Jacobo Bergareche: “La tragedia pierde sentido cuando uno se ríe todos hemos reído en funerales”
El escritor español habló con LA GACETA Literaria desde Madrid a propósito de su novela Los días perfectos, cuya adaptación al teatro recibió muy buenas críticas. “Una obra de teatro no tiene que ser fiel a una novela, tiene que ser fiel al teatro”, dice.

“Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: «prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe». Y es que en realidad la muerte no separa, sino que une incluso más, ninguna persona ama más ni se siente más unida a su pareja que cuando esta muere”, se lee en Los días perfectos (Libros del asteroide), novela de Jacobo Bergareche (Londres, 1976; con nacionalidad española) publicada en 2021 pero que tomó impulso en estos meses, cuando fue adaptada al teatro. Cada jornada, a sala llena, Leonardo Sbaraglia realizó durante este verano un monólogo-adaptación que fue aplaudido de pie. LA GACETA Literaria estuvo allí para comprobarlo.
La historia original va de un periodista español que viaja a los Estados Unidos por trabajo y pierde la chance de reencontrarse con su amante. Solo, en una habitación de hotel, le escribe una carta a su esposa y madre de sus hijos. La adaptación es más directa: descarta a la amante y el periodista es de Buenos Aires, al igual que su pareja.
Desde Madrid, donde escribe y trabaja como productor audiovisual, Bergareche -autor de libros como Las despedidas (2023) y Amistad (2025, con el argentino Mariano Sigman)- contestó a las preguntas de este diario.
-¿Qué te pareció la adaptación de Los días perfectos al teatro?
-Daniel Veronese (adaptador y director) ha sacado muy inteligentemente un material que le permite hacer una cosa que pueda ser defendida en escena, porque a veces no toda la obra es aprovechable en formato teatral. Así que creo que fue muy inteligente su decisión de sacar a la amante del texto original. Cuando me lo contó le dije: adelante, no quiero saber más, no quiero estorbar, haz lo tuyo. Y por lo que se ve de los resultados, que estuvo todos los días con teatro lleno, pues ha sido un gran acierto. O sea que me parece fenomenal. Yo creo que una obra de teatro no tiene por qué ser fiel a una novela, tiene que ser fiel al teatro.
-¿Cuáles fueron, más allá de un análisis, las sensaciones?
-Bueno, pues, tras ver la obra de teatro me emocioné mucho. He ido a verla como diez veces, y siempre digo lo mismo: para un escritor, ver las reacciones de la gente a un texto de uno, pues es una cosa muy novedosa, porque normalmente no estamos acostumbrados a eso. La novela es una cosa que se escribe en soledad y el lector la disfruta en soledad. Es como la unión de dos soledades que no terminan nunca de verse, y sin embargo el teatro tiene presencialidad, y de hecho el teatro sobrevivirá al cine en el sentido de que es un espectáculo plenamente presencial, grupal, que busca una cierta catarsis y sincronizar a todo el mundo en un mismo sentimiento.
-¿Por ejemplo?
-Escuchar a la gente llorar en el momento que tú querías que estuvieran tristes y comprobar que eso ocurre… que el texto tiene su impacto y su efecto, pues es muy satisfactorio. Igual que cuando se ríen en los momentos en que uno ha intentado ser gracioso. Todo eso realmente es sorprendente para un escritor que está encerrado en su habitación todo el día.
-Leonardo Sbaraglia actúa de manera excelente.
-Es emocionante cuando el actor es bueno, porque si el actor fuese malo supongo que sería una tortura. Leo es un fenómeno y lo ha demostrado, ha hecho suyo al personaje, que ahora es más de él que mío. Me acuerdo de que se me saltaban las lágrimas el día que vi el Teatro Cervantes de Buenos Aires lleno de gente. Además, ver teatro en Buenos Aires me da la impresión de que es bastante diferente a ver teatro en muchos otros sitios.
-El personaje de Los días perfectos apela a la melancolía. ¿Cuánto hay de vos en él?
