22 Julio 2006 Seguir en 
“¿Y ustedes qué quieren?”. Llegó a su casa con las manos engrasadas. Había estado ayudando a su abuelo en la gomería del barrio La Milagrosa, en Banda del Río Salí, donde él también vive. Tiene 17 años, y en el barrio, sus amigos, le pusieron un apodo que a su madre le asusta. Le dicen “Droga”. Ezequiel está desesperado. Dice que quiere dejar, que cada vez se siente peor; pero también sabe que solo no puede. “Una vez intenté. Fue una semana sin consumir, pero casi me muero. Se me salía el corazón por la boca. Me faltaba el aire. Transpiraba. Un día salí y pegué un faso (fumé marihuana). No daba más”, dice mirando al piso.
LA GACETA fue ayer a hablar con Ezequiel, luego de que supo que su madre estaba buscando ayuda para él. “No sabemos qué hacer. Mi marido trabaja todo el día. Yo tengo otros nueve hijos y no puedo estar todo el día detrás de él. Necesito que alguien nos dé una mano”, dijo la mujer, llorando. La familia vive en una casita prefabricada, a menos de 50 metros del río Salí. Decenas de chicos descalzos juegan en la vereda de tierra con botellas rotas, mientras pilas de basura se amontonan en todos los rincones. Las casas están separadas con telas de alambre. Ezequiel llega a la casa en la moto que le compraron sus padres. “Vendimos un carrito. Por lo menos con eso se entretiene. La desarma, la limpia. Queremos que haga algo. Pero, de golpe, se junta con los amigos y desaparece. Ahí ya sé que se está drogando”, dice la mujer.
“Probé de todo. Pero cuando te metés Paco, te revienta la cabeza. Es lo peor. Yo lo sé”, cuenta Ezequiel, refiriéndose a la pasta de la cocaína, el residuo de la droga. El chico, de a poco, va perdiendo el miedo. Hizo falta aclararle que ni el periodista ni el fotógrafo eran “milicos”, como él les dice. Ezequiel le tiene miedo a la Policía, aunque jamás lo detuvieron. “Hacemos una vaquita para comprar. Yo no robo”, asegura.
Baja la cabeza, se tapa la cara y recuerda. “Dos veces quise matarme. Cuando estás drogado, no sabés qué hacés. Creí que iba a poder dejar, pero no puedo. Mi mamá llora, me pega; pero yo me pongo más violento. Veo a mis hermanos más chicos y digo ‘hoy no, hoy no voy a drogarme’, pero llega la noche y lo hago otra vez”, afirma. Su madre asegura que, por más que a él lo internen, cuando salga, si siguen viviendo en ese lugar, recaería. “Señor, aquí venden en todos lados. En este ambiente es difícil curarse. Hay muchísima gente trabajadora. Pero también hay delincuentes, y la Policía, que sabe quiénes son los vendedores, no hace nada”, se queja.
Fútbol, no; música, sí
Ezequiel le acaricia la cabeza a uno de sus hermanos, de 1 año, que juega con un viejo pasacasete. “El me mira cuando yo estoy con mis amigos tomando y drogándome. A veces no me importa”, dice, y luego calla. Después se repone y cuenta que no le gusta el fútbol, y que lo único que lo entretiene es trabajar en la gomería de su abuelo. Escucha a Los Santafesinos, un grupo de cumbia. “Ponemos eso y empezamos a tomar. Vino, cerveza, fernet, lo que haya. A veces le metemos pastillas adentro”, cuenta. ¿Pero Ezequiel, vos querés dejar esto?, le pregunta el periodista. El chico levanta la cara y lo mira a los ojos. Asiente con un movimiento rápido. “Sí quiero. Quiero”, responde. “¿Si te llevan a un médico, te vas a quedar?”. “Sí”, dice. “¿Estás seguro?”. “Sí, estoy seguro. El otro día le dije a mi mamá. Si yo sigo así, no voy a escuchar la música en la fiesta de fin de año. Voy a morirme antes”, afirma.
“Están haciendo notas sobre las drogas. Llegaron a un buen lugar. Aquí venden en todos lados, y parece que nadie se da cuenta”. La mujer que habla está detrás de una reja, con la que protege un pequeño almacén. “Hay una generación que está perdida. Los chiquitos andan tambaleándose. Es terrible”, aseguró.
