Cómo conocí a Alejandra Kamiya

Hace 13 Hs

Resumen de nota

  • Hernán Carbonel relata su vínculo con la escritora Alejandra Kamiya, iniciado en 2012 durante una entrevista radial al taller de Abelardo Castillo en Buenos Aires.
  • El vínculo resurgió tras rescatar un audio donde Castillo vaticinaba el éxito de Kamiya. Los autores se conocieron personalmente en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2024.
  • El relato destaca el legado de Castillo y la evolución de Kamiya como figura clave de la literatura actual, resaltando el valor de los vínculos personales en el campo cultural.
Resumen generado con IA

Por Hernán Carbonel
Para LA GACETA - SALTO

Hace algunos años escribí una nota que se llamaba “Entrevisté a Alejandra Kamiya y no me acordaba”. Se publicó aquí, en LA GACETA Literaria. Todo sucedió a partir de una charla con Abelardo Castillo la noche del 22 de marzo de 2012, en un programa de radio que yo tenía por entonces, llamado Margaritas a los chanchos. Fue en vivo, por teléfono. En ese momento, Abelardo estaba con los alumnos de su taller, los cuales, dijo socarronamente, “están muy contentos con el reportaje, porque aprovechan para no hacer nada”. Incluso, hacia el final de la charla, pasó el teléfono y pude dialogar con algunos de ellos.

Hace un par de años, mientras releía los cuentos de Alejandra Kamiya para dar un taller sobre narraciones cortas en segunda persona, mi amigo Germán Jorge me recordó que la entrevista estaba libre en internet. Así fue que recordé que aquella noche, cuando le pregunté si, en su taller, sus alumnos trabajaban la novela, el cuento o la multiplicidad de géneros, Abelardo redobló la apuesta proponiéndome que le preguntara a alguno de ellos, que contestaría con más efectividad que él.

Primero fue el turno de Ariel –tardaría un tiempo en saber de quién se trataba–, que dijo que a Abelardo “le encanta dar sorpresas”; que esa noche, ya que era la entrevista, no habían leído textos propios, sino un canto de la Divina Comedia; que lo que más solían leer era cuentos y que, al menos él, cuando terminaba un relato, lo leía, corregía en el taller y, en todo caso, si no funcionaba, empezaba a escribir otra cosa.

Pregunté cuántos eran: nueve, dijo Ariel, diez con Abelardo. (No pude evitar imaginarla a Sylvia Iparraguirre dando vueltas por la casa). Entonces interrumpió Castillo: “Oíme, quiero que le hagas una pregunta a una escritora de mi taller. Ella es novelista. Entonces te puede explicar cuál es el problema del cuento y la novela en el taller. Se llama Alejandra Kamiya. Tené en cuenta el nombre porque lo vas a oír muy seguido”.

Se oían murmullos de fondo, alguien pasaba el tubo del teléfono a otro. Dije, como para llenar ese espacio de silencio que pesa toneladas en el aire de la radio, que eso era casi un “adelanto editorial”, sin saber que realmente lo era. Otro punto para Abelardo. Alejandra se presentó, nos saludamos distante, respetuosa, cálidamente. Se la notaba, al principio, algo tímida. Dijo: –Yo empecé trabajando cuentos, y después me fui dando cuenta, y también mis compañeros, que mis cuentos tendían a dejar de lado la anécdota y centrarse más en los personajes. Un poco la diferencia entre el cuento y la novela, ¿no?, además de, obviamente, la extensión. Y fui haciendo ese cambio de rumbo casi sin darme cuenta. Y ahora estoy trabajando sobre una novela, pero no está ni a mitad de camino.

Pregunté de qué iba.

–Es de una familia... yo soy de origen japonés... es de una familia japonesa en Argentina, en la que la protagonista, la narradora, se termina convirtiendo en una mujer pescadora. Lo primero que traje es algo que para mí tenía forma de cuento pero que está como en el centro de la novela, que era la muerte de uno de los personajes principales. Fue algo que escribí suelto, y lo gracioso que me pasó –gracioso, o ridículo, o patético– es que lo traje y no podía parar de llorar cuando lo leía. Ahí me di cuenta que estaba trabajando algo que para mí era muy importante.

Pasaron muchos años desde aquel momento. Más de una década. Y, gracias a esa nota publicada, fue que finalmente nos contactamos y conocimos personalmente: se dio en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2024. Una charla larga, amena, familiar, como si no fuera la primera vez. Alejandra iba acompañada por alguien. Cuando ese alguien se presentó dijo: soy Ariel. ¿Aquel Ariel? Sí, aquel.

Ariel resultó ser Ariel Pérez Guzmán, un tipazo: viste siempre de negro, organiza ciclos de cine y literatura, lleva adelante una editorial de poesía llamada Duino donde ha traducido, junto a Alejandra y su padre, Mamoru Kamiya, a poetas japoneses.

Volvimos a vernos en otras ferias, ese mismo año y otro, donde tuve la suerte de entrevistarla sobre un escenario altísimo y gigante, frente a un público muy respetuoso, además de coordinar una charla con ella como parte de un taller de lectura en Fundación La Balandra. Traté de acompañarla, infructuosamente, a la distancia, cuando perdió a su madre. Eso sí: a pesar de todas las veces que hablamos, sea personalmente o por cualquiera de las formas que propone la virtualidad, nunca volví a preguntarle de qué iba esa novela que aún no ha publicado. En fin, para qué: los misterios, el silencio, esos dones.

© LA GACETA

Hernán Carbonel – Periodista y escritor.

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