Resumen para apurados
- El neurocirujano Marcos Tatagiba expuso en Tucumán sobre avances en cirugía cerebral para destacar la importancia de preservar las funciones neurológicas.
- La visita del referente internacional en tumores complejos se dio en el marco de un encuentro clave para la neurocirugía médica del país y del exterior.
- El debate impulsa técnicas quirúrgicas de vanguardia orientadas a minimizar secuelas y optimizar el abordaje de patologías neurológicas de alta complejidad.
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Durante décadas, la neurocirugía tuvo un objetivo primordial: llegar hasta la lesión y eliminarla. Hoy, el desafío es mucho más complejo. No alcanza con curar: hay que preservar el cerebro, evitar secuelas y, cuando sea posible, recuperar las funciones que la enfermedad ya afectó. Esa transformación fue uno de los ejes que planteó en Tucumán el neurocirujano Marcos Tatagiba, referente mundial en cirugía de base de cráneo y tumores cerebrales complejos.
“Antes, lo más importante era retirar un tumor, sin importar demasiado qué pasaba después. Muchos pacientes morían y otros quedaban con defectos neurológicos. Hoy se da mucho más valor a la preservación de la función y de la calidad de vida”, explica.
Tatagiba nació en Río de Janeiro, Brasil, pero hace más de cuatro décadas se radicó en Alemania para formarse como médico. Desde hace 22 años dirige el Departamento de Neurocirugía del University Hospital Tübingen, en el sur de ese país.
Tatagiba, que visitó Tucumán en el marco del 50° Congreso Argentino de Neurocirugía, sostiene que la tecnología tuvo un papel central en la transformación de su especialidad médica. La neurocirugía actual dispone de herramientas que permiten conocer con mayor precisión cómo funciona el cerebro de cada paciente antes de una intervención y, durante la operación, controlar las funciones que deben ser protegidas.
Entre los avances menciona la resonancia magnética intraoperatoria, el monitoreo de las funciones cerebrales, las nuevas técnicas de imágenes y los estudios electrofisiológicos. Todas estas herramientas permiten al cirujano trabajar con información mucho más precisa y reducir el riesgo de afectar áreas responsables del movimiento, el lenguaje, la sensibilidad u otras capacidades.
La idea que resume esta evolución es sencilla, pero representa uno de los mayores desafíos de la especialidad: curar sin dañar.
Pero la tecnología no es el único factor. El especialista destaca otro cambio fundamental: el crecimiento del trabajo interdisciplinario. “Cuando se trata, por ejemplo, de un tumor cerebral maligno, la cirugía es apenas una parte del tratamiento. Neurocirujanos, neurooncólogos, especialistas en imágenes, anatomopatólogos y otros profesionales deben trabajar en conjunto para definir la estrategia más adecuada”, destacó.
¿Sentencia de muerte?
El desarrollo de las últimas décadas también modificó el pronóstico de muchos pacientes con tumores cerebrales. Tatagiba advierte que todavía existen tumores malignos que no pueden curarse, pero el panorama es muy diferente al de años atrás. “En muchos casos, ya no es una sentencia de muerte”, afirma.
En determinados tumores, pacientes que antes podían sobrevivir apenas tres o seis meses hoy pueden vivir varios años, remarca. Algunos, dependiendo del tipo y de la agresividad de la enfermedad, llegan incluso a superar los 10 años.
En el caso de los tumores benignos, las posibilidades son todavía mayores: muchos pueden ser tratados y curados mediante cirugía. El especialista, sin embargo, evita presentar estos avances como una solución definitiva. Para él, uno de los grandes desafíos de los próximos años será precisamente conseguir que los tratamientos para los tumores malignos sean cada vez más efectivos.
Recuperar lo perdido
Si el gran avance del presente es preservar las funciones cerebrales, el próximo objetivo de la neurocirugía será intentar recuperar aquellas que ya se perdieron, explica Tatagiba.
