Resumen para apurados
- Lionel Messi disputó anoche en el estadio Monumental de Buenos Aires su último partido con la Selección argentina para cerrar una trayectoria de más de dos décadas.
- A sus 39 años y tras competir en seis Mundiales, el capitán recorrió la cancha ovacionado por más de 80.000 hinchas, tras una historia de finales, títulos y devoción popular.
- El adiós del referente marca el final de la etapa más exitosa del seleccionado y consolida un legado deportivo y emocional inigualable para las futuras generaciones.
DESDE BUENOS AIRES.- La pelota se iba. Rodaba sin dueño hacia el banderín del córner, en un amistoso sin nada en juego, en una noche en la que nadie le exigía un esfuerzo de más. Lionel Messi la persiguió igual. Aceleró como si todavía tuviera 18 años, llegó justo y la frenó antes de que cruzara la línea. El Monumental se levantó como si hubiera sido un gol. Con 39 años, en su último partido con la Selección, el capitán se negó a regalar una pelota. Quizás esa jugada mínima, que no figurará en ningún resumen, explique mejor que cualquier estadística por qué más de 80.000 personas estaban ahí.
Él mismo lo dijo después, micrófono en mano: en más de 20 años con la celeste y blanca nunca dejó de dar el máximo. No hacía falta que lo jurara. Lo había demostrado en julio, en Estados Unidos, cuando, en su sexto Mundial, empujó a la Argentina hasta la final y dejó en cada partido lo poco o mucho que le quedaba. La final se escapó por la mínima ante España, en Nueva Jersey, y en el Monumental nadie se lo reprochó. Lo que el estadio le devolvió anoche fue eso: el cariño que se gana el que lo dejó todo. No el que ganó todo, que también, sino el que nunca se guardó nada.
Las tribunas lo sabían y se vistieron para decírselo. Máscaras con su cara, camisetas con el "10" en la espalda, banderas en cada sector. Una de ellas resumía la noche entera: "Lionel Messi, gracias eternas por tu fútbol". Eternas. La palabra no estaba elegida al azar. Lo que se despedía en Núñez no era solamente un futbolista, sino algo que no se termina cuando alguien deja de jugar. El país entero venía practicando ese adiós desde septiembre, cuando cada partido del fútbol argentino empezó a frenarse en el minuto 10 para aplaudirlo. Anoche, por fin, el aplauso tuvo a su destinatario en la cancha.
De la tristeza a la alegría
El rosarino había confesado que era el día más triste de su carrera. Sin embargo, la tristeza casi no se le notó en la cara. Cada vez que la emoción amenazaba con quebrarlo, la escondía detrás de una sonrisa. Algunas lágrimas se le escaparon igual, pero las tapó rápido, como quien no quiere arruinar una fiesta que también era suya. "Les juro que me gustaría venir toda la vida", dijo. Toda la vida. Otra vez la eternidad, ahora en su propia boca.
La gente le contestó con lo que mejor sabe hacer: cantar. Desde todos los sectores bajó el clásico "que de la mano, de 'Leo' Messi, todos la vuelta vamos a dar", el himno no oficial de un ciclo que lo tuvo como guía. Después llegó otro, más desesperado, casi un ruego: "Leo' no se va, 'Leo' no se va". Era un pedido imposible y todos lo sabían. Le pedían un último baile al que ya había bailado todo, al que con 39 años había puesto el cuerpo en un Mundial entero sin que nadie tuviera derecho a reclamarle nada.
Por eso la vuelta olímpica no tuvo apuro. Messi caminó el perímetro del estadio despacio, con los brazos en alto, saludando a cada tribuna como quien no quiere dejar a nadie sin respuesta. Se detenía, aplaudía, volvía a levantar las manos. No era cortesía ni protocolo. Era la forma de cerrar bien una historia en la que él marcó a los hinchas tanto como los hinchas lo marcaron a él. Durante dos décadas hubo de todo en ese vínculo: críticas injustas, finales perdidas, renuncias, regresos, devoción. Anoche solo quedó gratitud, de un lado y del otro.
Pocas despedidas se hacen así. Los grandes suelen irse de golpe, por una lesión, por una derrota o por un comunicado frío. A él le tocó elegir el momento y lo aprovechó hasta el último segundo. Se tomó todo el tiempo que hiciera falta, porque sabía que esa vuelta no se repetiría y que cada saludo era el último con esa camiseta frente a su gente.
La vuelta que no termina
Una vuelta olímpica es, por definición, un círculo: termina en el mismo lugar donde empieza. La de Messi dejó una sensación distinta, la de un recorrido que no se cierra. Los que estuvimos en el Monumental lo vimos irse por el pasillo, todavía saludando, y más tarde lo vimos cruzar la zona mixta con la mano en alto y una sonrisa, sin necesidad de decir una palabra más. Ya lo había dicho todo en la cancha. Se fue de la Selección, pero no de esas tribunas. Ahí, entre máscaras, banderas y camisetas, va a seguir jugando toda la vida, tal como él mismo quería.







