Tucumanos de paja
Santiago Garmendia
Por Santiago Garmendia 15 Marzo 2026

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En Tucumán no existe el espantapájaros que vemos en las películas, ese de jardinera azul impecable y sombrero de paja perfecto. Es una rareza, una curiosidad importada tan ajena como un muñeco de nieve o un trineo en pleno enero tucumano. La lógica es elemental. Los pájaros temen al hombre y el muñeco es su doble. Un capataz de mentira custodiando el maíz o, más típicamente, la huerta. Mientras dura el engaño, la bandada de tordos o chalchaleros se mantiene a raya. Hay un caso asombroso de ingenio local en la Avenida Roca: un espantagente. Lo habrán visto con seguridad. Es una veleta compuesta por un diablo antropomórfico subido a una moto que gira como un volantín infernal que no puede despegar del suelo. En fin, volvamos a los de pájaros.

El viejo cristo de paja prácticamente ha desaparecido. Sobrevive apenas en algunas huertas, a veces reemplazado por botellas o CDs que brillan con el sol. La idea, sin embargo, es antiquísima. Los antiguos griegos tenían una mezcla de pragmatismo agrícola y mitología: colocaban estatuas del dios Príapo, el hijo feo de Afrodita, famoso por su permanente y desmesurada erección, de donde proviene la palabra priapismo. Uno imagina que más de un pájaro habrá dudado antes de acercarse a esos campos.

El espantapájaros, hablemos ya del más pudoroso y tradicional, mantiene vigencia como parte de la cultura campesina en muchos lugares. En Inglaterra o en Japón celebran festivales de espantapájaros donde los visten de todo: estrellas de rock, médicos rurales, superhéroes de paja. Gente rápida para el disfraz y ese tipo de eventos, que quizá no sabría qué hacer en el Festival del Chancho con Pelo, que ya lleva diez ediciones en la provincia de Entre Ríos.

Si bien no tenemos ninguno de esos festivales, tenemos para hacer dulce con la falacia del hombre de paja o del espantapájaros. Recibe su nombre, desde luego, del artilugio que parece un humano pero no lo es. La falacia ocurre cuando, en vez de debatir con otro, se fabrica una versión torpe y exagerada, “de paja”. Por ejemplo, si alguien quiere cambiar algo, lo vemos como alguien que quiere atentar contra todo lo que la civilización ha logrado. Si uno trata de conservar algo, lo etiquetamos como reaccionario que se opone a cualquier renovación.

Ojo: uno de los grandes riesgos de los hombres de paja, como solía señalar el profesor Alberto Moretti, es que se puede perder frente a ellos, dada su obstinada simplicidad. Cuando simplificamos a la gente y la convertimos en relativistas absurdos o en inmorales irredentos, nos arriesgamos a que esas caricaturas se conviertan en realidad.

La escena más triste es, desde luego, de una perfección casi coreográfica. Es cuando aparecen dos hombres de paja frente a frente, como compadritos de cartón piedra en un duelo que desde lejos parece una pelea épica, de esas que cambian la historia. Pero de cerca no hay nadie. Solo camisas vacías, costuras reventadas y paja que se vuela con el viento, en una discusión tan poco real como la ruta del motociclista del infierno de la Avenida Roca.

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