La elección del domingo ha demostrado lo que la sociología no se había animado a postular: los mejores encuestadores son los taxistas. En las semanas previas a los comicios, el pulsómetro de los "tacheros" ya señalaba con insistencia que el oficialismo "ganaba cómodo", y fundamentaba esa lectura en "la cantidad de obra pública realizada". Una valoración "municipal" para una contienda en la que en realidad se jugaban cargos legislativos, aunque nadie -ni los propios candidatos- parecían haberse percatado de ello. Ese dato, más el triunfo del Frente para la Victoria en el distrito capital, tradicionalmente reacio a apoyar al peronismo, sugieren que el voto ha dejado de ser ideológico, y que los electores están privilegiando, en cambio, el concepto de la política como servicio (el triunfo de Mauricio Macri en Buenos Aires puede ser leído también a través de ese cristal). Sólo en ese contexto es posible comprender por qué el alperovichismo logró un triunfo que atravesó transversalmente a la ciudadanía tucumana. La performance del oficialismo entre la clase media (y media alta) obliga a reflexionar acerca de las características del llamado "voto racional", de aquel que no es esclavo de los aparatos ni de la llamada "política bolsonera". La lógica dice que los 370.000 votos logrados por el oficialismo vinieron, en parte, de algunos partidos tradicionales. Algunos de ellos parecen rezar el réquiem, como Fuerza Republicana, que -da la sensación- va camino a la disolución tras la lucha fratricida de los Bussi; por de pronto "perdió" 100.000 voluntades con respecto a la elección de 2003. Los resultados del domingo indican que el bussismo tiene 40.000 voluntades leales al general retirado y preso. Ese es el cerco ideológico que le queda al partido que alguna vez obtuvo 250.000 votos. El peronismo ortodoxo -otro voto ideológico-fue cooptado por Renzo Cirgnigliaro. Pero la fuerza que hoy se constituyó en "la oposición" en términos electorales, Pueblo Unido, es una confluencia de diversos grupos de perfil más confrontativo que ideológico.
Desde 1983 a esta parte, la conducta del electorado argentino ha ido virando hacia el pragmatismo. Y ese proceso, fogoneado en parte por la crisis de los partidos políticos tradicionales, ha llevado a los candidatos a tratar de detectar con rigor científico qué quiere "el votante" en tanto individuo, y ya no como miembro de un grupo o colectivo político. La elección del domingo, que ha fortalecido a la pareja política que conforman Beatriz Rojkés y José Alperovich, es un indicio de esa nueva realidad: no sólo no hubo festejos públicos ni saludos en la sede del PJ, sino que, dicho por la propia diputada electa, una clave de su éxito puede ser "la relación cercana con la gente".
A casi dos años de gobierno (se cumplen el sábado), José Alperovich está frente al gran desafío de su gestión: definir cómo hará para mantener los 370.000 votos que, como se dijo, ya no tienen dueño. Y ese es un aspecto que el Alperovich "hacedor y empresario" (una fórmula que ha demostrado ser eficaz en todos los segmentos sociales y económicos) no puede desatender: que el "ciudadano/cliente/consumidor" (permítase esta herejía, tan propia del republicanismo norteamericano) no sólo no se siente esclavo, sino que se sabe soberano. Y que entiende que en ese espacio de libertad tiene derecho a reclamar y a controlar, con un sentido nuevo de civismo que crispa los nervios de los defensores de la política tradicional. El desafío no es menor, porque la tentación hegemónica está a la vuelta de la esquina, ante una victoria tan apabullante y una oposición tan desdibujada en sus objetivos. Sin embargo, en la Historia están las mejores enseñanzas. Y si mira al vecindario, el gobernador José Alperovich verá en los despojos del bussismo o en la decadencia de Carlos Menem algunas señales de que el personalismo político nunca tiene larga vida.
26 Octubre 2005 Seguir en 







