Desde el chaco salteño a los negocios de grandes ciudades

Las comunidades indígenas de Embarcación proveen artesanías de madera y de hilo al norte y centro del país y también a Buenos Aires.

27 Mar 2006
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PUESTOS. Al lado de la ruta 34 los artesanos venden sus productos. LA GACETA / FRANCO VERA

No hay ceniceros, ni mates, ni yerberos -por dar algunos ejemplos- con la leyenda “Recuerdo de Embarcación”. Sin embargo, en ese municipio del noreste salteño se produce un alto porcentaje de las artesanías que se venden en Salta, en Jujuy, en Tucumán, en Córdoba y hasta en Buenos Aires.
Los artesanos por excelencia son las comunidades indígenas. Así como los wichís (o matacos, como se los llama en el lugar) desarrollan los secretos de la elaboración del hilo de chaguar (planta similar al aloe) y su complicado tejido sin agujas, los topas -o mocobíes- prefieren dar formas a diversos utensilios y animalitos -especialmente patos y búhos- en la verdosa madera de palo santo.
Embarcación tiene 26.000 habitantes, de los cuales, el 35% es indígena. De esto resulta un total de aproximadamente 1.800 familias, y por lo menos la mitad de ellas vive de las artesanías.
El trabajo se distribuye para que todos puedan subsistir, según comentó a LA GACETA Carlos González. “Tengo clientes mayoristas de Tucumán y de Córdoba, pero también vendemos bastante en la ruta. Por eso, parte de la producción la hacemos nosotros y otra parte las compramos a los indígenas de Ballivián o de Cornejo”, contó. Los puestos de venta fueron ubicados en el acceso a Embarcación, al costado oeste de la ruta.
“Yo vivo en la misión franciscana (a la entrada de Embarcación) y hago los trabajos en palosanto y en madera blanca, como la afata o el palo borracho. Pero, el hilo de chaguar se lo compro a gente de Morillos, que se dedica a elaborarlo”, dijo, por su parte, Fabio Méndez. El también admitió que vende al por mayor a comerciantes tucumanos y de Salta.

Alcanza para subsistir
¿Pueden vivir de esto?, les preguntó LA GACETA. González respondió que sí de inmediato. “Nos ayudamos entre todos, por eso le compramos la producción al que no tiene puesto en la ruta. Y como los que elaboran las artesanías no tienen tiempo, les compran a otros la materia prima, que hay sacarla del monte”, añadió. “En todas las familias, desde los 10 años se empieza a trabajar-contó Silvana González-; las chicas, tejiendo o haciendo el hilo de chaguar y los varones, trabajando la madera”.
Del monte del chaco salteño se obtienen las semillas con las que los wichis hacen collares y cintos. Algunas son de una redondez perfecta, como una bolilla; otras ovaladas y se confunden con piedras, por el color. Las semillas se hierven antes de usarse, porque son muy duras. Sólo entonces se las puede perforar para enhebrar collares, pulseras y otros adornos. Con la tintura que desprenden las semillas al hervir se tiñe el hilo de chaguar, en distintos tonos de marrón y beige. Con ese hilo se tejen después las famosas yiskas. Mientras en la ruta 34, una yiska cuesta $ 8, en las capitales de las provincias su precio oscila entre los $ 20 y los $ 25.