La "carta al padre" de Sylvester Stallone
Cumplió 80 años, acaba de publicar un libro de memorias y está a punto de estrenarse Yo soy Rocky, la película que cuenta el salto del anonimato a la fama del actor. Su historia parece, en principio, destinada al consumo de los aficionados a sus películas, pero en el núcleo de su biografía hay algo que nos lleva a reflexiones inesperadas que van mucho más allá. Es un viaje a la fragilidad que se escondía detrás del personaje inquebrantable que representó en la ficción y en la realidad.
Lulú García-Navarro acaba de hacerle, según reconoció el propio Stallone, la entrevista más profunda que recuerde. Publicada por The New York Times, la conversación lleva al actor a sus escenas borgeanas, esas que definen una vida.
Hay una que encabeza el podio. Durante tres días y medio, Stallone, que trabaja como acomodador de cine y busca sin suerte papeles como extra, se encierra en el monoambiente neoyorquino cuyo alquiler no alcanza a pagar para escribir el guion de Rocky. Luego tocará todas las puertas posibles para atraer la atención de algún productor dispuesto a leer la historia. Dos lo harán y le dirán que les interesa filmarla. Stallone tiene una sola condición, simple e inaceptable. Él, un actor ignoto con problemas de dicción por una lesión sufrida al nacer, quiere interpretar el papel protagónico. Lo tentarán con montos inimaginables para que abandone su obstinación. Llegan a ofrecerle el equivalente, en valores de hoy, a dos millones de dólares. Stallone, que solo tiene 100 dólares en su cuenta y ha vendido hasta su perro para subsistir, sigue diciendo “no”.
Los productores finalmente aceptarán la condición del guionista, que pasará, prácticamente con el estreno de la película, del anonimato a la fama. Meses más tarde llegará la consagración con el Oscar a la mejor película. Y también una condena: la imposibilidad perpetua de recuperar la inspiración de aquellos irrepetibles tres días y medio.
La entrevista saca de las sombras muchos episodios. Stallone revelará la obsesión que tuvo con su cuerpo, construido con anabólicos, generadora de bulimia y de un peligroso masoquismo. Hablará de la transformación de sus ideas: de la asociación de sus personajes icónicos con el belicismo propio de la Guerra Fría a un arraigado pacifismo. De la degradación artística de esos personajes y de la forma en que enfrentó el rechazo de la industria después de una sucesión de fracasos en los 90. Y del momento de mayor oscuridad: la muerte, a los 36 años, de su hijo Sage por una afección cardíaca no detectada.
El juez que no tocaba la campana
Más allá de las escenas centrales de la biografía de Stallone, hay una figura omnipresente. En su infancia se repiten las palizas, las humillaciones, la distancia. Sylvester pasa por un reformatorio y termina el colegio en un internado para hijos de familias que no pueden darles contención. Camino al gimnasio, verá un cartel que anuncia una audición para una obra. Es Muerte de un viajante, una historia que le permite empezar a procesar la relación con su padre. Y en la que encontrará las palabras de un profesor que le dice: “Tenés algo para este oficio”.
Hay una escena a la que Sylvester vuelve una y otra vez. Es adolescente, se ha transformado en un destacado jugador de polo y está en medio de un partido. Su padre, a los gritos, le da indicaciones desde una tribuna. Finalmente entra al campo de juego, agarra del cuello a su hijo, lo tira del caballo y le pega patadas en el piso delante de los espectadores.
Pasa el tiempo. Está terminando la filmación de Rocky, producida por United Artists. Sylvester, al igual que el personaje de su guion, quiere probar que no es “un vago más del barrio”. Quiere probárselo al mundo, pero especialmente a su padre. Y lo está haciendo. Solo debe terminar su película.
En la escena final, Rocky se ha propuesto llegar de pie al último round de su pelea con el campeón del mundo. Los actores tienen todo coreografiado. Sylvester, con la cara ensangrentada, aguanta los golpes de Carl Weathers. Frank Stallone, el padre del protagonista, interpreta al juez cronometrador, el encargado de hacer sonar la campana que anuncia el final de la pelea. Rocky recibe su castigo en el límite de sus fuerzas, esperando el gong salvador. Pero Frank no golpea la campana. Se demora, más allá de lo establecido en el guion, mientras observa el martirio de su hijo.
Mucho tiempo después, un Sylvester de 42 años le dirá a su padre, de 68, que tiene un deseo imposible: “Solo me gustaría, por tres minutos, que los dos tuviéramos la misma edad, para que sintieras por una vez lo que me hiciste sentir a mí”. Frank se sacó la camisa, levantó las manos y le contestó: “No es un deseo imposible. Vamos a hacerlo realidad ahora”.
“¿Pero nunca tuvo alguna muestra de afecto?”, le pregunta la periodista de The New York Times. Stallone piensa unos segundos: “Íbamos en su auto de noche, yo era solo un chico y se me cerraban los ojos. Él inclinó mi cabeza sobre su pierna y pasó su mano sobre mi pelo. Lo recuerdo bien porque solo hizo algo así esa vez. Eso fue todo”.







