Mangueo (sic)

Por Federico Abel. Las dádivas marcan el ritmo de la vida política.

19 Octubre 2005

Vestido de sport y con el insustituible celular, un funcionario confesaba ayer, a mitad de camino entre el fastidio y la indiferencia, que hasta el domingo convenía abandonar la Casa de Gobierno. "Aparecen dirigentes por todas partes y manguean (sic) cualquier cosa. A cambio venden los votos de uno, dos o tres circuitos", explicaba. Tan curioso como interesante es que no usó el verbo pedir, quizás porque sabía que está ligado al más cívico peticionar (a las autoridades), que tiene raigambre constitucional y que se refiere a reclamar algo con derecho. Por eso, recurrió a una voz menos elegante, que raya con lo indigno. Efectivamente, en el Diccionario del habla de los argentinos, palabras tan familiares como mangar, manguear, mangazo o manguero tienen una carga semántica negativa, porque conllevan una actitud pedigüeña: mendigar algo (por lo general dinero) con habilidad e insistencia. Y esto es así, porque el ciudadano fue desplazado del plano del derecho (que siempre supone bregar por un interés jurídico digno de protección por parte del Estado) y ha quedado sometido a los caprichos de la dádiva, que se asienta sobre la voluntad de quien ocasionalmente maneja la caja y la distribuye (si lo hace) a discreción. Por ello, a diario, como quien cambia la lista de las farmacias de turno, el gobernador José Alperovich informa que se reanuda (o que se suspende) el reparto de los módulos alimentarios. En las redacciones de los diarios habría que poner un 0800 para denunciar a bolsoneros, porque se multiplican los llamados anónimos (las voces suenan a opositoras) de quienes anticipan hasta la hora y la calle -por lo general son pasajes- en que descargarán comida.
Jorge Luis Borges, el mordaz de siempre, calificaba a la democracia como exageración de la estadística. !Oh casualidad!: los humildes pareciera que intuyen que los buscan, principalmente, con fines numéricos. Por eso, en caminatas y caravanas (sea quien fuere el candidato) contraatacan a quienes les manguean el voto (no hay una expresión más precisa) reclamándoles chapas, subsidios y hasta pelotas de fútbol para el equipo del barrio. La Ley de Lemas -ya lo decía el desaparecido jurista Arturo Ponsati- institucionalizaba este estado de cosas: unos arrastraban votos para otros, que luego devolvían los favores. Más que promover la fragmentación, homologaba la dispersión que sucedía en la inapelable realidad. Y quienes, por suerte, no necesitan del bolsón asisten a este griterío con una mezcla de fatiga, incomprensión y resignación. A la mayoría de los candidatos no se les cae una idea por casualidad. Quizás porque persuadir no sea tan importante como arrastrar. El oficialismo lleva las de vencer, porque le sobra aparato, como dicen en la jerga.
En el alperovichismo están tan convencidos de que arrasarán que ya contrataron los servicios de la sandwichería "Chacho" para seguir el escrutinio desde la casa del gobernador (está cerca de El Cristo). Confían en que hasta la devaluación los favoreció, porque no es el mejor momento económico para andar de campaña. La oposición lo sabe.
Los republicanos tuvieron que agrandar el nombre del partido en la boleta, porque no llevarán como candidato a ningún Bussi (sino al ignoto Miguel Brito). Tienen un doble desafío: los tranquilizaría que el justicialismo saque tres diputados y que ellos conserven la banca que arriesgarán, para consolidarse como la única -aunque chamuscada- oposición. De paso, acallarían al Bussi emergente (José Luis) que, seguramente, explotará el traspié como síntoma de que algo debe cambiar en FR.
Gumersindo Parajón, con Julio Miranda agazapado detrás de sus espaldas, espera recolectar el voto bronca (fundamentalmente peronista) contra el Gobierno. Llama la atención que, en Recrear, Esteban Jerez no aparezca con Pablo Walter ni en los afiches. Podrían seguir las conjeturas, pero no cambia la sensación de la democracia -perdón- concebida como mangueo, desde arriba o desde abajo.

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