Rebelión sofocada

Análisis. Por Juan Manuel Montero.

24 Diciembre 2005
El gobernador no esperaba un problema así. Hace dos meses, el ministro de Seguridad, Pablo Baillo, le había pedido al jefe de Policía, Pedro Ledesma, que preparara una lista con los nombres de los policías que iban a retirarse, de comisarios generales para abajo. Quería oxigenar la fuerza y reforzar su política de Policía Comunitaria, en la que agentes jóvenes tratan de hacer olvidar años de abusos por parte de los uniformados. Esta semana, más que un pedido fue una orden. Cuando el jueves a la noche Ledesma le entregó la lista, Baillo casi se desmaya. Eran sólo 100 nombres; la mayoría de ellos, de subalternos. "No fue lo que pedí", advirtió. "Me parece lo más justo", respondió Ledesma. Es que detrás de él, un grupo de comisarios de alto grado pretendía perpetuarse en el cargo. Y la presión por quedarse era muy fuerte. Ledesma y el subjefe, José Melián, querían protegerlos. Baillo no lo aceptó y, como en toda organización verticalista, les pidió que renunciaran. Fue el mismo Alperovich el que anunció los cambios, dandole así un fuerte respaldo a su ministro. Los nuevos jefes, Sánchez y Barrera, tienen un perfil totalmente distinto del de sus antecesores. Pero deberán enfrentar con mano firme una silenciosa amenaza de parte de algunos de los que se van. Y tendrán a su mando una tropa con ganas y ahora con muchos medios, pero inexperta. Baillo, al ordenar los retiros, pensó que siempre es peligroso que en un ministerio que debe monitorear por la seguridad, la resistencia esté en sus propias filas.






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