28 Agosto 2005 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz vino a la Argentina, no sólo para participar de un acto en el marco de la campaña electoral de Cristina Kirchner, sino para dictaminar el fin del Consenso de Washington. Este dio pie a las políticas aplicadas en los 90, basada en la voz de los mercados y la huída de las responsabilidades históricas del Estado. Casi todas las economías que aplicaron esas recetas sucumbieron a la luz de décifit, corrupción y endeudamientos, que dejaron a los gobiernos con orfandad de apoyo social.La única que emergió airosa fue la economía de Chile. Pero, para explicar el éxito chileno no hay que remontarse a los 90, sino a los 70, porque en esa década se impuso a "sangre y fuego" el esquema económico que ya lleva unos 30 años de vigencia.
En la Argentina, la dictadura puso al frente de Economía a José Alfredo Martínez de Hoz, pero las intenciones económicas naufragaron en las contradicciones de los militares de la época. En los 90, y merced al "Consenso de Washington", se intentó finalizar aquí con la tarea inconclusa, pero la experiencia derivó en el peor de los escenarios: recesión, default, desocupación y pobreza. Chile continuó su avance sin pausas, y, por ende, los economistas que lo ponen de ejemplo no mienten, aunque obvian que el espejo siempre tiene dos caras.
Es cierto que el país vecino crece a tasas sostenidas del 3%; mantiene equilibrada sus cuentas y desde que llegó la democracia se pudo llevar la desocupación a niveles de un dígito.
Hoy, el desempleo se ubica allí en el 8,7%, según mediciones oficiales. Las reservas internacionales son abultadas para ese país, de U$S 16.744 millones, según el Banco Central trasandino, inferiores a los U$S 25.000 millones argentinos, cifras que reflejan la diferencia de escala económica entre ambos naciones. Sin embargo, los defensores del modelo chileno olvidan señalar que nunca fueron privatizadas allí las estratégicas reservas de cobre, base de la economía en aquellas tierras.
El pueblo chileno tiene una larga tradición de cumplimientos de sus obligaciones impositivas. Basta con recorrer las calles de Santiago en épocas de vencimientos para darse cuenta de ello. Pero, ¿qué no pudieron solucionar con tres décadas del modelo? Las agudas desigualdades sociales, más allá de los derrames que permite el crecimiento. Estas se acentúan por los caros sistemas educativos y de salud, que deterioran significamente el poder adquisitivo de los trabajadores. Si se tiene en cuenta que el salario promedio de la economía es similar al argentino, un empleado debe trabajar casi todo el día para enviar sus hijos a las universidades. El grueso de las jubilaciones privadas está concentrado en sólo tres administradoras y los jubilados, en general, cobran menos de lo prometido y tienen altos gastos de administración. Las AFP chilenas eran las vedettes del sistema cuando todos aportaban y casi nadie percibía beneficios, pero ahora están en crisis, según dijo el ex ministro de Economía de ese país, Carlos Ominami.
Sin embargo, Ominami advierte que en muchos países se hizo un uso abusivo del llamado "modelo chileno" y, sobre todo, que no se puede traspolar a otras geografías. (NA)
En la Argentina, la dictadura puso al frente de Economía a José Alfredo Martínez de Hoz, pero las intenciones económicas naufragaron en las contradicciones de los militares de la época. En los 90, y merced al "Consenso de Washington", se intentó finalizar aquí con la tarea inconclusa, pero la experiencia derivó en el peor de los escenarios: recesión, default, desocupación y pobreza. Chile continuó su avance sin pausas, y, por ende, los economistas que lo ponen de ejemplo no mienten, aunque obvian que el espejo siempre tiene dos caras.
Es cierto que el país vecino crece a tasas sostenidas del 3%; mantiene equilibrada sus cuentas y desde que llegó la democracia se pudo llevar la desocupación a niveles de un dígito.
Hoy, el desempleo se ubica allí en el 8,7%, según mediciones oficiales. Las reservas internacionales son abultadas para ese país, de U$S 16.744 millones, según el Banco Central trasandino, inferiores a los U$S 25.000 millones argentinos, cifras que reflejan la diferencia de escala económica entre ambos naciones. Sin embargo, los defensores del modelo chileno olvidan señalar que nunca fueron privatizadas allí las estratégicas reservas de cobre, base de la economía en aquellas tierras.
El pueblo chileno tiene una larga tradición de cumplimientos de sus obligaciones impositivas. Basta con recorrer las calles de Santiago en épocas de vencimientos para darse cuenta de ello. Pero, ¿qué no pudieron solucionar con tres décadas del modelo? Las agudas desigualdades sociales, más allá de los derrames que permite el crecimiento. Estas se acentúan por los caros sistemas educativos y de salud, que deterioran significamente el poder adquisitivo de los trabajadores. Si se tiene en cuenta que el salario promedio de la economía es similar al argentino, un empleado debe trabajar casi todo el día para enviar sus hijos a las universidades. El grueso de las jubilaciones privadas está concentrado en sólo tres administradoras y los jubilados, en general, cobran menos de lo prometido y tienen altos gastos de administración. Las AFP chilenas eran las vedettes del sistema cuando todos aportaban y casi nadie percibía beneficios, pero ahora están en crisis, según dijo el ex ministro de Economía de ese país, Carlos Ominami.
Sin embargo, Ominami advierte que en muchos países se hizo un uso abusivo del llamado "modelo chileno" y, sobre todo, que no se puede traspolar a otras geografías. (NA)





