Parece que sí muerden

Por Juan Carlos Di Lullo. La falta de lectura potencia la pobreza del habla.

29 Enero 2006

Una expresión popular servía hace algunos años para amonestar a quienes cometían errores al expresarse. "Agarrá los libros, que no muerden", se les decía, para dejar en claro que en los textos puede encontrarse el material necesario para despejar todo tipo de duda. Lamentablemente, todos los estudios y las encuestas demuestran que el hábito de la lectura ha decrecido con el paso de los años, y que las jóvenes generaciones son cada vez más reacias a disfrutar de los placeres que ofrecen las páginas impresas.
El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, advirtió hace pocos días que llevará por lo menos tres generaciones revertir la pobreza del habla. En una conferencia organizada por el diario "La Nación", el académico se mostró preocupado por las limitaciones que se evidencian en el manejo de la lengua. Barcia reveló que en Francia, el 10 % de los estudiantes no puede expresarse correctamente en su idioma, y que en nuestro país, el mismo problema afecta a seis de cada 10 chicos.
"Es antidemocrático que un muchacho no pueda articular dos palabras ni siquiera para insultar o para levantar una bandera de reclamo", expresó en esa oportunidad Barcia. Es que los chicos, de acuerdo con lo que la experiencia diaria indica, no están capacitados ni siquiera para comprender lo que se les pregunta en un formulario para buscar empleo y, además, responden con gruesas faltas de ortografía. En esas condiciones no es probable que su horizonte laboral sea amplio.
El rector del Colegio Nacional Buenos Aires, Horacio Sanguinetti, dijo el año pasado en Tucumán durante una de las conferencias organizadas por nuestro diario, que el nivel de enseñanza en general, y el del idioma en particular, se ha degradado en las escuelas argentinas porque las exigencias a la hora de evaluar los exámenes de los alumnos es cada vez menor. Los profesores universitarios pueden certificar que son incontables los errores de ortografía que cometen los alumnos en cualquier monografía que se les encomienda.
Los especialistas muestran coincidencias cuando detectan peligro para la riqueza del idioma en el lenguaje que se utiliza en los correos electrónicos y en los mensajes de texto. Hay una especie de manual elaborado por las telefónicas en el que se consignan unos 200 vocablos abreviados para ser usados en mensajes de texto. Pedro Barcia piensa que esto contribuirá a reducir la comunicación de un adolescente a 200 palabras, mientras que cuando sale de la escuela maneja unos 600 términos. "A la pobreza le estamos proponiendo miseria", reflexionó el académico.
La lectura ofrece exactamente lo contrario. Quien acostumbra a tener un libro en sus manos tropieza permanentemente con nuevos términos y descubre giros idiomáticos que enriquecen su lenguaje. Y, en lo conceptual, abre su mente a ideas nuevas y se entrena en el pensamiento crítico.
Lamentablemente, no hay muchos datos que alienten el optimismo. El de la lectura es un hábito que generalmente se adquiere en las primeras etapas de la vida, pero nuestro sistema de enseñanza no ha resultado particularmente eficiente en este sentido.
En "Fahrenheit 451", Ray Bradbury imaginaba un futuro en el que los bomberos tenían la misión de quemar libros, en lugar de apagar incendios. Tal vez ni siquiera haga falta una fuerza especial para hacer desaparecer los textos impresos: si es que la tendencia a no leer persiste, los libros simplemente dejarán de tener sentido por la falta de uso. Para colmo, la semana se cerró con una triste noticia para quienes disfrutan de los textos exquisitos: Gabriel García Márquez admitió que durante 2005 no escribió ni una línea. Sus amigos dicen que el maestro colombiano no está retirado, sino que se tomó vacaciones, pero una visión más pesimista podría apuntar a que el premio Nobel presiente que hay cada vez menos personas interesadas en leer sus textos. Para aventar estos fantasmas, recordemos que los libros no muerden.

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