04 Noviembre 2005 Seguir en 
Entre hoy mañana 34 jefes de Estado y de gobierno deliberarán en la IV Cumbre de las Américas, cuyo anfitrión es el presidente argentino. El contexto político del acontecimiento tiene dos aspectos fundamentales: el debate del documento cuya laboriosa redacción testimonia las profundas diferencias que afectan las relaciones continentales, y el complejo y espectacular marco de seguridad para impedir que la Cumbre de los Pueblos, recurrente contestataria del evento, derive en situaciones de violencia. La circunstancia no es un hecho nuevo, pues las cumbres precedentes tuvieron escenarios semejantes; aunque no con tan elevada temperatura política, agravada ahora por la reducida atención que el gobierno del presidente George W. Bush ha prestado a la comunidad latinoamericana a partir del ataque terrorista a las Torres Gemelas y el conflicto de Medio Oriente. Esta realidad que perturba las relaciones interamericanas ha sido explicada ingeniosamente por algún funcionario del Gobierno nacional como la causa de que el rechazo al primer mandatario de Estados Unidos sea "transversalista", en la medida que se produce en casi todas las corrientes de pensamiento político. Tampoco cabe esperar que la Cumbre de los Pueblos sea poco más que una manifestación retórica, dada la diversidad de sectores ideológicos, cuyo nexo de unión ocasional es precisamente la política exterior de Washington.
Se comprende, por ello, que la gestión del Gobierno anfitrión sea más compleja de lo esperado. Especialmente, por los presentes intereses internacionales del país, en los que las relaciones con los Estados Unidos juegan un rol trascendente que convierte al presidente Bush en el aliado fundamental para la preservación de estos. Desde que asumió el presidente Kirchner hasta las recientes elecciones legislativas, el Gobierno nacional consideró necesario manejarse con un doble discurso; uno interno, para captar apoyos en sectores nacionales de opinión muy diversos, y otro externo, que procuró consolidar las relaciones con Estados Unidos para sortear los graves problemas de la deuda pública y escapar de los efectos del default. En este caso, las relaciones con el FMI han sido de un nivel crítico y no se oculta que el apoyo del país más influyente en el organismo, EE.UU., haya sido y siga siendo esencial. No es menos cierto que el interés de Washington en la Argentina pasa por las complejas relaciones con el actual gobierno de Brasil y el procrastrismo venezolano.
La Cumbre de las Américas ha sido causa de que ese doble discurso argentino se produzca simultáneamente en el mismo escenario, lo cual no beneficia los intereses nacionales en juego en la política exterior. La pluralidad de aliados que el presidente Kirchner ha demostrado tener hasta las elecciones, no evidencia la unidad expresada en las urnas, como se advierte en la presencia de funcionarios, legisladores y allegados políticos en la Cumbre de los Pueblos. Esa dualidad tan testimonial -seguramente no compartida por la Casa Rosada- debe requerir definiciones de largo plazo, no sólo en política exterior, sino acerca de los proyectos fundamentales que se propone el Gobierno nacional y que hasta el momento siguen sin otra precisión que el ambiguo "nuevo país". Definiciones que implican gestionar desde el Estado y no sólo desde la parcialidad del Gobierno, cuya falta de diálogo obstruye esas políticas y debilita la fortaleza institucional. La contradicción manifestada en los acontecimientos de Mar del Plata no debe tener, pues, como respuesta el silencio y la omisión presidencial, sino una clara manifestación de sentido común que contribuya a recuperar la confianza y la seguridad en el país.
Se comprende, por ello, que la gestión del Gobierno anfitrión sea más compleja de lo esperado. Especialmente, por los presentes intereses internacionales del país, en los que las relaciones con los Estados Unidos juegan un rol trascendente que convierte al presidente Bush en el aliado fundamental para la preservación de estos. Desde que asumió el presidente Kirchner hasta las recientes elecciones legislativas, el Gobierno nacional consideró necesario manejarse con un doble discurso; uno interno, para captar apoyos en sectores nacionales de opinión muy diversos, y otro externo, que procuró consolidar las relaciones con Estados Unidos para sortear los graves problemas de la deuda pública y escapar de los efectos del default. En este caso, las relaciones con el FMI han sido de un nivel crítico y no se oculta que el apoyo del país más influyente en el organismo, EE.UU., haya sido y siga siendo esencial. No es menos cierto que el interés de Washington en la Argentina pasa por las complejas relaciones con el actual gobierno de Brasil y el procrastrismo venezolano.
La Cumbre de las Américas ha sido causa de que ese doble discurso argentino se produzca simultáneamente en el mismo escenario, lo cual no beneficia los intereses nacionales en juego en la política exterior. La pluralidad de aliados que el presidente Kirchner ha demostrado tener hasta las elecciones, no evidencia la unidad expresada en las urnas, como se advierte en la presencia de funcionarios, legisladores y allegados políticos en la Cumbre de los Pueblos. Esa dualidad tan testimonial -seguramente no compartida por la Casa Rosada- debe requerir definiciones de largo plazo, no sólo en política exterior, sino acerca de los proyectos fundamentales que se propone el Gobierno nacional y que hasta el momento siguen sin otra precisión que el ambiguo "nuevo país". Definiciones que implican gestionar desde el Estado y no sólo desde la parcialidad del Gobierno, cuya falta de diálogo obstruye esas políticas y debilita la fortaleza institucional. La contradicción manifestada en los acontecimientos de Mar del Plata no debe tener, pues, como respuesta el silencio y la omisión presidencial, sino una clara manifestación de sentido común que contribuya a recuperar la confianza y la seguridad en el país.