-No soy para nada melancólico. Creo que el arte es triste y la vida alegre, y lo vivo así. Vivo mi vida con bastante alegría, trato de disfrutar de los placeres, pero me gusta que el arte sea triste: a veces esto es como la crioterapia, que uno se mete de repente en una ducha de agua fría a cinco grados durante un minuto y eso alarga la vida. Creo que también se puede someter el alma a la tristeza, a la nostalgia, a la melancolía, uno o dos minutos y salir de ahí rápido y reforzado, que es lo que pasa con la crioterapia. La nostalgia es un sentimiento bastante tóxico, ¿no? ¡Cómo odio la palabra tóxico! La nostalgia es un sentimiento cenagoso y pantanoso, donde uno tiende a quedarse atrapado, es una manera de mirar al pasado, negándole al futuro cualquier luz. Hay maneras luminosas de rescatar el pasado para iluminar el futuro, para rescatar algo de salud y proyectar hacia adelante. Y la nostalgia es una forma muy negativa de mirar al pasado, porque es ese pasado que parece como que niega cualquier posibilidad de que el presente o el futuro ofrezca algo mejor.
-¿Sos de los que también escriben para alejar temores o miedos?
-Vale, sí siento que la escritura aleja de los temores más íntimos a las pérdidas. Hay un consuelo en la escritura y en la literatura de que uno cuando escribe una cosa tiene la ilusión de que la hace permanente, de que atrapó algo. Permite a uno conservar la memoria de las cosas, o por lo menos haberlo intentado, porque cuando uno escribe realmente revive un montón de cosas, pero no tengo muy claro para qué se escribe.
-¿Cómo fue tu detrás de escena de Los días perfectos?
-Picasso un día pintó un dibujo en una servilleta durante una cena y alguien se la compró por 5.000 o 10.000 francos, una cosa así. Entonces una persona le dijo “acaba de ganar usted en cinco minutos lo que yo gano en un año”. Y Picasso le contestó que no, porque ese dibujo no le había llevado cinco minutos pintarlo, le había llevado toda la vida. Así que lo mismo digo: tardé un mes en escribir Los días perfectos, pero también tuve que encontrar esas cartas de William Faulkner que son parte de la obra, estuve un año entero para conseguir un permiso de la familia de Faulkner para que me dejasen publicar las cartas, porque dijeron que no al principio. Además tuve que leer muchos libros antes, vivir cuatro años en Texas. ¿Cuánto se tardan las cosas en hacer? Pues es que para eso habría que establecer dónde está el comienzo de una obra, y las novelas no suelen surgir por generación espontánea.
-¿Qué importancia le das al humor en medio de la tragedia?
-Pienso que la cortesía de quien hará un drama es ofrecer un poquito de humor para que te lo tragues con algo menos de dolor. Si te va a dejar un poco de melancolía lo que lees, pues al menos que te rías en el camino. Eso a mí me gusta, porque si no la tragedia es impostada, y nunca las cosas vienen con la tristeza absoluta. En el fondo de la tragedia las cosas pierden tanto sentido que uno hasta se ríe, todos nos hemos reído en los funerales.
-Me gustó eso de que “hasta que el tedio nos separe”.
-Esa reflexión se debe a que soy de la idea de que la muerte no separa a las parejas sino que cuando uno de ellos muere se lo idealiza aún más. Entonces la muerte más que separar, une. Pero en el aburrimiento de las relaciones de largo recorrido aparece el tedio para separar. Fue algo que me salió muy espontáneo. Fui a muchas bodas, yo mismo me he casado y he ido a esa fórmula mil veces.
-¿Cuáles son los escritores que te marcaron?
-Los clásicos me gustan mucho. Me gusta Shakespeare, que me lo he leído de arriba abajo, y en general los dramaturgos de esa época, de Hecker, Middleton, Marlow, Tomás Kidd, John Marston, todos esos, pues me los he leído profusamente, y me gustan mucho Cervantes, Quevedo. Si tengo que dar con un solo libro, el favorito de los favoritos sería Michel de Montaigne con sus ensayos. Ese es el libro de cabecera. Y Salinger.
-¿Estás preparando algún nuevo libro?
-Tengo un nuevo libro que entregué la semana pasada, de no ficción, está en un terreno muy diferente a los anteriores. Es un libro de viajes, de migración, sobre el duelo, es una historia real de un chico que conocí de Guinea-Conakri, que tardó cuatro años en llegar a España, cruzó el desierto con sólo 12 años, se murieron unos amigos suyos por el camino. Una historia homérica, de esas que uno ha leído en La odisea y que pensábamos que ya no le pasaban a la gente, pero le siguen pasando. Me fui con este chaval de vuelta a su casa, a la aldea de donde salió en Guinea, y fuimos reconstruyendo partes del viaje juntos.
-¿Estás en pareja?
-Esa pregunta es una auténtica indiscreción, pero sí, claro, yo llevo 30 años casado. O sea, no hay que confundir al autor de un libro con el protagonista de un libro. Estoy felizmente casado. Y mis opiniones no necesariamente coinciden con la de los personajes.
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