Vuelve la vieja pelea entre Estado y mercado

Por Hugo E. Grimaldi. Miceli hizo de vocera presidencial con un discurso para el olvido.

29 Enero 2006

BUENOS AIRES.- El mercado y el Estado, se sabe, se llevan a las patadas en la Argentina. Hay desconfianza mutua y, en los extremos, enemistad manifiesta. Pocas veces en la historia ambos contendores lograron superar sus propias dificultades y carencias complementándose antes que anulándose. El péndulo fue muy fuerte a través de los años y la seudoexperiencia pro mercado de los 90 -aunque muchos de sus elementos hayan llegado para quedarse- todavía está demasiado fresca como para intentar acercar posiciones.
Sin embargo, ante el enemigo común de la inflación, los acuerdos de precios que impulsa la Casa Rosada podrían haberse convertido esta vez en un buen método de aproximación de ambos contendores, rumbo hacia políticas más estables y predecibles que amplíen el horizonte. Lo concreto es que, hasta el momento, las reuniones que se vienen efectuando a diario entre empresarios y el Gobierno no han sido más que un torneo de hipocresías, destinado más a complacer a la tribuna que a esforzarse en el intento de buscar un camino común.
Al decir de Economía, se trata de acuerdos "voluntarios", pero, más allá del cholulismo de algunos por sentarse por una vez en su vida frente al Presidente de la Nación, muchos empresarios van resignados a las reuniones en la Casa Rosada "para no quedar mal", aseguran. Mientras tanto, y por detrás, buscan cómo hacer para no poner en la lista los artículos con mayor salida o sumar otros que puedan cambiar hacia el futuro en formatos o calidad. Por otro lado, las empresas dicen también por lo bajo que si los acuerdos no se complementan con medidas monetarias y fiscales, tendrán poca vida.
La debilidad de los sobreentendidos no se termina aquí y algunos están claramente a la vista. Se habla alegremente de acuerdos anuales, cuando todos saben que podrían caerse a la primera revisión o cualquier otra de las que se han pactado cada dos meses. También desde el Gobierno se ha impedido sistemáticamente poner en el Anexo que acuerda esa posibilidad de revisión por mayores costos el factor salarial, dicen que a pedido del Presidente, como si este punto no hubiere de impactar en los precios en algún momento.
Pese al esfuerzo desplegado en innumerables conferencias de prensa y al injustificable desgaste del propio Kirchner, que se expone a que lo comparen sibilinamente con Lita de Lazzari y, lo que es peor, a transitar sin fusibles por un terreno de fracaso, lo más lamentable de la historia es que el proceder de ficción de todos los actores resulta un factor que sigue alejando cada vez más a la Argentina de las fórmulas de convergencia entre el accionar de las empresas y la presencia del Estado, las mismas que aprovechan los países más exitosos para seguir distanciándose.
Esta última semana, la guerra entre los viejos enemigos volvió a su antiguo esplendor y dos mujeres se pusieron al frente de cada bando. Ambas se preocuparon más por marcar territorios ideológicos y por hacerlos inexpugnables que por sentarse a discutir serenamente la cuestión de las carnes, con la menor cantidad de prejuicios posibles.
Analía Quiroga y Felisa Miceli, cada una en su rincón, dijeron lo suyo de manera primitiva en el caso de la primera y, hasta casi de modo incongruente por parte de la ministra, con una cuota mayor de mala educación en la dirigente ruralista de Carbap y con un grado de mayor irresponsabilidad -debido a su investidura- en la figura de la jefa del Palacio de Hacienda.
Mientras que a Quiroga se le soltó la cadena y salió a chumbarle de modo extemporáneo a Néstor Kirchner, para responder a un fuerte adjetivo de este dirigido al sector desde una tribuna, Miceli cumplió el viernes el papel de vocera presidencial en un discurso para el olvido, por las formas y por el fondo.
