14 Octubre 2002 Seguir en 
Una importante cuestión preocupa, en estos tiempos, a los expertos en problemas ecológicos. Ella se refiere a fijar lo que puede hacer un simple ciudadano, desde su vida cotidiana, para contribuir a la solución de los problemas creados por el intenso maltrato al medio ambiente, que caracteriza a nuestra época. El asunto es sobremanera importante para todos los países, dado que los problemas vinculados a este tema no reconocen fronteras y, además, están sometidos a la presión de realidades que los agravan constantemente.
Entre estos últimos, los estudiosos señalan la gigantesca producción industrial que, por ejemplo, obliga a cada ciudadano de Estados Unidos a desembarazarse de más de 1 tonelada anual de desechos industriales, en su mayor parte constituidos por embalajes descartables. En el mismo país, la utilización de los automóviles es responsable de un elevadísimo porcentual (ya era más del 40 por ciento hace una década) del consumo energético de la nación. La explosión demográfica es otro problema, pues exige atender crecientes demandas, tanto de alimentos como de una serie de insumos energéticos para sustentarla.Por todas estas circunstancias es que se ha planteado, como es conocido, la tan mencionada meta del "desarrollo sostenible", que busca cierto difícil punto de equilibrio en la gestión de los recursos del planeta. Esto es, responder a las necesidades de las generaciones actuales, por una parte; y por la otra, salvaguardar los intereses de las generaciones futuras. Nadie puede dudar de que allí está el núcleo del problema.
Frente a semejante desafío, el ciudadano de nuestro tiempo podrá hacer aportes positivos, en la medida en que conozca de qué se trata. De allí que se haya empezado a postular, cada vez con mayor insistencia, la necesidad de una "alfabetización ecológica". Bien se ha dicho que, por lo general, la educación moderna va dando como resultado el saber, cada vez más parcelado y especializado, de individuos de alta competencia en una disciplina, pero cada vez más ignorantes en los campos de otras.
Y de más está decir que, en el tema ecológico, es común que la inmensa mayoría carezca siquiera de una noción somera de la naturaleza de aquellos procesos que nos aportan constantemente los elementos necesarios para sobrevivir. Los expertos hablan, entonces, de la necesidad de una "alfabetización ecológica", que tienda a sustituir esa ignorancia y dote a los individuos de aquella "cabeza bien organizada", que propiciaba Montaigne, en vez de la simplemente "bien llena" que muchos consideran el máximo deseable en nuestra época.
Se trata de tener un conocimiento razonable de cómo funcionan los ecosistemas y de percibir el lugar que corresponde al ser humano en la biosfera. Unico modo de entender y actuar eficazmente sobre las cuestiones ambientales, esa instrucción es algo verdaderamente urgente en la actualidad. Significa el único camino posible para elaborar la "nueva ética" que hace falta en las relaciones de los hombres con la naturaleza que los rodea.
Quienes han ahondado en el punto, piensan que debe generalizarse la educación relativa al medio ambiente y abarcar todos los sistemas de enseñanza, es decir desde la primaria hasta abarcar integralmente los rangos superiores. De manera tal que tanto los simples ciudadanos como los que toman decisiones puedan introducir la dimensión ambiental en los procesos que les competen.
Urge encarnar en todos la convicción de la limitada capacidad de la biosfera y tomar conciencia de todas las nefastas modificaciones, locales y globales, que la acción del hombre puede desencadenar. La "alfabetización ecológica" debe, pues, ponerse en marcha. Puede ser un eficaz instrumento para sacarnos de la fantasía que cree infinitos e inagotables los recursos naturales.
Entre estos últimos, los estudiosos señalan la gigantesca producción industrial que, por ejemplo, obliga a cada ciudadano de Estados Unidos a desembarazarse de más de 1 tonelada anual de desechos industriales, en su mayor parte constituidos por embalajes descartables. En el mismo país, la utilización de los automóviles es responsable de un elevadísimo porcentual (ya era más del 40 por ciento hace una década) del consumo energético de la nación. La explosión demográfica es otro problema, pues exige atender crecientes demandas, tanto de alimentos como de una serie de insumos energéticos para sustentarla.Por todas estas circunstancias es que se ha planteado, como es conocido, la tan mencionada meta del "desarrollo sostenible", que busca cierto difícil punto de equilibrio en la gestión de los recursos del planeta. Esto es, responder a las necesidades de las generaciones actuales, por una parte; y por la otra, salvaguardar los intereses de las generaciones futuras. Nadie puede dudar de que allí está el núcleo del problema.
Frente a semejante desafío, el ciudadano de nuestro tiempo podrá hacer aportes positivos, en la medida en que conozca de qué se trata. De allí que se haya empezado a postular, cada vez con mayor insistencia, la necesidad de una "alfabetización ecológica". Bien se ha dicho que, por lo general, la educación moderna va dando como resultado el saber, cada vez más parcelado y especializado, de individuos de alta competencia en una disciplina, pero cada vez más ignorantes en los campos de otras.
Y de más está decir que, en el tema ecológico, es común que la inmensa mayoría carezca siquiera de una noción somera de la naturaleza de aquellos procesos que nos aportan constantemente los elementos necesarios para sobrevivir. Los expertos hablan, entonces, de la necesidad de una "alfabetización ecológica", que tienda a sustituir esa ignorancia y dote a los individuos de aquella "cabeza bien organizada", que propiciaba Montaigne, en vez de la simplemente "bien llena" que muchos consideran el máximo deseable en nuestra época.
Se trata de tener un conocimiento razonable de cómo funcionan los ecosistemas y de percibir el lugar que corresponde al ser humano en la biosfera. Unico modo de entender y actuar eficazmente sobre las cuestiones ambientales, esa instrucción es algo verdaderamente urgente en la actualidad. Significa el único camino posible para elaborar la "nueva ética" que hace falta en las relaciones de los hombres con la naturaleza que los rodea.
Quienes han ahondado en el punto, piensan que debe generalizarse la educación relativa al medio ambiente y abarcar todos los sistemas de enseñanza, es decir desde la primaria hasta abarcar integralmente los rangos superiores. De manera tal que tanto los simples ciudadanos como los que toman decisiones puedan introducir la dimensión ambiental en los procesos que les competen.
Urge encarnar en todos la convicción de la limitada capacidad de la biosfera y tomar conciencia de todas las nefastas modificaciones, locales y globales, que la acción del hombre puede desencadenar. La "alfabetización ecológica" debe, pues, ponerse en marcha. Puede ser un eficaz instrumento para sacarnos de la fantasía que cree infinitos e inagotables los recursos naturales.





