalcanti, el músico Heitor Villa-Lobos, el diplomático Graça Aranha, entre otros, no sólo fue uno de los principales protagonistas de aquella memorable Semana de Arte Moderno de tres días, entre el 13 y el 17 de febrero de 1922, que en la entonces todavía en gran medida provinciana São Paulo constituyó el acta de nacimiento del fecundísimo modernismo brasileño, en realidad los antípodas de su homónimo hispanoamericano y que no sólo iba a renovar profundamente el arte y la cultura del Brasil sino que, precisamente por su doble carácter decididamente experimental y antiacadémico pero al mismo tiempo profunda, orgánica, instintivamente arraigado en la identidad y en la vida de su país y de su pueblo, resultaría también uno de los movimientos más originales y productivos de las auténticas vanguardias latinoamericanas.
Como lo demuestran en esta misma edición dos textos en gran medida legendarios, su Manifiesto Pau Brasil (1924, donde afirma claramente "Ninguna fórmula para la expresión contemporánea del mundo. Ver con ojos libres" y donde define a los modernistas, con demoledora lucidez: "Sólo brasileños de nuestra época") y el Manifiesto Antropófago (1928, que para desprenderse de hasta el más mínimo colonialismo reivindica con suprema ironía las raíces indígenas: "Tupí or not tupí, that is the question", fechado al pie, con incisiva sorna: "Año 374 de la Deglución del Obispo Sardinha", es decir Sardina), Oswald de Andrade es uno de los que más profunda y ampliamente avanzó desde los en un comienzo todavía difusos postulados del modernismo, apostando su obra y hasta su vida a una radicalización sin concesiones que incluso lo condujo a una temporaria afiliación al partido comunista brasileño (al parecer bajo la comprensible influencia de una personalidad como Luiz Carlos Prestes), a la cual fue asimismo capaz de renunciar, cuando su inveterado rechazo de los dogmas y de los encuadramientos más o menos impuestos así se lo impusieron, y no sin haber dejado de pagar, antes y después, con el silenciamiento cuando no con la censura, el precio por su irrenunciable actitud cuestionadora e inquisitiva.
Padre como vimos del concepto de Antropofagia, empuñado acaso en un principio como desafiante grito de independencia y asunción de las propias fuentes, y que mantendría en alto toda su vida (si en 1928 podía decir "Sólo la Antropofagia nos une. Socialmente.
Económicamente. Filosóficamente", en 1950 puntualiza: "La cultura matriarcal produce ese doble aspecto: comprende la vida como devoración y la simboliza en el rito antropofágico, que es la comunión"), su persistencia y su perspicacia intelectual llegaron a convertirlo en una personalidad iconoclasta, capaz de rebelarse no sólo contra los convencionalismos o los dogmas sino, incluso, frente al patriarcado y lo que él veía como sus consecuencias no sólo culturales sino también económicas y sociales, según lo demuestra cabalmente en este mismo volumen su larga y desafiante tesis La crisis de la filosofía mesiánica, donde su pensamiento a la vez se concentra y se expande, con una virulencia libertaria que seguirá resultando todavía sanamente desconcertante para los acomodaticios, los hipócritas y los tibios.
Testimonio mayor de la envidiable vitalidad de la cultura brasileña, de cuyo renovador modernismo constituye sin duda un nombre clave, el contacto con su actitud y con su prédica llegará a constituir acaso una beneficiosa inyección de creatividad y rebeldía en la clausura donde nosotros, los latinoamericanos de habla castellana, continuamos todavía incomprensible y malévolamente balcanizados, sin compartir nuestras mutuas riquezas y nuestras mutuas desdichas. Como si no fuéramos hermanos. Como si no tuviéramos un destino que, en gran medida, debería ser común.
