Con el corazón en el norte, navegan por el fondo del mar
Debieron superar difíciles pruebas con el objetivo de lograr un futuro mejor. Son marinos salteños, tucumanos y un jujeño que hoy prestan servicios en un submarino de la Armada Argentina. LA GACETA On Line dialogó con un joven de Salta que nos cuenta su experiencia. Por Daniel Fernández.
El ARA Santa Cruz llegando a la base de Mar del Plata.
Son oriundos del norte argentino y surcan las profundidades del océano. Cambiaron el verde paisaje norteño de cerros y montañas por el inmenso y solitario mar.
Tres marineros tucumanos, dos salteños y un jujeño forman parte del personal que presta servicio en el submarino ARA "Santa Cruz", perteneciente a la flota de la Armada Argentina.
Ellos son un caso especial en la Marina. Hasta los más veteranos suboficiales y oficiales, con quienes comparten sus actividades, siempre les preguntan por qué eligieron ser submarinistas teniendo en cuenta que no se criaron cerca del mar y no son hijos de militares.
LA GACETA On Line se contactó con uno de ellos para saber cómo llegó hasta el sur de nuestro país y por qué eligió una carrera en la Marina, muy lejos de su terruño natal.
Duras pruebas para superar
Javier Calvimonti, de la provincia de Salta, es actualmente sónarista (controla el sónar que utilizan para detectar objetos en el fondo del mar mediante ondas acústicas) del submarino ARA "Santa Cruz" y conversó vía telefónica con LA GACETA On Line.
Calvimonti nació en la localidad de Tartagal, ubicada a 380 kilómetros de la ciudad de Salta y desarrolló su infancia y adolescencia en la capital salteña. Siempre le gustó la vida militar, pero nunca se imaginó que su destino era un submarino.
Contó que terminó el secundario, probó suerte en las fuerzas de seguridad, pero no estaba convencido de seguir los estudios terciarios en Salta. "Se dio la casualidad que la Marina estaba tomando gente", explicó desde su casa en la capital salteña donde pasó las fiestas de Navidad y Año Nuevo con su familia.
De la provincia de Salta se inscribieron para rendir el examen unos 200 jóvenes, de los cuales sólo aprobaron 40. Entre ellos se encontraba Calvimonti. En la base naval de Puerto Belgrano, en la ciudad de Mar del Plata, realizaron la prueba de adaptación.
Primero comenzó como sónarista en un buque. Recordó que no le agradaba mucho porque se movía constantemente, a diferencia del submarino donde el traslado es sin vaivenes.
Luego se enteró que había más de 10 vacantes para ser submarinista. 80 marineros se presentaron para pasar los rigurosos exámenes sicológicos, técnicos y médicos. Finalmente sumó el puntaje necesario para pasar la prueba. Luego de eso, tuvo que superar un período de adaptación que consistía en diversas pruebas físicas y de supervivencia, así como embarcarse en un submarino para determinar si se adaptaba a estar encerrado durante varias horas a más de 200 metros de profundidad.
Bautismo
Calvimonti contó que el ejercicio multinacional Unitas en aguas del océano Atlántico, realizado en setiembre pasado, fue su bautismo de fuego. "Tuve la suerte de ir a Río de Janeiro para participar de las maniobras en conjunto con la Marina de Brasil, Uruguay, España y los Estados Unidos", señaló. Muy contento -recordó- que en esa oportunidad el personal fue felicitado por la tarea desplegada en los simulacros de caza de buques.
El trabajo de Calvimonti es el de detectar en la profundidad del mar los sonidos que emiten las naves de guerra u otros submarinos. Esta tarea le permitió desarrollar un agudo oído, según contó, como el marinero de la película "A la caza del Octubre Rojo" quien escuchó hasta el canto de los rusos del submarino nuclear desertor, que era buscado por la Marina norteamericana.
Calvimonti aseguró que otra cosa que le gusta del submarino es que la convivencia es más cálida que en los buques, porque son un grupo chico de trabajo y se conocen y se respetan entre todos.
Con el corazón en el norte
Por más que esté acostumbrado a la dura vida militar, ante la nostalgia el corazón de un joven salteño no está acorazado como el submarino. "Uno se acostumbra a estar lejos, pero se extraña el norte, sus costumbres y la gente", confesó.
"El norteño es arraigado a la familia y no ve la hora de irse a su casa cuando se le presenta la oportunidad", aseguró.
Sobre su familia afirmó que, a pesar de la distancia, está contenta con su elección y que lo apoya constantemente.
Indicó que otras de las características que destacan a los norteños, en las tareas diarias, es su compromiso con el trabajo.
La posibilidad de estudiar
"El ingreso a la Marina es un paso para seguir estudiando". Para este joven, como para tantos otros, la carrera militar le brinda la posibilidad de continuar capacitándose. "Antes, un padre podía apoyar económicamente a su hijo a estudiar, ahora, en cambio hay que buscar otras alternativas para seguir una carrera", opinó.
Sobre su preferencia, señaló que le gusta el profesorado de Educación Física y que ya ha realizado cursos de guardavidas y de natación.
Los locos
Calvimonte contó, risueñamente, que a los submarinistas los apodan "los locos", por sumergirse cientos de metros bajo el mar en una máquina de 2.264 toneladas, que transporta torpedos y minas de fondo.
