21 Julio 2002 Seguir en 
La sociedad argentina parece experimentar un fuerte deseo de renovación profunda de la política local. Esto demanda una recambio generalizado de dirigentes y la construcción dialógica de nuevos consensos mínimos sobre los cuales resulte posible esperar, con algún grado de realismo, el nacimiento de una verdadera refundación institucional del país.
A la par del sensible impulso renovador, se asiste a un aparente resurgimiento de figuras políticas a las que, como en el caso del ex presidente Carlos Menem, les cabe una evidente y decisiva responsabilidad en el desarrollo de la crisis argentina actual.
Esta dualidad de pretensiones configura una de las contradicciones más flagrantes que la sociedad deberá resolver si pretende avanzar en la solución de los más graves problemas socioeconómicos, relacionados con la pérdida creciente de confianza en el futuro individual y colectivo.
Esta cuestión clave para el conjunto de la sociedad atañe en particular a buena parte de la muy quejosa clase media del país, que debería preguntarse con toda honestidad si lo que pretende es verdaderamente un cambio significativo en la conducta ética de los dirigentes o lo que añora es simplemente una recuperación a cualquier precio de sus ahorros acorralados.
Una ciencia moral
En realidad, resulta posible resolver todos los grandes problemas socioeconómicos argentinos, incluido el de los ahorros de la gente, sin necesidad de dar la espalda a los problemas centrales que atañen a los principios básicos de la moral pública. La condición es privilegiar de manera decidida la restauración en la vida colectiva de esos principios éticos elementales que atañen a la fe pública, a la cooperación, a la confianza, etcétera.
La economía siempre fue una ciencia moral, y el funcionamiento eficiente del mecanismo de mercado en las economías modernas está asentado en el respeto activo a un conjunto de normas básicas que definen, en conjunto, la honestidad en los negocios privados y el amor por la cosa pública. Esto es lo que hoy está en juego en la economía nacional. Esta es l razón por la que, por lo menos en estos momentos críticos, uno no puede darse el lujo de recluirse en los propios bienes privados.
Una atención exclusiva en el interés individual inmediato puede resultar racional en el corto plazo pero, a la larga, ninguna economía puede subsistir sobre esta única base.
A la par del sensible impulso renovador, se asiste a un aparente resurgimiento de figuras políticas a las que, como en el caso del ex presidente Carlos Menem, les cabe una evidente y decisiva responsabilidad en el desarrollo de la crisis argentina actual.
Esta dualidad de pretensiones configura una de las contradicciones más flagrantes que la sociedad deberá resolver si pretende avanzar en la solución de los más graves problemas socioeconómicos, relacionados con la pérdida creciente de confianza en el futuro individual y colectivo.
Esta cuestión clave para el conjunto de la sociedad atañe en particular a buena parte de la muy quejosa clase media del país, que debería preguntarse con toda honestidad si lo que pretende es verdaderamente un cambio significativo en la conducta ética de los dirigentes o lo que añora es simplemente una recuperación a cualquier precio de sus ahorros acorralados.
Una ciencia moral
En realidad, resulta posible resolver todos los grandes problemas socioeconómicos argentinos, incluido el de los ahorros de la gente, sin necesidad de dar la espalda a los problemas centrales que atañen a los principios básicos de la moral pública. La condición es privilegiar de manera decidida la restauración en la vida colectiva de esos principios éticos elementales que atañen a la fe pública, a la cooperación, a la confianza, etcétera.
La economía siempre fue una ciencia moral, y el funcionamiento eficiente del mecanismo de mercado en las economías modernas está asentado en el respeto activo a un conjunto de normas básicas que definen, en conjunto, la honestidad en los negocios privados y el amor por la cosa pública. Esto es lo que hoy está en juego en la economía nacional. Esta es l razón por la que, por lo menos en estos momentos críticos, uno no puede darse el lujo de recluirse en los propios bienes privados.
Una atención exclusiva en el interés individual inmediato puede resultar racional en el corto plazo pero, a la larga, ninguna economía puede subsistir sobre esta única base.







