POSTAL DESDE EL AIRE. Aunque el nivel del agua bajó considerablemente, a comuna del sur provincial, permanece afectada por la inundación. LA GACETA / FOTO DE MATÍAS VIEITO
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La luz del día apenas asoma y la llovizna ya marca el pulso de la mañana en el sur tucumano. La Madrid amanece otra vez con agua y una sensación repetida, cansadora. El jueves empieza con el cielo cerrado. La gente, con los pies mojados, intenta dormir un rato más adentro de las carpas o abrir los ojos para empezar el día. Nadie parece haber descansado de verdad.
El agua cae fina, constante. Sobre la banquina se adivinan conversaciones en voz baja, motores que arrancan apenas y el ruido húmedo de los pasos. En medio de esa escena, la solidaridad se mueve de un extremo al otro de la ruta con la misma insistencia que la llovizna.
Primeras manos
Solange Lobo tiene 23 años y llegó desde Alto Verde junto a un grupo de vecinas. Viene a repartir lo que juntaron entre muchos. Frente a una mesa, donde se apilan donaciones y alimentos, cuenta que la organización surgió de manera espontánea entre vecinos del barrio.
Cuenta que para ella la escena no es ajena. La atraviesa de una forma íntima. “Sé lo difícil que es la situación, por eso ayudamos con todo lo que podemos y con el corazón”, expresa.
El grupo reunió ropa para todas las edades. También preparó sándwiches de fiambre y bizcochuelo. Sobre la mesa esperan los ingredientes para seguir. El desayuno todavía está en marcha. “Vamos a hacer chocolate”, comenta y dice que todo se hace entre todos. Nada sobra y nada sale de una sola mano. En medio de la emergencia, la joven resume el motivo que la trae hasta allí con una frase breve: “Sentimos que podemos ayudar en algo. Mientras habla, la mañana sigue igual. La ruta se vuelve un corredor de manos que alcanzan alimentos, vasos, termos y bolsas con ropa. Algunos llegan con donaciones. Otros se acercan para pedir. Nadie se queda quieto demasiado tiempo.
Colectivos cargados
A bordo de un kayak, el profesor de Química, Javier Frizzera parte hacia el pueblo con un compañero. Lleva agua potable para personas que esperan arriba de los techos. Se despide rápido y se va. Repite el trayecto varias veces durante la mañana.
No muy lejos, adentro de un colectivo amarillo repleto de donaciones, Carolina Lizárraga y Yolanda Albornoz tratan de avanzar por el pasillo central. Buscan calzado, ropa seca, alimentos, lo que haga falta. A cada rato alguien pregunta por algo específico. Una voz avisa que ya no quedan zapatillas para talles grandes, solo para niños.
DIEGO ZURITA. El pescador rescató gente de los techos de las casas. LA GACETA / FOTO DE BELÉN CASTELLANO
En ese mismo colectivo, un perro dorado, empapado, sube sin pedir permiso y empieza a olfatear todo. Cerca de la puerta encuentra una bolsa enorme de alimento balanceado. Se detiene allí. Le dan comida. Intentan bajarlo, pero el animal se resiste. Se queda. Las mujeres lo dejan.
Van a cocinar guiso y pizzas que amasaron durante la noche. “Tenemos comida para 150 personas. Queríamos traer comida caliente para la gente, porque muchas familias están mojadas y no hay lugares secos donde cocinar. Un plato de comida caliente para ellos es muy importante”, señalan y agregan otra urgencia que no siempre aparece primero en la lista: “Es importante el alimento para los animales, porque ellos también atraviesan esta situación”.
El colectivo en el que trasladan la ayuda suele usarse por obreros durante la cosecha de limón. Ahora llevan alimentos, ropa y esperanza.
La carpa principal
Muchos metros más adelante, una carpa más grande resguarda a personas mayores y a quienes preparan el desayuno. Allí hay bidones de agua, bolsas de alimentos y manos que cortan, sirven y ordenan. Las nubes siguen arriba y sueltan una cortina constante sobre los evacuados.
En esa carpa está Viviana, colaboradora de la comuna de La Madrid. Empieza a hablar con seguridad, con la firmeza de quien ya hizo muchas cosas antes de sentarse un minuto. Pero cuando recuerda su casa, la voz se le quiebra. Hace un silencio. Respira. Sigue. “Cuando ya sabíamos que se venía una inundación empezamos a organizarnos”, relata.
DESAYUNO. El gazebo de Yolanda Albornoz y Carolina Lizárraga.
No todos aceptaron ir a los centros de evacuación. Algunos prefirieron quedarse cerca de sus casas, de sus familias, de lo poco que tal vez todavía pueda rescatarse. “Esperamos el momento de volver a nuestras casas, aunque no sabemos cómo las vamos a encontrar. Es lo que más duele”, expresa.
“No es la primera vez que nos pasa. Vamos a salir adelante con la fuerza y el empuje que caracteriza a La Madrid”, concluye.
Con una campera impermeable y los anteojos empañados, Rosario Pítaro ofrece café. A su lado, una mujer sirve vasos humeantes que calman la languidez de las panzas vacías. Rosallegó desde Alberdi junto a su madre, Susana. Bajo un gazebo colocaron termos grandes y un grupo electrógeno para que la gente cargue sus celulares.
Se dedican al servicio de catering para eventos. Esta vez pusieron a disposición sus herramientas de trabajo para otra cosa. “Es una situación que, lamentablemente, los vecinos ya no pueden controlar. No es algo que vemos ahora, sino desde hace muchos años”, cuenta. La joven conoce de cerca lo que significa una inundación. “Sabemos lo que se siente perder todo y que nadie te dé una mano”, expresa. Rosario estudia Ingeniería en Sistemas en San Miguel de Tucumán y hoy debería rendir una materia que postergará. “Cuando pasa algo así es imposible mirar hacia otro lado. Por eso preferimos dejar un poco el tiempo de una para ayudar a los demás”, concluye.
La jornada interminable
Pasó más de una hora. La llovizna cae con menos fuerza, pero no se va. El ir y venir de voluntarios tampoco. Desde Alberdi, Alpachiri, Concepción y otros puntos del sur siguen llegando grupos de voluntarios.
Oscar llegó con un grupo de amigos desde Alberdi. “Somos un grupo de amigos. Anoche nos pusimos a amasar y trajimos gas y anafes para preparar el desayuno”, relata. Oscar es albañil y lagrimea pensando en sus amigos de La Madrid. “No podía faltar, pienso en mis amigos y me pone mal. Ellos me necesitan”, asegura.
Cerca del corte de la ruta 157, donde el agua drena con velocidad, hay seis lanchas alineadas. Con chaleco salvavidas, Diego Zurita espera en la proa de una de ellas. Es parte de un grupo de amigos pescadores que decidió colaborar. “Con las lanchas estamos ayudando a la gente, animales y a los bomberos”, cuenta y recuerda que la noche anterior debieron asistir a dos bomberos cuya embarcación se dio vuelta cerca de una alcantarilla.
“Estamos mojados desde hace horas, pero eso es lo de menos. Lo hacemos de corazón, para ayudar a la gente en este momento tan difícil”, expresa.
El mediodía llega y la lluvia cesa. Las carpas siguen llenas. Las ollas hierven. Sobre la ruta, entre el barro, la llovizna y el cansancio, el pueblo y los que llegan desde otros pueblos sostienen una misma tarea: que nadie pase solo la espera.












