10 Octubre 2002 Seguir en 
Autoridad es la potestad que cada pueblo ha establecido en su Constitución para que lo rija y gobierne, ya sea dictando leyes, ya sea haciéndolas observar, ya administrando justicia. La ley es el precepto dictado por la suprema autoridad; en ella se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados. Gobernar significa mandar con autoridad o regir una cosa.
También guiar y dirigir. Estos tres conceptos -entre otros que son esenciales-, llevados a la práctica les han permitido a muchas sociedades alcanzar un elevado grado de organización, expresado en su cultura, en su educación y, fundamentalmente, en el respeto a las leyes y a las normas básicas de convivencia.
Da la impresión de que, en los últimos lustros, Tucumán y su capital marchan a contramano de lo que sucede en otras comunidades argentinas y del mundo, como si fuese una gota de aceite en el agua; pero no por una vocación de ser original, sino por una extraña incapacidad de respetar al prójimo, por una actitud de transgresión constante a las normas y por una ausencia de penalizaciones. De modo que los cortes de rutas se han vuelto un mal hábito, al igual que la presencia de cientos de vendedores ambulantes en el microcentro, de taxis y remises "truchos", de motociclistas que circulan sin casco, de carros que recorren la ciudad, así como de manifestaciones de diferentes sectores de la sociedad que generan cortes en el tránsito transformando a San Miguel de Tucumán en un caos cotidiano.
La protesta mensual de los empleados municipales y de los recolectores de residuos convierte a la ciudad en un manto de basura, de gomas quemadas y de violencia que llega hasta límites intolerables. La basura favorece la contaminación ambiental, ya potenciada por la sequía y el calor, y atenta contra la salud de la población. También facilita la proliferación de moscas y de ratas, que son transmisores de parasitosis, diarrea, dermatitis e incluso de hepatitis A; además pueden aparecer algunos males gastrointestinales muy frecuentes en esta época, según los especialistas. El más peligroso es el síndrome urémico hemolítico, cuya incidencia en Argentina es la más alta del mundo. Se registran entre 300 y 350 casos nuevos por año, suele afectar a niños pequeños y resulta altamente mortal, según una estadística reciente. Por su parte, la quema de cubiertas provoca trastornos en las vías respiratorias y ese humo tiene componentes que pueden resultar cancerígenos.
Ninguna autoridad desconoce estos efectos perniciosos largamente difundidos por nuestro diario. Pero lo más alarmante y dramático es la situación de desgobierno que se vive a todo nivel. Las fuerzas de seguridad sólo se limitan a custodiar la Casa de Gobierno, mientras los manifestantes cometen desmanes frente a sus narices y ocasionan problemas al resto de la ciudadanía.
El nuevo intendente, sus funcionarios y los ediles -como obraron los de las gestiones anteriores- están más preocupados en conservar sus cargos que en poner orden en la casa municipal y dar soluciones concretas a los cientos de problemas de los vecinos.
El gobernador prácticamente vive en Buenos Aires, y una buena parte de sus colaboradores está más pendiente de cómo lograr su permanencia futura en el poder que de generar ideas y proyectos para sacar de la desocupación y de la miseria a miles de comprovincianos.
Nadie duda de que los reclamos son justos, pero cuando la protesta se vuelve en contra de la misma comunidad se desvirtúa, y en lugar de encontrar la adhesión de la ciudadanía favorece su rechazo.
Si no se respeta la ley y tampoco se la aplica; si hay un vacío de autoridad y, por lo tanto, nadie gobierna, ni se respeta a los demás; si el transgresor no es sancionado como contemplan las normas; si todo está permitido, caeremos definitivamente en una anarquía de la cual será muy difícil salir indemnes. Tucumán será tal vez una buena noticia cuando nuestros representantes se decidan a gobernar.
También guiar y dirigir. Estos tres conceptos -entre otros que son esenciales-, llevados a la práctica les han permitido a muchas sociedades alcanzar un elevado grado de organización, expresado en su cultura, en su educación y, fundamentalmente, en el respeto a las leyes y a las normas básicas de convivencia.
Da la impresión de que, en los últimos lustros, Tucumán y su capital marchan a contramano de lo que sucede en otras comunidades argentinas y del mundo, como si fuese una gota de aceite en el agua; pero no por una vocación de ser original, sino por una extraña incapacidad de respetar al prójimo, por una actitud de transgresión constante a las normas y por una ausencia de penalizaciones. De modo que los cortes de rutas se han vuelto un mal hábito, al igual que la presencia de cientos de vendedores ambulantes en el microcentro, de taxis y remises "truchos", de motociclistas que circulan sin casco, de carros que recorren la ciudad, así como de manifestaciones de diferentes sectores de la sociedad que generan cortes en el tránsito transformando a San Miguel de Tucumán en un caos cotidiano.
La protesta mensual de los empleados municipales y de los recolectores de residuos convierte a la ciudad en un manto de basura, de gomas quemadas y de violencia que llega hasta límites intolerables. La basura favorece la contaminación ambiental, ya potenciada por la sequía y el calor, y atenta contra la salud de la población. También facilita la proliferación de moscas y de ratas, que son transmisores de parasitosis, diarrea, dermatitis e incluso de hepatitis A; además pueden aparecer algunos males gastrointestinales muy frecuentes en esta época, según los especialistas. El más peligroso es el síndrome urémico hemolítico, cuya incidencia en Argentina es la más alta del mundo. Se registran entre 300 y 350 casos nuevos por año, suele afectar a niños pequeños y resulta altamente mortal, según una estadística reciente. Por su parte, la quema de cubiertas provoca trastornos en las vías respiratorias y ese humo tiene componentes que pueden resultar cancerígenos.
Ninguna autoridad desconoce estos efectos perniciosos largamente difundidos por nuestro diario. Pero lo más alarmante y dramático es la situación de desgobierno que se vive a todo nivel. Las fuerzas de seguridad sólo se limitan a custodiar la Casa de Gobierno, mientras los manifestantes cometen desmanes frente a sus narices y ocasionan problemas al resto de la ciudadanía.
El nuevo intendente, sus funcionarios y los ediles -como obraron los de las gestiones anteriores- están más preocupados en conservar sus cargos que en poner orden en la casa municipal y dar soluciones concretas a los cientos de problemas de los vecinos.
El gobernador prácticamente vive en Buenos Aires, y una buena parte de sus colaboradores está más pendiente de cómo lograr su permanencia futura en el poder que de generar ideas y proyectos para sacar de la desocupación y de la miseria a miles de comprovincianos.
Nadie duda de que los reclamos son justos, pero cuando la protesta se vuelve en contra de la misma comunidad se desvirtúa, y en lugar de encontrar la adhesión de la ciudadanía favorece su rechazo.
Si no se respeta la ley y tampoco se la aplica; si hay un vacío de autoridad y, por lo tanto, nadie gobierna, ni se respeta a los demás; si el transgresor no es sancionado como contemplan las normas; si todo está permitido, caeremos definitivamente en una anarquía de la cual será muy difícil salir indemnes. Tucumán será tal vez una buena noticia cuando nuestros representantes se decidan a gobernar.





