
Es un buen ejercicio mental intentar definir con una sola palabra a una persona querida. El desafío se vuelve mayor cuando se trata de la propia madre. A la mía la definiría con una palabra: curiosidad. Y no es una elección caprichosa. Ella era así: curiosa por naturaleza, siempre interesada en conocer, saber e investigar. Estoy convencido de que algo de esa curiosidad heredé, al igual que, creo, también mis hermanos. Días atrás, leyendo un libro de cuentos del escritor Daniel Guebel, La carne de Evita, apareció al pasar una mención: el bandoneón de Aníbal Troilo era descrito como una pieza de origen alemán. Ese dato, aparentemente menor, dejó en mí una inquietud. ¿Se trataba de una licencia literaria o de un hecho real? ¿Podía el instrumento más emblemático del tango no ser argentino? Esa duda me invitó a investigar y, al tirar de ese hilo, apareció una de las historias culturales más fascinantes de nuestra música. El bandoneón no nació en Argentina: es originario de Alemania, creado a mediados del siglo XIX en la región de Sajonia. Fue concebido como un instrumento portátil para la música religiosa y popular, una suerte de sustituto del órgano en pequeñas iglesias. Su nombre proviene de Heinrich Band, comerciante que impulsó su difusión. Nada, en su concepción original, hacía pensar en su destino rioplatense. Durante décadas, el bandoneón se fabricó de manera industrial en Alemania. Talleres como los de Klingenthal produjeron instrumentos de altísima calidad, entre ellos los célebres doble A de Alfred Arnold, que con el tiempo se transformarían en piezas míticas del tango. Los bandoneones llegaron al Río de la Plata como una mercancía importada, traídos por inmigrantes europeos. Y fue aquí donde ocurrió lo impensado. El instrumento encontró una nueva voz: el tango. En sus orígenes, el tango convivía con guitarras y violines, pero el timbre melancólico del bandoneón y su enorme capacidad expresiva terminaron por volverlo insustituible. Mientras tanto, Alemania dejó de fabricarlo. La Segunda Guerra Mundial interrumpió su producción y nunca volvió a retomarse a gran escala. Argentina quedó así como el país con mayor cantidad de bandoneones del mundo, pero sin industria propia para producirlos. Hubo luthiers locales y esfuerzos artesanales, valiosos pero aislados. En ese escenario surgieron intérpretes que elevaron el instrumento a una dimensión artística definitiva. Aníbal Troilo hizo del bandoneón una voz humana. Astor Piazzolla lo llevó a territorios inéditos, incorporando contrapunto, disonancia y modernidad. Pocas veces un país adoptó un instrumento extranjero hasta hacerlo hablar su propio idioma emocional. En ese gesto hubo algo que excede la historia y roza la filosofía: no somos solo el lugar del que venimos, sino también aquel en el que aprendemos a decir lo que sentimos. El bandoneón cruzó el océano como mercancía y terminó quedándose como destino. Aquí encontró su acento, su melancolía y su respiración. Aquí dejó de ser objeto para volverse voz, memoria, herida y abrazo. Hoy el tango está reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Y cada 11 de marzo recordamos el nacimiento de Astor Piazzolla, que nació en Mar del Plata y llevó el bandoneón a dialogar con el mundo. Tal vez esa sea la mejor definición de una adopción cultural: cuando algo que no nació aquí termina diciendo, como nadie, lo que somos.
Juan L. Marcotullio
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