El peligro de ignorar la luz roja de los semáforos

31 Agosto 2006
Nadie puede discutir que, en los años recientes, la acción de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán en materia de obras públicas ha sido francamente positiva. Se va incorporando a nuestra capital una serie de adelantos -sobre todo en materia de pavimentación en los barrios- de notoria importancia para el progreso y la modernización urbana. Pero, al mismo tiempo, alarma advertir que existen otros rubros, de enorme trascendencia, en los cuales no se percibe una preocupación de la comuna por hacer cumplir claras y conocidas normas. Como asunto principal, es obligado referirse al cada vez más extendido desacato de las indicaciones de los semáforos.
Cualquiera puede advertir en las esquinas de la ciudad -tanto del centro como de las avenidas- que automotores del más diverso porte, incluidos colectivos, cruzan la bocacalle a pesar de la luz roja. Varias veces, en nuestros comentarios o en cartas de lectores, se ha llamado la atención sobre tal fenómeno. Pero no se advierte que decrezca, sino todo lo contrario. Sería sobreabundante recordar que se trata de la más grave de las infracciones en materia de tránsito, ya que quien ignora la indicación roja se pone en posición de generar graves accidentes. Por ello es que, en las ciudades de todo el mundo, esta falta recibe sanciones severas, que van desde fuertes multas hasta el retiro del carnet, si no correspondiera pena judicial de prisión por las derivaciones.
Hasta hace pocos años, violar la luz roja era una infracción muy rara entre nosotros. Inexplicablemente, luego se fue modificando la actitud civilizada de observancia de un recaudo tan elemental. Hoy, como decimos, una enorme proporción de los conductores piensa que el respeto a las indicaciones del semáforo es una cuestión que sólo depende de su capricho. Parece obvio subrayar que, de esa manera, la circulación por las calles se ha tornado extremadamente peligrosa. Frente a infracciones de esa índole, no existe más que un camino, como lo comprueba la más trillada experiencia. La Municipalidad debe destacar, de forma rotativa, vigilancia -diurna y nocturna- en los semáforos, como manera de levantar las actas de infracción a los conductores desaprensivos. Y los magistrados de faltas tendrían que sancionarlos con el máximo rigor. Las campañas de persuasión son sólo relativamente eficaces, en este punto: en efecto, nadie desconoce que ante la luz roja el automotor debe detenerse.
Con ser la más notoria y grave de las infracciones, la que nos ocupa dista de ser la única. A la vista de todos está que, en San Miguel de Tucumán, raro es el motociclista que lleve colocado el casco reglamentario, o que se prive de cargar varios niños en su asiento. Igualmente extraño es que los conductores de autos utilicen el cinturón de seguridad, o que eviten hablar por los celulares mientras manejan. Esto para referirnos solamente a un pequeño grupo de faltas callejeras, y dejando de lado otros rubros sobre los cuales el poder municipal debiera ejercer -y no ejerce- sus facultades de organización y de control: el estacionamiento en doble fila o en lugares prohibidos, el exponencial crecimiento de la venta callejera, la presencia de carros en el centro, el desacato a los horarios de carga y descarga, etcétera.
Nos parece indispensable que la Municipalidad inicie la corrección de las peligrosas inconductas que nos ocupan (en primer lugar, el desprecio a los semáforos), y que ponga, para exigir el cumplimiento de las ordenanzas, por lo menos la misma preocupación que exhibe respecto de las obras públicas arriba elogiadas. Nuestra ciudad, por la cantidad de habitantes y de automotores que tiene, no puede seguir envuelta en la ilegalidad actual.


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