Un ejemplo es la estimulación cerebral profunda, una técnica que ya se utiliza en pacientes con enfermedad de Parkinson y que puede contribuir a recuperar o mejorar determinados movimientos. El campo de investigación se está ampliando y también se estudian aplicaciones para enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y otras formas de demencia.
Según el médico, se trata de un área que avanzará considerablemente en los próximos años, aunque todavía queda mucho camino por recorrer. Y plantea una diferencia fundamental: siempre será preferible evitar que una función se pierda antes que intentar recuperarla después.
En ese punto aparece una dimensión de la profesión que muchas veces queda fuera de la imagen tradicional del neurocirujano: la prevención. Tatagiba considera que los especialistas también tienen la responsabilidad de educar a la población sobre cómo proteger el cerebro y vivir más seguros. Porque frente a enfermedades cerebrales que pueden dejar consecuencias irreversibles, hay una premisa que considera fundamental: llegar antes de que el daño ocurra.
Uno de los ejemplos que utiliza es la seguridad vial. En Alemania, cuenta, existen programas en los que neurocirujanos visitan escuelas para enseñar a los chicos qué puede suceder cuando una persona sufre un traumatismo encefalocraneano.
La enseñanza incluye una demostración muy gráfica: dejan caer un melón desde cierta altura para mostrar qué ocurre con un cerebro sin protección y luego repiten el experimento utilizando un casco. “El resultado es impresionante para los niños. Cuando no ponemos el casco, el melón se hace pedazos en el piso. Cuando lo protegemos, queda intacto”, cuenta el médico.
“El objetivo es que comprendan que el casco no es un accesorio, sino un elemento capaz de reducir las consecuencias de un golpe. Hoy casi todos los niños en Alemania andan en bicicleta con protección”, señala.
Un traumatismo craneoencefálico no debe considerarse un episodio menor. Una lesión cerebral puede dejar secuelas y, dependiendo de la gravedad y de la zona afectada, generar complicaciones posteriores. Entre ellas, el especialista menciona la posibilidad de desarrollar epilepsia como consecuencia de una cicatriz cerebral, además de otras complicaciones.
Pero la prevención no termina en el uso del casco. Hay que hacer todo lo posible para cuidar el cerebro antes de llegar al quirófano, remarca Tatagiba. Por eso, insiste en hábitos relacionados con la salud cardiovascular y cerebral. Uno de sus principales mensajes es dejar de fumar. “El tabaquismo está relacionado con un mayor riesgo de enfermedades cerebrovasculares y puede contribuir a factores que favorecen complicaciones graves”, apunta. También recomienda controlar la presión arterial y los niveles de colesterol.
“Creo que nuestra función no es solamente operar. Es enseñar”, sostiene. Desde su perspectiva, los neurocirujanos tienen un conocimiento privilegiado de los mecanismos que pueden dañar el sistema nervioso y, por eso, también deben transmitir herramientas para prevenir esas enfermedades. “Cuidar y preservar la función es siempre mejor que intentar recuperar lo perdido”, insiste.
¿Más enfermedades?
El aumento de los diagnósticos de enfermedades neurológicas y de tumores cerebrales puede generar la sensación de que estas patologías son cada vez más frecuentes. Sin embargo, Tatagiba pide interpretar los datos con cautela.
Una parte del incremento puede explicarse porque hoy se diagnostica mejor.
“Esto es siempre una señal de desarrollo”, explica. Cuando una sociedad tiene mayor acceso a estudios como la resonancia magnética y los pacientes pueden ser evaluados en forma más temprana, aumenta también la cantidad de enfermedades detectadas”, argumenta.
Eso no significa que todos los aumentos sean producto exclusivamente de un mejor diagnóstico. Existen factores que requieren investigación y seguimiento. Tatagiba menciona, por ejemplo, posibles asociaciones entre determinados tratamientos hormonales para fertilidad y algunos tumores, aunque aclara que se trata de situaciones puntuales y que no permiten hablar de un problema generalizado para toda la población.






