Tiene una bandera argentina en medio del monte, no mira el Mundial y sueña con que sus bisnietos lleguen a Primera

María Rosa Chávez llegó hace 30 años a un rincón del departamento Pellegrini donde no había caminos ni electricidad. Hoy vive con energía solar, todavía pelea por el acceso al agua y espera que alguno de los chicos de su familia pueda cumplir el sueño de jugar al fútbol profesional.

María Rosa Chávez anhela que sus nietos lleguen a jugar en la Primera de algún club.
María Rosa Chávez anhela que sus nietos lleguen a jugar en la Primera de algún club. Matías Quintana/LA GACETA.
Por Benjamín Papaterra 20 Julio 2026

Resumen para apurados

  • María Rosa Chávez, residente de Santiago del Estero, prefiere no ver el Mundial y sueña con que sus bisnietos jueguen en Primera para progresar desde el monte argentino.
  • Establecida hace 30 años en una zona sin servicios, la mujer superó la falta de luz con paneles solares, aunque aún sufre la escasez de agua y la falta de acceso a la salud.
  • El caso ilustra las carencias del interior profundo y cómo el fútbol profesional se mantiene como la mayor ilusión de movilidad social y un mejor porvenir para los jóvenes.
Resumen generado con IA

La bandera argentina está colocada en la entrada de la casa de María Rosa Chávez. Unos metros más adelante, uno de sus bisnietos sostiene una pelota entre las manos. La imagen podría sugerir que ella vive pendiente de cada partido de la Selección, pero ocurre todo lo contrario: casi no mira el Mundial. Su vínculo con el fútbol pasa por otro lado. Prefiere verlo desde una cancha y sueña con que alguno de los chicos de su familia pueda llegar algún día a jugar en un club de Primera.

Su casa está ubicada entre El Cambiado y Las Puertas. María Rosa estaba cocinando una sopa para compartir con toda su familia. La olla descansaba sobre un brasero y ella aprovechaba la tranquilidad del día para preparar el almuerzo. Es oriunda de Las Delicias, pero hace 30 años que vive en esa zona del departamento Pellegrini, en Santiago del Estero. Llegó después de que su marido fuera contratado para trabajar en una finca y encargarse del cuidado de los animales. A partir de esa oportunidad laboral, ambos decidieron instalarse definitivamente en el lugar.

“Cuando llegamos no había nada. Era todo monte y árboles. Ni siquiera había caminos claros para poder salir”, recuerda. Según cuenta, su familia construyó una de las primeras casas del sector. Con el paso de los años aparecieron otras viviendas y nuevas estructuras, aunque las carencias continuaron formando parte de la vida cotidiana.

El acceso al agua fue uno de los principales problemas. Durante mucho tiempo debían caminar más de un kilómetro con tachos y bidones hasta El Cambiado. Allí había un pozo, pero pertenecía a otra persona y tenían que pedir permiso para sacar agua. “Antes no teníamos aljibe y debíamos utilizar tachos de 200 litros para guardar el agua”, explica.

Actualmente cuentan con un aljibe para almacenar el agua de lluvia. Cuando la reserva se termina, reciben provisiones trasladadas desde El Bobadal. El reparto es gratuito, aunque la distancia y la falta de una red permanente vuelven frágil el abastecimiento. “La luz es una prioridad, pero también el agua porque es indispensable. Si no hay agua, no hay nada. No le tengo miedo al calor mientras haya agua. Sin agua sería imposible”, afirma.

La llegada de los paneles solares también modificó parte de la rutina. Hasta hace algunos años, la familia dependía de los mecheros para iluminar la vivienda durante la noche. Cuando soplaba el viento, las llamas se apagaban y la casa quedaba completamente a oscuras.

Ahora las pantallas solares les permiten mantener algunos focos encendidos y cargar baterías. Con esa energía, los más jóvenes de la familia pueden prender el televisor para seguir los partidos del Mundial. María Rosa, sin embargo, elige no acompañarlos. “A mí no me gusta ver los partidos por televisión. Me gusta ir a la cancha y ver de cerca a los jugadores”, reconoce.

Sus mejores recuerdos futboleros están vinculados a los campeonatos que antiguamente se organizaban en El Cambiado. Allí se reunían vecinos de los diferentes parajes para disputar y observar los encuentros. “Antes hacían campeonatos en la cancha de El Cambiado y ahí sí me gustaba ir. Ahora esa cancha ya es monte porque nadie la cuidó y los dueños se fueron”, lamenta.

Aunque no sigue el Mundial, desea que Argentina gane. El resto de la familia sí se organiza para observar los encuentros. Algunos viajan hasta El Bobadal, mientras que la mayoría de los chicos se queda en la casa frente al televisor. “Toda mi familia sigue el Mundial. Algunos deciden irse para El Bobadal, pero la mayoría de los chicos ve los partidos en casa”, cuenta.

Entre ellos están sus bisnietos, que pasan gran parte del tiempo jugando con una pelota. María Rosa se ríe al recordar que no siempre eligen el mejor lugar para hacerlo. “Ellos aman jugar al fútbol, pero a mí me molesta cuando quieren jugar dentro de la casa porque tienen la manía de pegarles pelotazos a las paredes”, dice.

Detrás de esa queja aparece uno de sus mayores deseos. “Me gustaría que llegaran a jugar en un club. Quizás yo no pueda verlos, pero sí me gustaría que lo lograran”, cuenta.

Vivir en la zona también implica afrontar las dificultades para acceder a la atención médica. Cuando se trata de una dolencia sencilla, los vecinos pueden recurrir a la posta sanitaria de El Cambiado. Ante un cuadro más grave, deben viajar hasta El Bobadal en algún vehículo particular. “Cuando me enfermé feo me tuvieron que llevar hasta ahí. En mi caso siempre me llevaba mi yerno”, recuerda.

María Rosa lleva tres décadas construyendo su vida en medio del monte. Vio cómo los mecheros fueron reemplazados por los paneles solares y cómo los tachos de 200 litros dieron paso a un aljibe. También vio desaparecer la cancha donde disfrutaba del fútbol.

Por eso, mientras su familia sigue el Mundial frente al televisor, ella elige observar a sus bisnietos detrás de una pelota. Su ilusión no está necesariamente en que vistan la camiseta argentina, sino en que encuentren una oportunidad para salir adelante y puedan llegar algún día a jugar en un club de Primera.

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