Los rascacielos de Georgia O´Keeffe

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

05 Mayo 2002
El singular atentado a "las torres gemelas" del World Trade Center de Nueva York el 11 de setiembre de 2001 produjo un aluvión de imágenes que invadieron nuestros sentidos en esos días de espanto.
Esas vistas (tomadas por fotógrafos y camarógrafos) que recibimos obsesivamente durante tantos días trajeron a mi memoria algunos de los rascacielos pintados por esa artista estadounidense tan peculiar que fue Georgia O?Keeffe (1887-1986).
Quizás mucho menos conocido que sus protagónicas flores, el Manhattan pintado por ella en los años 20 del pasado siglo prefigura, de alguna manera extraña, esas imágenes que hemos visto una y otra vez de las torres norteamericanas.
Me estoy refiriendo a toda una serie de telas de O?Keeffe dedicada a esa ciudad, pero muy especialmente a una obra titulada "Hotel Shelton con manchas de sol", que data de 1926. Georgia O?Keeffe estaba viviendo en ese hotel, en un piso 30, desde que se había casado con el fotógrafo y galerista Alfred Stieglitz en 1924 y durante 12 años ambos residieron en ese edificio.
La obra nos muestra un rascacielos golpeado por la luz en su punta y del cual emana una suerte de escalonadas emanaciones de humo que se desparraman alrededor. La imagen es muy impresionante de por sí, pero hoy día adquiere un mayor impacto por lo visionario, por lo profético.
La estudiosa Britta Benke dice acerca de esa obra: "Todo el espacio de la luz difusa se hunde y extiende en los desfiladeros de casas, como vapores condensados".
Así se nos aparece el Hotel Shelton, como si estuviese tomado por una cámara con teleobjetivo y, al mismo tiempo, como si un halo absolutamente onírico lo envolviera en un tiempo fuera del tiempo. En un contexto delirante y amenazador.
En otro de los cuadros de O?Keeffe titulado "Edificio Radiator, noche, Nueva York", de 1927, observamos el humo que sale de un edificio vecino y que también podemos unir, por similitud, a las alucinantes imágenes que aparecieron ante nuestra mirada el 11 de setiembre pasado.Si uno recorre la obra fotográfica de Alfred Stieglitz encuentra también cierta obsesión por Manhattan y sus chimeneas humeantes en aquellos años, por el juego de luz, lluvia y nieve noche y día cubriendo la gran ciudad y hay una foto, cuyo título es "La ciudad de la ambición" (1910) que seguramente fue fuente de inspiración para su mujer.
Ella pintó reiteradamente imágenes de rascacielos neoyorkinos, vistas diurnas y nocturnas, edificios tomados desde abajo y desde arriba, rodeados siempre por algo misterioso y dramático.
Viviendo entre fotógrafos y conociendo los trabajos de Paul Strand, de Charles Sheeler y de su propio marido, Georgia O?Keeffe hizo suya en sus pinturas de tipo arquitectónico la distorsión provocada a veces por la perspectiva de una cámara fotográfica apuntada hacia arriba.
"Este problema técnico se convierte en un recurso artístico en el campo de la pintura -afirma Britta Benke, refiriéndose a esa supuesta distorsión-. Los edificios dan la impresión de monumentos, de alegorías del progreso de la civilización... y de todos sus peligros".
Esas dimensiones colosales que no parecen estar hechas a la medida del hombre se perfilan como espectros que cohíben y amedrentan.
Años más tarde la pintora se refugiará en el prodigio de la naturaleza, en los corazones abiertos de las flores y en las abstracciones que descubre en los desérticos espacios de Nueva México, cerca de su casa de Abiquiu.
Es interesante advertir cuántas veces los artistas pintan o escriben el futuro. Son visionarios, en la medida en que su fantasía exaltada inventa quimeras que luego son certezas. Fantasmas que luego se materializan.
Sin saberlo, ellos imaginan lo que alguna vez será. Como si recibieran ciertas señales, como si tuviesen revelaciones de cosas, imágenes o sensaciones que se irán a producir.
Verdaderos "recuerdos del futuro".
Quizás sea eso lo que llamamos "sensibilidad artística". Ese don de captar lo que otros no captan todavía, esas esencias sutiles y profundas que, según Saint-Exupéry, son invisibles a los ojos. O al menos, al ojo profano.
Creo que Georgia O?Keeffe se inscribe en esta pléyade de elegidos que experimentaron el mañana anteayer.
(c) LA GACETA

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