731 días de poder

Por Marcelo Aguaysol. Alperovich va por un mandato bisiesto.

29 Octubre 2005

Hace ocho años, Antonio Bussi corporizó una frase que describe la realidad de una Fuerza Republicana hoy debilitada por las peleas intestinas y familiares. "El poder no se comparte, ni con el hijo", dijo el ex gobernador, dejando en claro que no estaba dispuesto a darles crédito, ni a sus ministros, ni a la dirigencia partidaria.
Salvando las distancias ideológicas y el paso del tiempo, en Tucumán aquella frase cobra sentido al observar la conducta de José Alperovich. Empinado con el triunfo electoral del domingo, el gobernador aplicó esa receta y consolidó un proyecto político personal que fue avalado por el resultado en las urnas. Hoy no existe dirigente territorial que ponga en dudas el liderazgo de Alperovich, no sólo como administrador de la cosa pública, sino también dentro del partido que lo catapultó a la fama: el Justicialista.
La política del "divide y reinarás" fue la adoptada por un Alperovich que, en su paso por la Legislatura (durante la era radical) y posteriormente como el ministro "estrella" del gabinete de Julio Miranda, trató de disimular sus apetencias de poder. Pasaron 731 días desde que asumió como gobernador. Durante los dos años de mandato (uno de ellos bisiesto), Alperovich marcó el terreno. Según confesó, durante los primeros seis meses de gestión ingresó en una fuerte lucha para no debilitar su poder. De hecho, les dio cierta autonomía a los intendentes y a los comisionados rurales, con el fin de quitarles fuerzas a los dirigentes territoriales, devenidos en legisladores. Así, muchos de los jefes municipales, atraídos por la generosidad en la distribución de las obras públicas y por la continuidad de los pactos de ayuda financiera, optaron por cruzarse de vereda, constituyéndose en el primer frente de la transversalidad alperovichista. Ejemplos sobran. Desde Osvaldo Morelli (Concepción), pasando por Roberto Martínez Zavalía (Yerba Buena) hasta el último caso, Agustín "Tim" Fernández (Aguilares).
Ese proceso de aglutinamiento de referentes políticos no peronistas sigue. Allí se inscriben Jorge Lobo Aragón (VOS) y Carlos María Gallardo (MID), socios en el Frente para la Victoria. Puede avanzar con dos ex intendentes: los ex republicanos Rafael Bulacio y Raúl Topa. Y, así, una innumerable nómina de políticos.
Todo esto tiene un norte, como le gusta decir al gobernador. Avanzar con fuerza hacia una reforma constitucional que desembocaría en una reelección. Sin dudas, Alperovich va por un mandato bisiesto que, como en el calendario, se repite cada cuatro años. Las pautas de aquel proyecto de largo aliento ya están tiradas en la mesa. Un escenario financiero pensado a cuatro y no a dos años, como solía suceder con las anteriores gestiones, poniendo toda la carne al asador hasta 2007.
Pero en esta alocada carrera de poder, además, cabe analizar la proyección nacional que le dieron a Alperovich los últimos resultados electorales, sólo superado por su par santiagueño y correligionario Gerardo Zamora. El mandatario se cuidó por no asomar la cabeza en el escenario político, enarbolando la bandera del gran triunfador. Sabe que, a la corta o a la larga, una capitalización del resultado puede cerrarle el grifo kirchnerista y, naturalmente, su futuro político. Por lo visto, Alperovich seguirá ocupando el primer plano en el reino llamado Tucumán. Como aquel pensamiento bussista, al poder local no lo compartirá con nadie, por más que diga que Fernando Juri es el presidente natural del PJ. Para prueba basta un botón, dice el refrán.
Al contrario de lo que sucedió en la anterior gestión, ningún ministro del gabinete aparece con aspiraciones políticas de fuste para convertirse en el sucesor, dentro de cuatro o seis años. Ninguno intenta hacerle sombra. Tal vez esa es la clave de que Alperovich, como no hicieron otros gobernadores, conserve el mismo gabinete que asumió el 29 de octubre de 2003.

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