Las mil y nueve noches

Por Roberto Espinosa. De la extravagante historia de un pueblo sin memoria.

20 Octubre 2005

Se recostó en los almohadones, mientras disfrutaba del narguile. La bocanada dibujó en el aire la figura de un hombre simpático. "Oh, boderoso rey Shahriyar! Quiero hacerte brobuesta. Si me ayudas con tu sabiduría a acallar con bolsones a mis detractores y a concentrar todo el boder de mi reino en mi puño, te daré una bíldora y te volverás alto, rubio e?de ojos azules...", le dijo. "¡Qué tonterías dices, zopenco! Uno vale por lo que es; no por lo que parece o tiene. ¿Quién eres?", replicó Shahriyar. "Soy Bedro Urdemales". El rey se despertó alterado. Pidió que llamaran a Scheherezade. Sus 1.009 noches estaban a punto de comenzar. Ella entró cantando: "Tú, que llenas todo de alegría y juventud, que ves fantasmas en la noche de trasluz, y oyes el canto perfumado del azul, vete de mí..." El corazón de Shahriyar se arrugó y se aferró a la mano de la bella voz.
"Como bien sabes, mi rey, el poder y el dinero suelen envilecer al hombre. En ese Jardín de la República, las cosas no andaban muy bien... Hace muchas décadas, se produjo una catástrofe. Un viento zonda huracanado azotó la comarca durante una semana y devastó varios poblados. Los pobladores dijeron que era un castigo de Alá y de algún modo, era cierto, porque el viento les había robado la memoria. Te imaginas, amado Shahriyar, que los Pedro Urdemales estaban felices porque aunque todos conocían sus rostros y sus trapacerías, la gente se olvidaba de ellos rápidamente. Cuando había elecciones, el monarca de turno los enviaba a que extorsionaran a los indigentes y desocupados para que lo votaran. Solían darles chapas y colchones, hasta que descubrieron que los bolsones con algunas mercaderías, les salían más baratos. Por orden de su rey, los Urdemales habían plantado el árbol de los bolsones en toda la periferia de la capital. Cuando faltaban unos días para los comicios, anotaban en un papiro sus nombres y números de documento; el día de la elección, los llevaban a votar y luego los agasajaban con un bolsón. Después los abandonaban a su suerte. La poca vergüenza era tanta que algunos Pedros más audaces habían propuesto reemplazar los semáforos por árboles de bolsones. Los votos cadena eran otra táctica muy empleada..."
"No te detengas a mirar las ramas viejas del rosal que se marchitan sin dar flor, mira el paisaje del amor que es la razón para soñar y amar..."
"¡Pero cómo!, ¿la Justicia no castigaba a quienes se aprovechaban de esos hermanos desvalidos?", se indignó Shahriyar.
"Estaba penada la compra de la voluntad electoral, pero los maridos de la señora vendada y con balanza miraban para otro lado y cuando los ponían contra las cuerdas, prometían investigar; pero era tanta la burocracia que todo quedaba en la nada. Las denuncias eran las mismas en cada elección. A menudo, los monarcas eran tan inseguros que mandaban a sus fieles a publicitar por todos los medios los méritos de su gestión. "Ningún gobierno hizo tantas obras como nosotros, por supuesto que aún falta mucho por hacer", era la muletilla. El mensaje subliminal era: "vótennos, por favor". Faltando una semana para los comicios, un rey dijo algo fantástico: que suspendería la entrega de módulos alimentarios "para que no se piense que se intenta obtener favores electorales". Sin embargo, los Pedro Urdemales siguieron con la vil misión. Cuatro días después, como si nada se hubiera dicho antes, se repitió que desde ese día se suspendía la cesión de la limosna alimentaria que a los indigentes no les quedaba más remedio que aceptar porque no tenían trabajo digno, tampoco educación. La historia se repetía hasta el cansancio...
"¡Un pueblo desmemoriado y sin educación nunca podrá erradicar a los Urdemales!", exclamó exasperado Shahriyar."Yo, que ya he luchado contra toda la maldad, tengo el alma tan deshecha por creer, que no te puedo desterrar. Bedro, vete de mí".

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