La crisis de los años redondos

La vida no es una carrera con relojes visibles, sino una travesía con cargas invisibles. El verdadero fracaso no es incumplir una marca temporal, sino vivir sometido al calendario de otros.

Hace 7 Hs

Por Esteban Pino Coviello para LA GACETA

Se habla con insistencia de la crisis de los 40 o de los 50, como si la vida fuese una maquinaria sometida a revisiones obligatorias, como si al alcanzar cierta edad algo debiera fallar con puntualidad suiza. Como si la biografía tuviera fechas de vencimiento y el alma debiera rendir exámenes periódicos para certificar su vigencia.

Yo, sin embargo, no he sentido jamás una crisis de edad. Ni a los 40. Ni a los 50.

Si debo ser honesto, hubo algo parecido a los 20. Pero no fue una crisis etaria, sino algo más cruel: una crisis del tiempo ajeno. Del calendario que otros habían trazado para mí. Del contraste entre lo que debía haber ocurrido y lo que no ocurría.

Mi vida universitaria ocupaba casi todo. El resto era un collage de vínculos interrumpidos y esfuerzos dispersos. Ese desequilibrio no produjo una revelación, sino algo más contemporáneo: ansiedad y depresión.

El disparador llegó bajo la forma de una sentencia. Un profesor, investido de autoridad académica, escuchó mi plan de estudios y dictó sin énfasis: “Usted ya ha fracasado”.

Yo tenía 18 años.

Tardé dos años en digerir esa frase. No era una evaluación, sino una herida. Una lógica rígida donde desviarse del recorrido previsto equivalía a fallar como individuo.

Tal imbecilidad me afectó. Y funcionó.

Las palabras, cuando vienen revestidas de autoridad, operan como profecías eficaces, incluso cuando esa autoridad es más formal que real. Hoy, con una carrera consolidada, no recuerdo aquel episodio con orgullo, sino con una tristeza templada: alguien disparó livianamente una frase que a otro le llevó años desactivar.

Años después lo volví a ver. Me calificó como “caso de éxito”. Le respondí que me había graduado en otra universidad. No hubo revancha, solo constatación.

Pero él no fue la causa. Fue apenas el fósforo.

La combustión venía de otro lado: de los objetivos sociales no cumplidos, de la presión por encajar en una narrativa ajena, de la necesidad de exhibir logros en una carrera que nadie corre realmente.

No era una crisis de edad. Era una crisis de expectativas prestadas.

En mis veintes enfrenté desempleo, distancia familiar y ansiedad por cumplir parámetros impuestos. Vivimos bajo escrutinio constante y permitimos que la mirada externa colonice nuestra autoevaluación.

Los datos son elocuentes: más del 30% de los jóvenes presenta síntomas de depresión y cerca del 40% reconoce ansiedad persistente. La comparación social permanente es uno de los principales detonantes, amplificada por una vitrina global de éxitos editados.

Muchas de las llamadas crisis de los 20 no son crisis de edad, sino la reacción lógica a un sistema que exige definición temprana y éxito visible en una etapa que debería admitir ensayo y error.

Comparar trayectorias sin conocer condiciones es una forma de violencia simbólica: juzgar velocidad sin conocer el terreno.

Los 40 y los 50 llegaron sin sobresaltos. Pero eso es anecdótico. Lo relevante es otra cosa: nadie debería necesitar una herida temprana para aprender a protegerse.

La de mis 20 no fue una crisis de edad. Fue una bisagra: entender que el mundo juzga antes de comprender, y que muchas vidas se lastiman por confundir la urgencia ajena con una verdad propia.

© LA GACETA

Esteban Pino Coviello – Contador y escritor

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