03 Septiembre 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Néstor Kirchner es un general que suele dar órdenes precisas y perentorias, para que se cumplan, pero para que se cumplan bien. No está acostumbrado a que nadie perfore las murallas de contención que ha sabido construir para edificar su poder político, y mucho menos una cuarta línea de la tropa, en este caso, el subsecretario de Tierras para el Hábitat Social, Luis D?Elía, quien le produjo el jueves un notorio descalabro a la imagen del Gobierno que integra. El funcionario, en su nombre hasta que sea desmentido y desde la impunidad del insulto y de la agresión verbal, señaló con claridad a los cuatro vientos que, en materia de seguridad, el plan es que no hay plan. D?Elía no sólo metió en un berenjenal al Gobierno, sino que terminó de paralizarlo, en paralelo con el mazazo que significó la convocatoria que Juan Carlos Blumberg hizo al unísono a la Plaza de Mayo.Muy probablemente, el acento del análisis haya que ponerlo en la pertinencia de la orden original, debida a la recurrente estrategia gubernamental de barrer debajo de la alfombra un tema que no puede manejar; pero lo cierto es que D?Elía se desbocó una vez más, casi como cuando irrumpió en la Comisaría 24 de La Boca. En esta ocasión, la estrategia oficial prefirió denostar al ingeniero, desacreditarlo por su manifiesta cercanía a la oposición y no atender sus llamados telefónicos, antes que mostrarle a la opinión pública un interés genuino por comenzar a encauzar problema que más la alarma, la inseguridad.
El díscolo funcionario no sólo consiguió que los diarios del viernes no dividieran sus primeras planas entre su propio acto y el que hizo Blumberg, tal como se fantaseaba en círculos oficiales, sino que debilitó gravemente al Gobierno del que forma parte, al mostrarse como un iracundo vocero en el tema que hoy cala más hondo en la sensibilidad de la gente.
Quizás el error presidencial haya estado, en esta ocasión -y nada menos que en este tema, en dispensarles una excesiva confianza a los métodos de D?Elía, para que este se convirtiera en el mascarón de proa del desgaste al ingeniero. Los que conocen al Presidente han hecho trascender que su estado de crispación con la madeja que armó el "Gordo" (apelativo de D?Elía en el entorno presidencial) aún le duraba el viernes por la tarde, aderezada por lo que consideró un exceso de Blumberg: el haberlo expuesto a los silbidos de la gente. La relación D?Elía-Gobierno ya estaba complicada desde el miércoles, cuando, para zafar de la situación, el funcionario sugirió hacer un abrazo a la Casa Rosada a la misma hora en que estaba previsto el acto de Blumberg. Su padrino allí dentro, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, desactivó la idea, no sólo por la proximidad con la otra marcha -vallas de por medio- sino porque el operativo de seguridad debería haberse multiplicado, no sólo para evitar algún enfrentamiento sino hasta para prevenir algún desborde que hiciera peligrar el Palacio de Gobierno.
En el Obelisco
Inmediatamente después, el ex piquetero decidió coparle el acto a Adolfo Pérez Esquivel, quien lo había dispuesto para el día siguiente alrededor del Obelisco. Así fue que D?Elía consiguió de la noche a la mañana un palco que fue armado, desafiante, mirando hacia la Plaza de Mayo, para que la gente se ubicara en una avenida más angosta (la Diagonal Norte) y para que los manifestantes no se perdieran en la magnitud de la 9 de Julio. No se ha podido comprobar, pero es más que probable que algunos intendentes hayan recibido durante el jueves algún oportuno llamado del círculo presidencial para no sumarle gente a D?Elía y así se observó que muchos colectivos apenas tenían la mitad de su capacidad colmada. Las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas y otras organizaciones habían decidido bajarse, notificadas del disgusto presidencial, y Adolfo Pérez Esquivel tampoco se prestó al show: media hora antes le dijo a la prensa que no acompañaba.
Quizás para no atender a Blumberg, el diputado kirchnerista Carlos Kunkel también tenía su celular apagado; se quedó arriba del palco y le dio a D?Elía un testimonial abrazo que captaron cámaras de TV y fotógrafos. El último en enterarse del tardío pulgar hacia abajo fue el "Gordo".
Pero al fracaso numérico del acto del Obelisco, un dato casi folclórico a estas alturas -más aún si se desea compararlo deportivamente con la gente que había en la Plaza de Mayo-, siguió otra alternativa mucho más dura para el progresismo criollo, ya que D?Elía, su único vocero por entonces después de las deserciones, dejó en claro desde su rusticidad que esa corriente de pensamiento no encuentra qué oponerle a los planes de Blumberg en materia de seguridad.