Explicó que al apodo sólo lo toma como una broma y que nunca piensa en los peligros que implica la tarea que desarrollan. "Cuando nos embarcamos y nos sumergimos, sólo pedimos volver a salir a la superficie", reveló este joven que decidió un día cambiar a Salta "La Linda" por las profundidades del mar, en la base naval de "La Feliz".
Tres marineros tucumanos, dos salteños y un jujeño forman parte del personal que presta servicio en el submarino ARA "Santa Cruz", perteneciente a la flota de la Armada Argentina.
Ellos son un caso especial en la Marina. Hasta los más veteranos suboficiales y oficiales, con quienes comparten sus actividades, siempre les preguntan por qué eligieron ser submarinistas teniendo en cuenta que no se criaron cerca del mar y no son hijos de militares.
LA GACETA On Line se contactó con uno de ellos para saber cómo llegó hasta el sur de nuestro país y por qué eligió una carrera en la Marina, muy lejos de su terruño natal.
Duras pruebas para superar
Javier Calvimonti, de la provincia de Salta, es actualmente sónarista (controla el sónar que utilizan para detectar objetos en el fondo del mar mediante ondas acústicas) del submarino ARA "Santa Cruz" y conversó vía telefónica con LA GACETA On Line.
Calvimonti nació en la localidad de Tartagal, ubicada a 380 kilómetros de la ciudad de Salta y desarrolló su infancia y adolescencia en la capital salteña. Siempre le gustó la vida militar, pero nunca se imaginó que su destino era un submarino.
Contó que terminó el secundario, probó suerte en las fuerzas de seguridad, pero no estaba convencido de seguir los estudios terciarios en Salta. "Se dio la casualidad que la Marina estaba tomando gente", explicó desde su casa en la capital salteña donde pasó las fiestas de Navidad y Año Nuevo con su familia.
De la provincia de Salta se inscribieron para rendir el examen unos 200 jóvenes, de los cuales sólo aprobaron 40. Entre ellos se encontraba Calvimonti. En la base naval de Puerto Belgrano, en la ciudad de Mar del Plata, realizaron la prueba de adaptación.
Primero comenzó como sónarista en un buque. Recordó que no le agradaba mucho porque se movía constantemente, a diferencia del submarino donde el traslado es sin vaivenes.
Luego se enteró que había más de 10 vacantes para ser submarinista. 80 marineros se presentaron para pasar los rigurosos exámenes sicológicos, técnicos y médicos. Finalmente sumó el puntaje necesario para pasar la prueba. Luego de eso, tuvo que superar un período de adaptación que consistía en diversas pruebas físicas y de supervivencia, así como embarcarse en un submarino para determinar si se adaptaba a estar encerrado durante varias horas a más de 200 metros de profundidad.
Bautismo
Calvimonti contó que el ejercicio multinacional Unitas en aguas del océano Atlántico, realizado en setiembre pasado, fue su bautismo de fuego. "Tuve la suerte de ir a Río de Janeiro para participar de las maniobras en conjunto con la Marina de Brasil, Uruguay, España y los Estados Unidos", señaló. Muy contento -recordó- que en esa oportunidad el personal fue felicitado por la tarea desplegada en los simulacros de caza de buques.
El trabajo de Calvimonti es el de detectar en la profundidad del mar los sonidos que emiten las naves de guerra u otros submarinos. Esta tarea le permitió desarrollar un agudo oído, según contó, como el marinero de la película "A la caza del Octubre Rojo" quien escuchó hasta el canto de los rusos del submarino nuclear desertor, que era buscado por la Marina norteamericana.
Calvimonti aseguró que otra cosa que le gusta del submarino es que la convivencia es más cálida que en los buques, porque son un grupo chico de trabajo y se conocen y se respetan entre todos.
Con el corazón en el norte
Por más que esté acostumbrado a la dura vida militar, ante la nostalgia el corazón de un joven salteño no está acorazado como el submarino. "Uno se acostumbra a estar lejos, pero se extraña el norte, sus costumbres y la gente", confesó.
"El norteño es arraigado a la familia y no ve la hora de irse a su casa cuando se le presenta la oportunidad", aseguró.
Sobre su familia afirmó que, a pesar de la distancia, está contenta con su elección y que lo apoya constantemente.
Indicó que otras de las características que destacan a los norteños, en las tareas diarias, es su compromiso con el trabajo.
La posibilidad de estudiar
"El ingreso a la Marina es un paso para seguir estudiando". Para este joven, como para tantos otros, la carrera militar le brinda la posibilidad de continuar capacitándose. "Antes, un padre podía apoyar económicamente a su hijo a estudiar, ahora, en cambio hay que buscar otras alternativas para seguir una carrera", opinó.
Sobre su preferencia, señaló que le gusta el profesorado de Educación Física y que ya ha realizado cursos de guardavidas y de natación.
Los locos
Calvimonte contó, risueñamente, que a los submarinistas los apodan "los locos", por sumergirse cientos de metros bajo el mar en una máquina de 2.264 toneladas, que transporta torpedos y minas de fondo.
Explicó que al apodo sólo lo toma como una broma y que nunca piensa en los peligros que implica la tarea que desarrollan. "Cuando nos embarcamos y nos sumergimos, sólo pedimos volver a salir a la superficie", reveló este joven que decidió un día cambiar a Salta "La Linda" por las profundidades del mar, en la base naval de "La Feliz".
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