HAY PICA. Rosario Sosa (izquierda) y su hija Camila Nanclares (derecha) no perdonan: disputan cada pelota como si fuera la última en el clásico tucumano.
Rosario Sosa parece haber encontrado en Atlético Tucumán su lugar ideal para seguir desarrollando su carrera. Tras un largo recorrido por distintos clubes de la región —incluyendo una experiencia en el fútbol de Bolivia—, la defensora de 41 años se asentó en el "Decano" y destaca la estructura que la institución le brinda a la disciplina.
Además de ser jugadora, "Rouse" es directora técnica nacional y coordinadora del departamento de futsal femenino en la Liga Tucumana. Fuera de la cancha, es empleada de comercio y madre de una joven de 23 años. "Nadie es profeta en su tierra, pero hoy siento que en Atlético encontré un lugar que no sabía que podía tener. Me recibieron con los brazos abiertos. El club le da mucha importancia al femenino; tenemos indumentaria completa, ropa de salida, de juego y de entrenamiento. Los viajes y el colectivo son aportes que en otros clubes no se ven", destaca.
Sosa integra un plantel que se volvió hegemónico en el ámbito local. "Desde que llegué ganamos todos los torneos. Pero más allá de los resultados, lo que se hace bien es el proceso. En etapas de semifinales tenemos nutricionista, psicólogo deportivo y masajista. El club hace que nos sintamos profesionales aunque esto sea amateur, y eso te incentiva a comerte la cancha", asegura.
El rol de referente y la "mirada de mamá"
En el vestuario, Rosario se encontró con compañeras mucho más jóvenes que ven en ella una voz autorizada. "Mi aporte va por el lado de la experiencia y de la empatía. Hay chicas que sueñan con la Selección y otras que vienen al club como un hobby o para distraerse de sus problemas. Yo trato de tener esa mirada de 'mamá': las ayudo a que se diviertan, pero también a que entiendan que estamos en Atlético, que este no es cualquier equipo de barrio y que el lugar que tienen lo tienen que cuidar", reflexiona.
El clásico en familia: "Acá no hay vínculo de sangre"
La historia personal de Rosario tiene un condimento cinematográfico: su hija de 23 años, Camila Nanclares, es chef profesional y juega en San Martín. A pesar del afecto, en el campo de juego la historia es otra. "Ella es fanática de su club, pero cuando me ve jugar grita mis goles como una hincha más. Eso sí: cuando nos toca jugar en contra, somos eternas rivales", advierte.
Y cierra, entre risas: "Me enfrenté muchísimas veces con ella. Es punta y rapidísima, así que cuando nos cruzamos es 'jugador o pelota'. Ahí no existe el 'ay, mi hijita'. Todo el mundo se ríe porque nos ven que nos golpeamos o que no la dejo pasar. Jugamos a muerte; después, en casa, vuelve todo a la normalidad".
Es que claro, la familia es el refugio de siempre, pero el domingo en la cancha la historia es otra. Rosario entiende mejor que nadie que el afecto se queda en el vestuario: cuando hay una camiseta de por medio, los colores no se negocian y el sentido de pertenencia manda.