Flaco favor le ha hecho entonces D?Elía a la "izquierda" a la que dice pertenecer con su modo de exponer públicamente las cosas, ya que su discurso apenas fue un pastiche lleno de odio hacia la "derecha", a la que nombró de modo peyorativo y con asco, en una alocución divisionista que, es verdad, no contrasta demasiado con otras manifestaciones públicas de integrantes del mismo gobierno, pero que al menos se vuelcan con mayor elegancia y gracejo intelectual.
Ser un puntero con amplia convocatoria para movilizar gente en todos los actos, con métodos más o menos controvertidos, puede haberle alcanzado a D?Elía para ser funcionario, pero nunca le alcanzará para ser un ejecutor, ni mucho menos un difusor, de propuestas que no existen y que constituyen un severo karma para los progresistas: estos definen con claridad y saben defender la tesis de que los problemas de inseguridad están en las causas, pero no encuentran planes concretos para remediar el problema, porque chocan notoriamente con cuestiones ideológicas.
Más allá de las desprolijidades de la ejecución, todo el problema para el Gobierno parece partir de este mismo prejuicio, ya que en vez de convertirse en el factor de equilibrio que siente a una misma mesa a todas las posturas y las conmine a buscar soluciones para operar simultáneamente en mitigar las causas y para castigar adecuadamente las consecuencias, niega el problema y se paraliza, porque probablemente cree que no encontrará la manera de imponer su propia voluntad. Un ejemplo de esta dificultad es la naturaleza de la concertación que impulsa el Presidente, deseoso de diálogo sólo con aquellos que piensan igual, método que ha hecho de la descalificación un arma frecuente (como prueba, basta mencionar el poco edificante espectáculo que dieron el Gobierno y la UCR durante la semana, arrojándose discursivamente prontuarios mutuos). Esta singular manera de proceder genera desconfianza entre los opositores y anula la condición natural del Gobierno de ser el que conduzca tan delicado proceso. Las soluciones no están a la vuelta de la esquina, pero lo cierto es que poco se hace desde el poder político para discutir algún camino intermedio y efectivo que asegure, dentro de la democracia que nadie desea perder, la inclusión social de muchos marginados y la aplicación severa de la ley para los delincuentes, con una Justicia rápida y efectiva, y cárceles dignas y seguras. El ejemplo de la búsqueda de consensos en plazos perentorios, tal como se está haciendo con la nueva Ley de Educación, bien podría ser una variante por aplicar en una tarea tanto o más difícil.
Lo peor, lo más criticable, no es no tener un plan, sino no hacer nada, a la espera de que la bonanza de este nuevo paradigma económico "derrame", tal el irreconocible argumento del progresismo (D?Elía incluido), ya que tiene puntos de contacto notorios con las críticas que ese mismo sector y el Gobierno hacen a la tan odiada década del 90.
Derechos humanos
Una de las demandas más duras que hizo sonar Blumberg fue la necesidad de que los derechos humanos sean para todos. La frase golpeó de lleno en el proceder siempre activo del Gobierno en la materia. Más allá de la chicana, al orador no le faltó razón: cuando un delincuente ataca no pregunta si el asaltado, violado, secuestrado o muerto es blanco o negro, pobre o rico, ni mucho menos si es de derecha o de izquierda.
El Gobierno ha decidido por ahora utilizar la estrategia grondoniana (por Julio Grondona, titular de la AFA) del "todo pasa", todavía conmovido por la situación que contribuyó a crear con su permanente y maniquea lectura de la realidad. Esta vez, poner a Blumberg como el malo de la película y separar las aguas entre garantistas y cultores de la mano dura no le sirvió, debido a que el desorden de Luis D?Elía dejó desnudo al rey.
Mientras tanto, el funcionario, tras el blooper que cometió en Corrientes con el hacendado estadounidense Douglas Tompkins, al que se sumó esta bochornosa incursión en temas de seguridad, marchó hacia Misiones para derramar su infalibilidad y su sed de justicia contra el obispo de Puerto Iguazú, Joaquín Piña y su intento de bloquear la reelección indefinida del gobernador, Carlos Rovira.
Lo único que le falta al Gobierno ahora es que D?Elía lo haga enfrentarse con otro referente, que, como Blumberg, viene desde fuera de la política -por otra parte, un cura con muchísima seriedad y predicamento- para transformarlo en su enemigo. Por una causa o por otra, o por todas, los días de Luis D?Elía como funcionario deberían estar llegando a su fin.(DyN)







