21 Julio 2002 Seguir en 
Las dificultades de empleo afectan en Tucumán al 45% de la fuerza laboral. Cerca de la mitad de los 520.000 tucumanos "económicamente activos" están en problemas. Son 234.000 personas que no consiguen trabajo, se desempeñan en negro, son subocupadas o cuentapropistas.
Tanto ellos como la mayoría de los jubilados, que perciben paupérrimos ingresos (en el sector pasivo hay 100.000 tucumanos), forman una triste legión que tiene enormes dificultades para subsistir. El sufrimiento social es una realidad que avergüenza.
Miles de individuos y sus familias se encuentran empantanados en la crisis y están marginados del consumo. Constituye otra complicación, mucho más seria que los Bocade, para el mercado interno provincial.
La pobreza es también un caldo de cultivo para la violencia y la delincuencia.
A ellos está sacudiendo, en primer lugar, la improlija devaluación de Eduardo Duhalde, de la que pocos dirigentes tomaron verdadera conciencia a tiempo, para tratar de mitigar las consecuencias.
Con la clase media cada vez más pobre, con tantos desempleados y con cientos de PyME empobrecidas y sin financiamiento, la confianza en el sector política y en el sistema llegó a niveles ínfimos. Nadie confía en nada: en los bancos, en el gobierno, en los políticos, en la economía. Esa implosión deriva en un resentimiento profundo, que enfrenta a todos contra todos.
Mientras tanto, la dirigencia está entusiasmada en internas que ubican por encima del bien común. Los políticos son como "lobos vestidos de corderos", sostuvo la Iglesia hace poco.
Se habla más de candidaturas que sobre la recuperación de la economía o de incentivos para revitalizar el mercado doméstico, para el que trabaja la mayor parte de las empresas de producción y servicios, y de los tucumanos que tienen un empleo.
La situación del comercio, las firmas de servicios y las corporaciones privatizadas, que tienen sus tarifas congeladas, es angustiante. En el mundo de los negocios son realistas e interpretan que la economía oscila al borde del abismo y el dinero sigue huyendo de los bancos al compás de la inestabilidad política.
Paraíso verde
Sólo quienes exportan (soja, azúcar, camiones, citrus, alimentos) se mueven en el paraíso del dólar y están en condiciones de lograr prefinanciaciones y obtener jugosas utilidades. Para el resto, aunque varios se esfuerzan por sustituir importaciones, el panorama es más duro.
A los efectos de la inflación, que no se podrán parar de un día para otro, suman los tremendos daños que tiene para la economía los saltos del dólar. "Por varios años el tipo de cambio será alto, no habrá crédito y se fugarán todos los fondos mientras dure la incertidumbre", aseguran en la City.
Las inversiones que vendrían a Tucumán son las que necesitan "enterrar poco capital". Los capitalistas huyen de la falta de seguridad jurídica tucumana, las amenazas impositivas y los riesgos de expropiación. Tendrán preferencia ciertos nichos específicos, como la soja, los emprendimientos que usan tecnologías intensivas o que puedan recuperar las inversiones con rapidez. En la lista negra están los gastos en infraestructura, el mejoramiento de los servicios públicos (pueden deteriorarse con rapidez por falta de inversiones: no habrá luz, gas ni teléfonos) y las firmas que usan componentes tecnológicos caros.
La clave está en las expectativas, en crear esperanzas sobre la posibilidad de un mundo mejor.
El fabuloso engaño que se produjo con los Bocade, con empresas atoradas de bonos, que fueron alentadas a depositar sus papeles pintados para cobrarlos a 35 días y siguen mirando al sudeste, no ayuda a pensar bien del gobierno.
Tanto ellos como la mayoría de los jubilados, que perciben paupérrimos ingresos (en el sector pasivo hay 100.000 tucumanos), forman una triste legión que tiene enormes dificultades para subsistir. El sufrimiento social es una realidad que avergüenza.
Miles de individuos y sus familias se encuentran empantanados en la crisis y están marginados del consumo. Constituye otra complicación, mucho más seria que los Bocade, para el mercado interno provincial.
La pobreza es también un caldo de cultivo para la violencia y la delincuencia.
A ellos está sacudiendo, en primer lugar, la improlija devaluación de Eduardo Duhalde, de la que pocos dirigentes tomaron verdadera conciencia a tiempo, para tratar de mitigar las consecuencias.
Con la clase media cada vez más pobre, con tantos desempleados y con cientos de PyME empobrecidas y sin financiamiento, la confianza en el sector política y en el sistema llegó a niveles ínfimos. Nadie confía en nada: en los bancos, en el gobierno, en los políticos, en la economía. Esa implosión deriva en un resentimiento profundo, que enfrenta a todos contra todos.
Mientras tanto, la dirigencia está entusiasmada en internas que ubican por encima del bien común. Los políticos son como "lobos vestidos de corderos", sostuvo la Iglesia hace poco.
Se habla más de candidaturas que sobre la recuperación de la economía o de incentivos para revitalizar el mercado doméstico, para el que trabaja la mayor parte de las empresas de producción y servicios, y de los tucumanos que tienen un empleo.
La situación del comercio, las firmas de servicios y las corporaciones privatizadas, que tienen sus tarifas congeladas, es angustiante. En el mundo de los negocios son realistas e interpretan que la economía oscila al borde del abismo y el dinero sigue huyendo de los bancos al compás de la inestabilidad política.
Paraíso verde
Sólo quienes exportan (soja, azúcar, camiones, citrus, alimentos) se mueven en el paraíso del dólar y están en condiciones de lograr prefinanciaciones y obtener jugosas utilidades. Para el resto, aunque varios se esfuerzan por sustituir importaciones, el panorama es más duro.
A los efectos de la inflación, que no se podrán parar de un día para otro, suman los tremendos daños que tiene para la economía los saltos del dólar. "Por varios años el tipo de cambio será alto, no habrá crédito y se fugarán todos los fondos mientras dure la incertidumbre", aseguran en la City.
Las inversiones que vendrían a Tucumán son las que necesitan "enterrar poco capital". Los capitalistas huyen de la falta de seguridad jurídica tucumana, las amenazas impositivas y los riesgos de expropiación. Tendrán preferencia ciertos nichos específicos, como la soja, los emprendimientos que usan tecnologías intensivas o que puedan recuperar las inversiones con rapidez. En la lista negra están los gastos en infraestructura, el mejoramiento de los servicios públicos (pueden deteriorarse con rapidez por falta de inversiones: no habrá luz, gas ni teléfonos) y las firmas que usan componentes tecnológicos caros.
La clave está en las expectativas, en crear esperanzas sobre la posibilidad de un mundo mejor.
El fabuloso engaño que se produjo con los Bocade, con empresas atoradas de bonos, que fueron alentadas a depositar sus papeles pintados para cobrarlos a 35 días y siguen mirando al sudeste, no ayuda a pensar bien del gobierno.