Con tonos de voz propios de una docente jubilada que usa todavía métodos que horrorizarían al progresismo educativo, la ministra levantó el dedo admonitorio del "se puede" y del "no se puede", del "está bien" y de lo que no, para intentar imponer, con la solicitud de permisos de exportación, un castigo supremo que suena paradójico desde el poder del Estado y en nombre del mercado interno hacia un sector que acerca divisas e impuestos, que no deja de crecer debido a la gran demanda internacional y que, subido a un tipo de cambio nominal alto, es uno de los ganadores que naturalmente premia el modelo.
El fondo de la cuestión es que el discurso de Miceli dejó en claro que el Estado, en nombre de la solidaridad con la gente más desprotegida, sigue avanzando para cerrar el cerco sobre las utilidades empresarias, arrogándose el derecho discrecional de decir cuándo y cuánto debe ganar cada uno de los agentes económicos, método que desestimula los deseos de inversión, justo en un momento en que más se necesita incentivarlos para seguir creciendo sin mayores sustos inflacionarios.
También desde posturas más folclóricas que ideológicas -y en esto la ministra no tuvo nada que ver- se ha resucitado la calificación de "oligarquía vacuna" para caracterizar a un sector que hoy no es para nada similar a aquel que existía en los tiempos en que se acuñó la frase. Más allá de que los antiguos latifundios se han subdividido en su mayoría entre hijos, sobrinos y nietos, el agro es hoy una actividad empresaria más, sujeta a los vaivenes de la economía, que subsiste como resabio de las sucesivas crisis y de muchos créditos impagos. Por suerte, a partir de la exportación, el sector se ha constituido en un factor clave de derrame de mucho dinero en el interior, mientras es el que más recursos le acerca al Estado vía retenciones, boom impulsado desde hace algo más de un lustro por la soja y ahora por la posibilidad de la venta de carnes al exterior, tras la demanda adicional que dejaron la salida del mercado de Brasil (aftosa), Estados Unidos y Canadá (vaca loca).Las exportaciones de carne generaron un incremento de casi 200 % en cuanto a ingreso de divisas entre 2002 y 2005, mientras que en el mismo lapso las ventas argentinas al exterior -con un dólar ultracompetitivo- crecieron a un ritmo de 7,1 %; dicho sea de paso, a menos de la mitad de lo que lo habían hecho durante la década del 90 con el uno a uno.
El Registro de Exportadores que se reglamentará durante la semana dejará en manos de un burócrata la potestad de decidir si tal o cual embarque podrá hacerse o no al exterior. De esa forma, se pretende aumentar la oferta al mercado interno de modo compulsivo, sin considerar los costos en que incurrieron los productores -los malos de la película-.Desde el lado de los empresarios, la novedad tras el exabrupto de Quiroga es que por primera vez en mucho tiempo un dirigente sale a decir públicamente cosas contra el Gobierno. El sector había quedado muy golpeado por la actitud patoteril, casi de impunidad, que percibieron por parte de dos altos funcionarios de la secretaría de Agricultura, cuando les pidieron una respuesta sobre por qué no se cumplía lo que habían pactado con ellos sobre reducción de las retenciones. Como no se atrevieron a decir que se habían ido de boca y que el Presidente, quien no sólo no quiere escuchar hablar de aumentos de salarios que indexen los precios sino que tampoco quiere saber nada con bajar las retenciones, no los avaló, uno de ellos les dijo "alpiste", para burlarse de la firma puesta por ellos en el convenio unos minutos antes.
De allí que ocho entidades hayan tachado la rúbrica, y eso trajo al día siguiente la reconvención presidencial que motivó la ulterior respuesta de Quiroga. Aunque lo hizo de un modo tan descomedido que para algunos diluyó el intento, la sensación es que con su actitud podría haberse roto algún dique en el temor reverencial que muchos hombres de empresa sienten por el Gobierno y que las expresiones críticas podrían comenzar a ser cada vez más usuales.
Pese a que Miceli se horrorizó ante lo inusual de la tachadura y a que, de algún modo, avaló a sus funcionarios, ¿qué es mejor? ¿Tachar la firma ante un comentario grosero y volver todo a fojas cero o sentarse para la foto junto al Presidente, aun sabiendo que se firman cosas que no van a poder cumplirse? Una buena autocrítica también genera caminos de acercamiento entre las partes. (DyN)

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