Números de teléfonos para llamar
en caso de necesitar ayuda
* Hospital Avellaneda: 4276008 int 281
* Emergencias Médicas: 107
* Asistencia Pública: 4212329
* Dirección General de Drogas Peligrosas: 4304513
* Secretaría de Prevención de las Adicciones: 4523200
* Emergencias policiales: 101
* Drogras Peligrosas de la Policía Federal: 4301920- 4302022
* Gendarmería Nacional: 4274387
LA GACETA fue ayer a hablar con Ezequiel, luego de que supo que su madre estaba buscando ayuda para él. “No sabemos qué hacer. Mi marido trabaja todo el día. Yo tengo otros nueve hijos y no puedo estar todo el día detrás de él. Necesito que alguien nos dé una mano”, dijo la mujer, llorando. La familia vive en una casita prefabricada, a menos de 50 metros del río Salí. Decenas de chicos descalzos juegan en la vereda de tierra con botellas rotas, mientras pilas de basura se amontonan en todos los rincones. Las casas están separadas con telas de alambre. Ezequiel llega a la casa en la moto que le compraron sus padres. “Vendimos un carrito. Por lo menos con eso se entretiene. La desarma, la limpia. Queremos que haga algo. Pero, de golpe, se junta con los amigos y desaparece. Ahí ya sé que se está drogando”, dice la mujer.
“Probé de todo. Pero cuando te metés Paco, te revienta la cabeza. Es lo peor. Yo lo sé”, cuenta Ezequiel, refiriéndose a la pasta de la cocaína, el residuo de la droga. El chico, de a poco, va perdiendo el miedo. Hizo falta aclararle que ni el periodista ni el fotógrafo eran “milicos”, como él les dice. Ezequiel le tiene miedo a la Policía, aunque jamás lo detuvieron. “Hacemos una vaquita para comprar. Yo no robo”, asegura.
Baja la cabeza, se tapa la cara y recuerda. “Dos veces quise matarme. Cuando estás drogado, no sabés qué hacés. Creí que iba a poder dejar, pero no puedo. Mi mamá llora, me pega; pero yo me pongo más violento. Veo a mis hermanos más chicos y digo ‘hoy no, hoy no voy a drogarme’, pero llega la noche y lo hago otra vez”, afirma. Su madre asegura que, por más que a él lo internen, cuando salga, si siguen viviendo en ese lugar, recaería. “Señor, aquí venden en todos lados. En este ambiente es difícil curarse. Hay muchísima gente trabajadora. Pero también hay delincuentes, y la Policía, que sabe quiénes son los vendedores, no hace nada”, se queja.
Fútbol, no; música, sí
Ezequiel le acaricia la cabeza a uno de sus hermanos, de 1 año, que juega con un viejo pasacasete. “El me mira cuando yo estoy con mis amigos tomando y drogándome. A veces no me importa”, dice, y luego calla. Después se repone y cuenta que no le gusta el fútbol, y que lo único que lo entretiene es trabajar en la gomería de su abuelo. Escucha a Los Santafesinos, un grupo de cumbia. “Ponemos eso y empezamos a tomar. Vino, cerveza, fernet, lo que haya. A veces le metemos pastillas adentro”, cuenta. ¿Pero Ezequiel, vos querés dejar esto?, le pregunta el periodista. El chico levanta la cara y lo mira a los ojos. Asiente con un movimiento rápido. “Sí quiero. Quiero”, responde. “¿Si te llevan a un médico, te vas a quedar?”. “Sí”, dice. “¿Estás seguro?”. “Sí, estoy seguro. El otro día le dije a mi mamá. Si yo sigo así, no voy a escuchar la música en la fiesta de fin de año. Voy a morirme antes”, afirma.
“Aquí la venden en todos lados”
“Están haciendo notas sobre las drogas. Llegaron a un buen lugar. Aquí venden en todos lados, y parece que nadie se da cuenta”. La mujer que habla está detrás de una reja, con la que protege un pequeño almacén. “Hay una generación que está perdida. Los chiquitos andan tambaleándose. Es terrible”, aseguró.
Números de teléfonos para llamar
en caso de necesitar ayuda
* Hospital Avellaneda: 4276008 int 281
* Emergencias Médicas: 107
* Asistencia Pública: 4212329
* Dirección General de Drogas Peligrosas: 4304513
* Secretaría de Prevención de las Adicciones: 4523200
* Emergencias policiales: 101
* Drogras Peligrosas de la Policía Federal: 4301920- 4302022
* Gendarmería Nacional: 4274387
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