Obra de hipercrítica con un título sensacionalista

Posiciones de la Iglesia Católica miradas desde la óptica liberal americana.

05 Mayo 2002
Dadas las características peculiares del título de la obra se justificaba reservarla para una lectura tranquila en vacaciones. Y no fue una elección desacertada.
Por honestidad intelectual debemos señalar que un libro publicado por una editorial que en la misma colección difunde "Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica", "El Vaticano contra Dios", "Mentiras y crímenes en el Vaticano" y "Mujeres en el altar", produce una natural desconfianza, que se agudiza con un autor cuyos antecedentes bibliográficos incluyen biografías sobre Lincoln y John Wayne, junto a la de San Agustín.
Con estas aclaraciones previas señalemos que el autor -y su obra- resulta más sugestivo que cuanto el título -sensacionalista- sugiere. El texto se divide en cuatro partes claramente diferenciadas y dedicadas a la actitud de la Iglesia (¿institucional?) frente al Holocausto, a su posición en el tema de la sexualidad y a la crítica sobre la infalibilidad del Movimiento de Oxford, concluyendo con referencias a San Agustín y a sus enfrentamientos con San Jerónimo y Consencio.
El eje del libro radica en las dos primeras partes. En cuanto a la controvertida -y actualizadísima- temática del Holocausto, Wills no retoma las reincidentes críticas a Pío XII (por ej. Cornwell, John. "El papa de Hitler". Planeta, 2000) ni se refiere a las "respuestas" surgidas de los archivos vaticanos (los doce volúmenes de Graham y Blet sintetizados en: Blet, Pierre. "Pie XII et la seconde Guerre mondiale d?aprés les archives du Vatican". Perrin, 1997) sino que su interés surge con el reciente documento pontificio "nosotros recordamos" reiterando que el Papa no defendió a los judíos. El autor -que se proclama católico e historiador- comete el defecto más repetido por los historiadores: el anacronismo, al pretender que Pío XII -y la Curia de su época- adoptase una posición coincidente con la suya y ajena al contexto histórico-cultural de esos tiempos.
El capítulo concluye -en el contexto de la crítica a la "metodología" de canonizaciones (hace poco "desnudada" por Kenneth Woodward en "La canonización de los santos". Emecé, 1992)- con observaciones críticas a los procesos de canonización de la monja Edith Stein -"víctima católica del Holocausto" (p. 74)- y del sacerdote Maximiliano Kolbe, acusando a la Iglesia (institucional) de "usar el Holocausto" para sus intereses.
A manera de síntesis de este capítulo nos queda la sensación de que no está claro qué quiere demostrar el autor (si es que quiere demostrar algo).
De no menor hipercrítica a la Iglesia es el capítulo siguiente, que agrupa aspectos muy diferenciados de la temática sexual, también "de moda". Wills comienza nuevamente con una crítica a un documento papal: la Humani Vitae (1968) afirmando "se equipara al más desastroso documento papal del siglo XIX, el Syllabus" (p. 89). Por estas páginas desfilan indiferenciadamente todos los temas sensacionalistas (?) cercanos al "liberalismo teológico norteamericano": control de natalidad, sacerdocio femenino, celibato, homosexualidad sacerdotal, abuso sexual por sacerdotes y aborto. En todos estos temas se percibe una crítica a la posición oficial de la Iglesia desde una óptica liberal americana que llega, incluso, a sugerir la revisión de la posición respecto del aborto, confundiendo normas del derecho canónico, modificables como tales, con principios fundamentales de moral.
Como el autor pretende fundamentar su crítica como miembro de la Iglesia, se me permitirá analizar su obra desde la misma posición. Wills parece ignorar un principio fundamental que transcribe: "Dios ha dado a su Iglesia, junto con las fuentes sagradas (escritura y tradiciones) un magisterio vivo para iluminar y explicar aquellos asuntos contenidos en los yacimientos de la fe de una manera oscura e implícita" (cfr. p. 207) como desconoce que toda Institución -no sólo la Iglesia- establece normas para sus fieles y estos deben respetarlas o alejarse de ellas. Dichas normas, en una Institución sobrenatural, no dependen de opiniones mayoritarias, ni de encuestas como pretende sostenerlas el autor, aunque fuere cierto que "la jerarquía acepta la opinión papal y el laicado la ignora" (p. 117). Una Iglesia puramente "espiritual" -como parece defender- fue expresamente vedada por el magisterio de la Iglesia, desde sus comienzos.
Wills concluye con un análisis agustiniano para justificar esa Iglesia del espíritu (Joaquín del Fiore), basada en la Libertad (con mayúsculas) pero no cita el consejo de San Agustín más adecuado para libros como el del autor: "En lo necesario, la unidad; en lo dudoso, la libertad, y en todo, la caridad".
(c) LA GACETA

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