"Los incitan a consumir para asegurarse clientes"

Los vecinos de "La Bombilla" sostienen que se consigue droga en cualquier esquina del vecindario y que también la venden en los quioscos.

POSTAL DE UN SABADO. Los potreros y los pasillos de “La Bomilla” son lugares habituales de consumo. LA GACETA / FRANCO VERA
POSTAL DE UN SABADO. Los potreros y los pasillos de “La Bomilla” son lugares habituales de consumo. LA GACETA / FRANCO VERA
23 Julio 2006
La pelota termina, entre las bolsas de basura, un recorrido breve. Los pies de los chicos ya no la persiguen. A través de la ventana enrejada de una casilla gris, una mano les extiende tres cigarrillos de marihuana. El tercer tiempo del partido que acaban de disputar consiste en fumar a pocos metros de donde quedó encallada la pelota de goma, junto a los vasos de cinco caballos raquíticos. Esta es una postal de sábado por la tarde en "La Bombilla", según relataron quienes viven allí, uno de los centros más importantes de distribución y consumo de drogas en la capital.
Desde hace tiempo, la vida de muchos vecinos de esta zona de la ciudad está condicionada por el mercado de los estupefacientes: chicos a los que los padres no los dejan salir a jugar a la calle; noches en vela escuchando disparos; la costumbre dudosa de ser una especie de víctimas crónicas de menores que no tienen límites.
"Acá, los narcos empiezan a rondar a los chicos desde que son chiquitos. Los atraen, se hacen sus amigos para inducirlos a consumir. Es una especie de inversión para el futuro: si se hacen adictos, se aseguran un nuevo cliente por mucho tiempo", relató Irma, una vecina que vive en los alrededores de la Subjefatura de la Policía (pocos de los habitantes del lugar quisieron identificarse por temor a sufrir represalias).
Los sostienen con dos dedos, como a cualquier cigarrillo. Y, para colmo, ya nadie se escandaliza al verlos fumar. El consumo de marihuana es el más común de todos, según dijeron los habitantes de la zona. "A los siete años, cuando ya pueden aguantar las toses que les genera el humo, empiezan a fumar ?porros?. Es terrible, porque, después de eso, comienzan a meterse cualquier otra cosa", comentó Pedro Manuel Uturria, otro vecino.

Un par de preguntas
"Uno tiene una idea de quiénes son y adónde es que venden la droga. Puede ser en cualquier quiosco o despensa. También en las esquinas. Donde uno busque, va a encontrar. Si yo quiero salir a comprar una pastilla ahora, sólo tengo que hacer un par de preguntas y en seguida ubico al dealer (distribuidor)", explicó Rocío, una joven de 27 años que creció en la zona.
Todos los miércoles, jueves y viernes, alrededor de 60 familias se reúnen en la Iglesia Evangélica Filadelfia, en Bolivia al 2.000. Entre las paredes de bloques y el techo de chapa, el pastor Víctor Ramón Concha intenta concientizar a los padres de que deben proteger a sus hijos de las drogas.
"Los chicos empiezan a drogarse a los siete años. Y los porros y el ?paco? se consiguen en cualquier parte. Muchos adolescentes se acercan a nosotros, pero después vuelven a irse; la vida se los lleva", dijo el pastor amargamente.
En "La Bombilla" no es fácil vivir. Hugo trabaja como mozo en un bar del centro. Termina sus labores a las cinco de la mañana. Cuando aborda un taxi, llama por teléfono a su esposa, Mirta, para que lo espere detrás de la puerta. Cuando se baja del vehículo frente a su vivienda, en San Miguel al 1.600, su mujer abre la puerta y él entra corriendo. Según dijo, es la única manera de pasar inadvertido entre los jóvenes que merodean la zona y que, posiblemente, intenten asaltarlo.

"No los para nadie"
Los días de los adolescentes adictos de "La Bombilla" comienzan cerca del mediodía, según contaron los vecinos. A las dos de la tarde ya están consumiendo. "A medida que pasa la tarde se ponen cada vez peor. A la noche ya no los para nadie", aseguró Olga, quien vive en San Miguel al 1.800.
A pocos metros de ella, unos chicos peloteaban en un potrero rodeado por bolsas de basura y por caballos raquíticos; la imagen constituía una postal de sábado por la tarde en "La Bombilla".

Comienzan a drogarse a los cuatro años
Sus juguetes parecen ser una bolsa con pegamento y un tenedor. A los cuatro años comienzan a aspirar el contenido del primer objeto. Con el segundo, atacan a sus víctimas. Según relataron los vecinos de "El Sifón", la droga es uno de los primeros elementos con los que toman contacto los niños de la zona.
El promedio de edad de inicio del consumo de drogas de los chicos de esta villa miseria es de cuatro o cinco años, contó Oscar, un vecino de la calle Paraguay. "A los que somos del barrio no nos hacen nada; pero si ven a alguien desconocido, lo empiezan a seguir. Cuando esa persona se distrae, le clavan el tenedor", relató.

Peores que los hijos
"Acá, los padres son peores que los hijos. Por eso, todos terminan en la misma situación. Nadie hace nada por el otro, porque, para ellos, es normal. Son todos hijos de asesinos, violadores y delincuentes. La droga y la violencia son una manera normal de vida para ellos", explicó Sebastián Gómez, otro vecino. Silvia, que vive en la calle Paraguay, dijo que, por lo general, a la droga la venden en los pasillos de la villa. Según dijo la mujer, es posible identificar las casas en las que están los narcos, porque hay zapatillas colgadas de los cables o de los árboles.
"Sólo tienen ganas de hacer daño. No les importa nada más. Quizás no lo asalten a uno, pero si entra en la zona, seguramente se va a llevar aunque sea una pedrada, porque esos chicos están fuera de control", aseguró otro vecino que prefirió no identificarse.
"Llegan al consumo porque ven que sus amigos y sus hermanos lo hacen. Acá nadie obliga a nadie. Todos se drogan porque quieren, pero también hay factores sociales que los condicionan, porque ninguno trabaja, ni estudia. Lo único que saben hacer es tomar Paco y robar", concluyó Oscar.

Rehabilitan a los jóvenes en grupos terapéuticos
Todos los jueves, de 8.30 a 10.30, diez adolescentes se reúnen a tomar mate. A diferencia del resto de los jóvenes, durante esas dos horas centran sus charlas en su experiencia con las drogas y, junto a dos terapeutas, buscan la manera de encontrar una solución a su problema.
En el hospital Avellaneda están trabajando con este grupo de chicos adictos para intentar rehabilitarlos. "Son chicos muy vulnerables, a los que les faltan muchas cosas. Pero después de haber sufrido adicciones muy graves, están bien, porque pueden hablar de sus problemas", explicó María Eugenia Almaraz, jefa del servicio de Adicciones de ese nosocomio.
La especialista consideró que este tipo de tratamientos puede llegar a ser más efectivo que las internaciones. "Cada uno tiene su tratamiento individual; pero la integración a un grupo los puede ayudar muchísimo. Son todos chicos que hasta hace un tiempo estaban muy mal. Ahora están mejor", agregó la especialista.

Operativos constantes
Por su parte, el subjefe de la Policía, Nicolás Barrera, aseguró que se realizan operativos constantemente. "Hay tres tipos de operativos: los planificados, aquellos que son eventuales y los que se montan en lugares determinados. Muchas veces, por medio de la línea 101, los vecinos nos avisan que en determinada zona se está vendiendo droga", explicó el comisario.
Barrera agregó que también se está trabajando en los boliches y en las bailantas, porque son lugares en los que, por lo general, corre la droga.

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