09 Octubre 2002 Seguir en 
"También yo conozco el desenlace y sin embargo, cada vez que me siento a ver Casablanca -nunca me canso de hacerlo-, me preocupo como la primera vez por la suerte de Laszlo y de su mujer, y admiro el estoicismo romántico de un Bogart que a la desesperanza del nihilismos le contesta con una hidalguía de quien ya no tiene nada que perder.
Los millones de espectadores que disfrutamos Casablanca y los millones de espectadores del mundo entero que día a día repiten el rito de sentarse frente a las pantallas, nos emocionamos, nos envalentonamos, nos aterrorizamos y hasta lloramos con las historias que nos ofrece el cine, aunque a ninguno se nos escapa que todo ello es una mentirosa ilusión, que apenas se trata de imágenes en movimiento reflejada sobre una tela blanca y de sonidos aumentados a través de parlantes con sistemas estereofónicos. Sin embargo ninguno de nosotros logra sustraerse del pacto ficcional, nadie se resiste a la suspensión de la duda. Por el contrario, nos abandonamos naturalmente y convencidos al embrujo de la pantalla.
El cine inventa universos habitados, de la misma forma en que el demiurgo de los clásicos o Dios, que es lo mismo, habría inventado el mundo en que vivimos, y cada uno de nosotros como personajes; un mundo que nos emociona todos los días, que nos aterroriza, pero al que nos aferramos, aunque alguna que otra vez nos preguntemos, como Borges o Platón, acerca de lo que nos rodea y sobre nuestra propia realidad. ¿No seremos, acaso, el dueño material de algún director etéreo? En esos términos, el cine puede ser considerado entonces la versión siglo XX de la creación divina.
Suponiendo que los lectores hayan aceptado la analogía entre la obra creadora del cine y la de Dios, en pocos segundos más se preguntarán qué tiene eso que ver con mi temeraria afirmación de que, además de ganarse la vida preparando manjares, los cocineros son dioses.
A lo largo de su historia, el cine ha trabajado apenas con un puñado de temas -el amor, el odio, el deseo, la muerte, el poder y poco más-, encarnados en personajes de épocas diferentes, en diversos contextos.
Sin embargo consideramos -y por eso el título de este libro- que el comer y la cocina, los comensales y los cocineros, también tienen derecho a que se los considere integrantes de ese reducido catálogo que conforma la materia prima, la sustancia viva del séptimo arte.
Y no hacemos alusión aquí a los cientos de miles de escenas en las que los personajes comen, cocinan o se encuentran en bares o restaurantes. En esas incontables películas, el comer, el cocinar y los ambientes gastronómicos no pasan de ser simples referencias incidentales o escenográficas. Estamos abocados aquí a las obras cinematográficas en las que en la comida, las cocinas, los cocineros, los comensales y los universos gastronómico son los protagonistas o se convierten en temas o argumentos excluyentes, como organizadores de vidas y pasiones".
Los millones de espectadores que disfrutamos Casablanca y los millones de espectadores del mundo entero que día a día repiten el rito de sentarse frente a las pantallas, nos emocionamos, nos envalentonamos, nos aterrorizamos y hasta lloramos con las historias que nos ofrece el cine, aunque a ninguno se nos escapa que todo ello es una mentirosa ilusión, que apenas se trata de imágenes en movimiento reflejada sobre una tela blanca y de sonidos aumentados a través de parlantes con sistemas estereofónicos. Sin embargo ninguno de nosotros logra sustraerse del pacto ficcional, nadie se resiste a la suspensión de la duda. Por el contrario, nos abandonamos naturalmente y convencidos al embrujo de la pantalla.
El cine inventa universos habitados, de la misma forma en que el demiurgo de los clásicos o Dios, que es lo mismo, habría inventado el mundo en que vivimos, y cada uno de nosotros como personajes; un mundo que nos emociona todos los días, que nos aterroriza, pero al que nos aferramos, aunque alguna que otra vez nos preguntemos, como Borges o Platón, acerca de lo que nos rodea y sobre nuestra propia realidad. ¿No seremos, acaso, el dueño material de algún director etéreo? En esos términos, el cine puede ser considerado entonces la versión siglo XX de la creación divina.
Suponiendo que los lectores hayan aceptado la analogía entre la obra creadora del cine y la de Dios, en pocos segundos más se preguntarán qué tiene eso que ver con mi temeraria afirmación de que, además de ganarse la vida preparando manjares, los cocineros son dioses.
A lo largo de su historia, el cine ha trabajado apenas con un puñado de temas -el amor, el odio, el deseo, la muerte, el poder y poco más-, encarnados en personajes de épocas diferentes, en diversos contextos.
Sin embargo consideramos -y por eso el título de este libro- que el comer y la cocina, los comensales y los cocineros, también tienen derecho a que se los considere integrantes de ese reducido catálogo que conforma la materia prima, la sustancia viva del séptimo arte.
Y no hacemos alusión aquí a los cientos de miles de escenas en las que los personajes comen, cocinan o se encuentran en bares o restaurantes. En esas incontables películas, el comer, el cocinar y los ambientes gastronómicos no pasan de ser simples referencias incidentales o escenográficas. Estamos abocados aquí a las obras cinematográficas en las que en la comida, las cocinas, los cocineros, los comensales y los universos gastronómico son los protagonistas o se convierten en temas o argumentos excluyentes, como organizadores de vidas y pasiones".





