24 Octubre 2005 Seguir en 
Han concluido las elecciones de renovación de los diputados al Congreso de la Nación. Transcurrido el episodio electoral, se convierten rápidamente en historia las cuestiones políticas y partidarias previas, para quedar en pie aquello que, finalmente, es lo único que importa. Es decir, que nuevos representantes se incorporan a las bancas del Poder Legislativo nacional.
Para nadie constituye un secreto la urgencia de que esa trascendente rama recupere, en plenitud, el protagonismo que debe tener en el gobierno del Estado. Basta echar una rápida mirada a la Sección Primera, de la Segunda Parte de la Constitución nacional, para calibrar la vastedad de las atribuciones que corresponden al Congreso. Piénsese en lo que significa, por ejemplo, "proveer lo conducente a la prosperidad del país, al adelanto y bienestar de todas las provincias"; o "proveer lo conducente al desarrollo humano, al progreso económico con justicia social, a la productividad de la economía nacional, a la generación de empleo, a la formación profesional de los trabajadores, a la defensa del valor de la moneda, a la investigación y al desarrollo científico y tecnológico"; o "proveer al crecimiento armónico de la Nación" y "promover políticas diferenciadas que tiendan a equilibrar el desarrollo relativo de provincias y regiones".
Es decir que en manos del Poder Legislativo está una impresionante suma de facultades, y que es su grave responsabilidad ejercitarlas en plenitud. Hace pocos días, en esta columna, señalamos la necesidad de que el pueblo de la provincia perciba, en su representante del Congreso, a alguien atento y vigilante respecto de los problemas que le competen. Alguien que defienda los intereses de sus representados con la contracción y la pasión debidas, y con el conocimiento que presupone un detenido estudio previo. Y que ponga, a consideración de la Cámara, proyectos adecuadamente fundados, con arraigo en la realidad, y que gestione con energía su tratamiento y su sanción.
La comunidad espera, de los diputados nacionales que ha elegido, una acción cierta de defensa de Tucumán y de la región. Antes de los comicios, cada candidato expuso, en su plataforma, una serie de propósitos, para el logro de los cuales requería el voto popular. Es decir que por ese hecho contrajo, ante el público, el compromiso cierto de llevarlos a cabo, para el caso de resultar elegido. Y bien, ha llegado, para los electos, el momento de honrar aquello que prometieron. De cumplirlo con exactitud, con honestidad, con dedicación, y sin otro norte que los intereses bien entendidos de sus representados. En otras palabras, la hora de demostrar que consideran su acceso a la banca no como la obtención de un privilegio personal, sino como el arribo a un puesto donde deben servir a la ciudadanía con esfuerzo, sacrificio y dedicación constantes.
Obviamente, no puede ignorarse que cada legislador pertenece a una agrupación política determinada. Pero ello no quiere decir que deba someterse, en todos los casos, al dictado de los unicatos partidarios. Porque esto no significaría sino una tergiversación del sistema democrático, y vendría a convertir las elecciones en una instancia inútil. Más allá de la disciplina partidaria, el legislador ha de tener, como elemento dominante, un criterio propio, donde sea capaz de expresar lo que cabalmente le dicte su conciencia, como beneficioso para el pueblo que lo votó y al cual representa. Sólo de esa manera habrá de fortalecerse verdaderamente la democracia, y el Poder Legislativo podrá cumplir el rol que le corresponde, en un país que presenta tantas cuestiones pendientes, necesitadas de urgentes decisiones y de urgentes soluciones.
Para nadie constituye un secreto la urgencia de que esa trascendente rama recupere, en plenitud, el protagonismo que debe tener en el gobierno del Estado. Basta echar una rápida mirada a la Sección Primera, de la Segunda Parte de la Constitución nacional, para calibrar la vastedad de las atribuciones que corresponden al Congreso. Piénsese en lo que significa, por ejemplo, "proveer lo conducente a la prosperidad del país, al adelanto y bienestar de todas las provincias"; o "proveer lo conducente al desarrollo humano, al progreso económico con justicia social, a la productividad de la economía nacional, a la generación de empleo, a la formación profesional de los trabajadores, a la defensa del valor de la moneda, a la investigación y al desarrollo científico y tecnológico"; o "proveer al crecimiento armónico de la Nación" y "promover políticas diferenciadas que tiendan a equilibrar el desarrollo relativo de provincias y regiones".
Es decir que en manos del Poder Legislativo está una impresionante suma de facultades, y que es su grave responsabilidad ejercitarlas en plenitud. Hace pocos días, en esta columna, señalamos la necesidad de que el pueblo de la provincia perciba, en su representante del Congreso, a alguien atento y vigilante respecto de los problemas que le competen. Alguien que defienda los intereses de sus representados con la contracción y la pasión debidas, y con el conocimiento que presupone un detenido estudio previo. Y que ponga, a consideración de la Cámara, proyectos adecuadamente fundados, con arraigo en la realidad, y que gestione con energía su tratamiento y su sanción.
La comunidad espera, de los diputados nacionales que ha elegido, una acción cierta de defensa de Tucumán y de la región. Antes de los comicios, cada candidato expuso, en su plataforma, una serie de propósitos, para el logro de los cuales requería el voto popular. Es decir que por ese hecho contrajo, ante el público, el compromiso cierto de llevarlos a cabo, para el caso de resultar elegido. Y bien, ha llegado, para los electos, el momento de honrar aquello que prometieron. De cumplirlo con exactitud, con honestidad, con dedicación, y sin otro norte que los intereses bien entendidos de sus representados. En otras palabras, la hora de demostrar que consideran su acceso a la banca no como la obtención de un privilegio personal, sino como el arribo a un puesto donde deben servir a la ciudadanía con esfuerzo, sacrificio y dedicación constantes.
Obviamente, no puede ignorarse que cada legislador pertenece a una agrupación política determinada. Pero ello no quiere decir que deba someterse, en todos los casos, al dictado de los unicatos partidarios. Porque esto no significaría sino una tergiversación del sistema democrático, y vendría a convertir las elecciones en una instancia inútil. Más allá de la disciplina partidaria, el legislador ha de tener, como elemento dominante, un criterio propio, donde sea capaz de expresar lo que cabalmente le dicte su conciencia, como beneficioso para el pueblo que lo votó y al cual representa. Sólo de esa manera habrá de fortalecerse verdaderamente la democracia, y el Poder Legislativo podrá cumplir el rol que le corresponde, en un país que presenta tantas cuestiones pendientes, necesitadas de urgentes decisiones y de urgentes soluciones.