(La traducción es de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar, revisada por Beatriz Colombi).(c) LA GACETA
Porque Oswald de Andrade (1890-1954), junto con Mário de Andrade, Menotti del Picchia, el sociólogo Sérgio Buarque de Hollanda (¡padre de Chico!), los pintores Anita Malfatti y Di Cavalcanti, el músico Heitor Villa-Lobos, el diplomático Graça Aranha, entre otros, no sólo fue uno de los principales protagonistas de aquella memorable Semana de Arte Moderno de tres días, entre el 13 y el 17 de febrero de 1922, que en la entonces todavía en gran medida provinciana São Paulo constituyó el acta de nacimiento del fecundísimo modernismo brasileño, en realidad los antípodas de su homónimo hispanoamericano y que no sólo iba a renovar profundamente el arte y la cultura del Brasil sino que, precisamente por su doble carácter decididamente experimental y antiacadémico pero al mismo tiempo profunda, orgánica, instintivamente arraigado en la identidad y en la vida de su país y de su pueblo, resultaría también uno de los movimientos más originales y productivos de las auténticas vanguardias latinoamericanas.
Como lo demuestran en esta misma edición dos textos en gran medida legendarios, su Manifiesto Pau Brasil (1924, donde afirma claramente "Ninguna fórmula para la expresión contemporánea del mundo. Ver con ojos libres" y donde define a los modernistas, con demoledora lucidez: "Sólo brasileños de nuestra época") y el Manifiesto Antropófago (1928, que para desprenderse de hasta el más mínimo colonialismo reivindica con suprema ironía las raíces indígenas: "Tupí or not tupí, that is the question", fechado al pie, con incisiva sorna: "Año 374 de la Deglución del Obispo Sardinha", es decir Sardina), Oswald de Andrade es uno de los que más profunda y ampliamente avanzó desde los en un comienzo todavía difusos postulados del modernismo, apostando su obra y hasta su vida a una radicalización sin concesiones que incluso lo condujo a una temporaria afiliación al partido comunista brasileño (al parecer bajo la comprensible influencia de una personalidad como Luiz Carlos Prestes), a la cual fue asimismo capaz de renunciar, cuando su inveterado rechazo de los dogmas y de los encuadramientos más o menos impuestos así se lo impusieron, y no sin haber dejado de pagar, antes y después, con el silenciamiento cuando no con la censura, el precio por su irrenunciable actitud cuestionadora e inquisitiva.
Padre como vimos del concepto de Antropofagia, empuñado acaso en un principio como desafiante grito de independencia y asunción de las propias fuentes, y que mantendría en alto toda su vida (si en 1928 podía decir "Sólo la Antropofagia nos une. Socialmente.
Económicamente. Filosóficamente", en 1950 puntualiza: "La cultura matriarcal produce ese doble aspecto: comprende la vida como devoración y la simboliza en el rito antropofágico, que es la comunión"), su persistencia y su perspicacia intelectual llegaron a convertirlo en una personalidad iconoclasta, capaz de rebelarse no sólo contra los convencionalismos o los dogmas sino, incluso, frente al patriarcado y lo que él veía como sus consecuencias no sólo culturales sino también económicas y sociales, según lo demuestra cabalmente en este mismo volumen su larga y desafiante tesis La crisis de la filosofía mesiánica, donde su pensamiento a la vez se concentra y se expande, con una virulencia libertaria que seguirá resultando todavía sanamente desconcertante para los acomodaticios, los hipócritas y los tibios.
Testimonio mayor de la envidiable vitalidad de la cultura brasileña, de cuyo renovador modernismo constituye sin duda un nombre clave, el contacto con su actitud y con su prédica llegará a constituir acaso una beneficiosa inyección de creatividad y rebeldía en la clausura donde nosotros, los latinoamericanos de habla castellana, continuamos todavía incomprensible y malévolamente balcanizados, sin compartir nuestras mutuas riquezas y nuestras mutuas desdichas. Como si no fuéramos hermanos. Como si no tuviéramos un destino que, en gran medida, debería ser común.
(La traducción es de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar, revisada por Beatriz Colombi).(c) LA GACETA
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