Burlón sentido común

Por Alvaro José Aurane. Intendentes, candidaturas, reformas y apego por la ley.

12 Enero 2006

Según cuenta Diógenes Laercio, le pasó a Tales de Mileto que, absorto en el estudio de los astros, cayó en un pozo. La anciana que lo servía le dijo entonces: "¿Cómo se imagina Tales que puede conocer lo que hay en el cielo si es incapaz de ver lo que hay a sus pies?". La anécdota es referida por Juan Gelman en "Nueva prosa de prensa", quien llama a esa burla "sentido común".
La situación halla parangón en Tucumán. Aquí, los intendentes que son candidatos a constituyentes mostraron, con actos, poco apego por la ley. Al menos, por la que les ordena tomar licencia para ser candidatos a convencionales. Luego, la sociedad debe imaginar que ellos serán garantes de una nueva Carta Magna.El jefe municipal de la capital, Domingo Amaya, se apresta a concederse a sí mismo un permiso para abandonar sus funciones durante los 30 días previos a la elección de reformadores del 19 de febrero. Ya usó esa dudosa autolicencia para ser precandidato en la interna abierta del 18 de diciembre. Por entonces, su par de Simoca, Miguel Paliza, hacía un papel todavía menos feliz: hizo el trámite fuera del plazo legal. En la vereda opositora no hubo mejores perspectivas. En aquella oportunidad, Osvaldo Morelli, en Concepción, y Roberto Martínez Zavalía, en Yerba Buena (ambos de Participación Cívica), también pidieron sus licencias fuera de término. La propia Junta Electoral debió conminarlos a que dejaran temporalmente sus cargos.
El cuadro se completó con estos intendentes, y los que sí hicieron el papeleo "en tiempo y forma", inaugurando obras públicas, pese a que, técnicamente, no estaban desempeñando sus funciones. Tal vez consideran que con la licencia obligatoria, la ley sólo busca que estén descansados para hacer campaña, y en ningún caso, a evitar que hagan proselitismo con fondos públicos.
Por aspirar al estrellato constitucionalista, muchos se cayeron en un bache.

Unos 153 años después
El artículo 5 de la Constitución argentina establece que la Nación garantizará el funcionamiento de las instituciones de una provincia sólo si ella asegura el régimen municipal. La idea de la descentralización (por oposición al centralismo) está presente ya en el texto fundacional de este país, en 1853. Y eso se entiende en el hecho de que quienes lo forjaron en Santa Fe eran los representantes de las provincias: de gobiernos locales. Félix Luna los recuerda como hombres sin tacha, despreciados por los porteños (llamaban "13 ranchos" a sus territorios), que tenían decidido hacer algo más que "un bello cuadernito".
El tucumano Salustiano Zavalía dijo entonces que los 40 años de desórdenes provenían de la falta de Constitución. Y Juan Francisco Seguí cargó contra los argumentos rosistas, que no querían un digesto nacional. No dictarlo, dijo el santafesino, era igual a declarar que los argentinos eran incapaces de un gobierno fundado en leyes, y sólo eran acreedores a ser dominados por el despotismo.
Para la enmienda tucumana, nueve representantes de "gobiernos locales" de la provincia se postularon, lo cual luce alentador para consagrar nuevas garantías para las municipalidades.
Ahora bien, ¿cuál de ellos promoverá que la Constitución determine que el monitoreo administrativo y financiero que ejecuta la Provincia en las intendencias es atentatorio contra la autonomía, pues implica una cuasi intervención? ¿Cuál de los jefes municipales, célebres abrazadores del gobernador José Alperovich en las inauguraciones de obras que la Provincia paga, reivindicará para cada municipio el cobro de las contribuciones sobre inmuebles y automotores?
Contra la creencia de que alcanza con que la Constitución diga que los municipios son autónomos se erigen La Rioja, Salta y Santiago del Estero. Incluyeron esa proclama en sus Leyes Fundamentales en 1986. Nada impidió, sin embargo, que sus municipios siguieran subyugados por el caudillismo provincial.El bonaerense Juan María Gutiérrez advirtió en 1853, en Santa Fe, que si no había hábitos apropiados, la Constitución debía crearlos. Soñar la patria siempre es más placentero que vivirla. El sentido común sigue haciendo burla.

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