EXPECTATIVAS. La suba del petróleo impactará en el precio de los fertilizantes.

Cada vez que el petróleo se dispara por una guerra en el mundo, en Argentina ocurre algo que parece absurdo: mientras los precios internacionales suben y prometen más dólares para el país, en el campo empieza a crecer el miedo a perder plata. El motivo es simple y brutal: cuando suben el crudo y el gas, también se disparan los costos de producir.
No es una teoría. Ya ocurrió con la invasión rusa a Ucrania y vuelve a repetirse ahora con la escalada bélica en Medio Oriente. La energía se encarece, los fertilizantes suben casi de inmediato y la ecuación del productor se vuelve más frágil. Lo que desde afuera parece una buena noticia —materias primas más caras— termina transformándose puertas adentro del agro en una advertencia: la próxima campaña puede costar mucho más de lo que se pensaba hace apenas unas semanas.
Claro que hay una gran diferencia entre ambas situaciones: antes Argentina era un importador neto de energía, al punto que las compras de petróleo y de gas licuado una inédita cifra de u$s12.868 millones. Es un número similar al que ahora se espera que deje la balanza energética, pero como superávit y no como déficit.
Sin embargo, una primera reacción de euforia entre los economistas afines al gobierno rápidamente se empezó a disipar: la suba del precio del petróleo no necesariamente garantizará una lluvia de dólares para la economía argentina. Primero, porque no está claro que este pico de precios sea sostenible en el tiempo, al punto de favorecer el precio del crudo que se produce en Vaca Muerta.
Pero, además, porque Argentina sigue teniendo muchos costos productivos que están ligados a la cotización del petróleo y del gas. El más obvio es el de la logística internacional, dado que no sólo encarece el combustible sino que se alteran las rutas marítimas tradicionales.
"Los gigantes del transporte marítimo (Maersk, MSC, Hapag-Lloyd) han desviado sus flotas hacia la ruta del Cabo de Buena Esperanza, rodeando África. Esto dispara las tarifas de flete a máximos de seis años y anticipa una nueva presión inflacionaria global por los retrasos en la cadena de suministros", plantea un reporte de Damián Vlassich, líder de estrategia de inversión en IOL.
Pero, además, hay un dato que es crucial para Argentina y suele quedar opacado por el precio del petróleo: es el gas natural licuado, del cual el país sigue siendo importador. Desde el estallido del conflicto en Irán, el gas ha subido al triple de velocidad que el petróleo, dado que se teme por el abastecimiento de Europa, sobre todo después del cierre de la producción en Quatar, que representa un 20% de la oferta mundial.
El gas sube, el agro tiembla
Los expertos están previendo para este invierno la llegada de unos 15 cargamentos de GNL, menos de la mitad de la cifra de hace dos años, pero aun así un costo importante.
Y el precio del gas, que se disparó hasta los u$s17 por millón de BTU para el mercado europeo, enciende alarmas por un tema que afecta directamente al campo argentino: los insumos y fertilizantes que se utilizan en la siembra, particularmente la urea y el fosfato diamónico, son derivados del gas natural.
El antecedente de la guerra de Ucrania alcanza como para que se genere preocupación: en aquel momento, la relación de precios entre la tonelada de urea y la tonelada de soja llegó a un nivel de tres a uno, lo que implicaba para los productores una duplicación del costo de la urea en términos de cosecha.
Ante una situación así, los productores con menores márgenes de rentabilidad pueden verse forzados a disminuir la fertilización de los cultivos, con lo cual se podría reducir el rendimiento de los campos para la campaña próxima, si la situación de Medio Oriente se extiende durante varios meses.
Un reporte de Marianela de Emilio, experta del Inta y Agroeducación, alerta que ya hubo una reacción inicial en los mercados internacionales. Aunque todavía no hay certeza de cuáles serán los precios para los productores argentinos, ya se registró un aumento de los productos en el embarque de exportación. El fosfato diamónico en Nueva Orleans ya subió un 6%, mientras que la urea desembarcada en los puertos brasileños viene con sobreprecio de 20% respecto de su nivel previo al bombardeo en Irán.
El campo revisa las cuentas
Lo cierto es que en este momento los productores están reconsiderando su estrategia comercial, y revisando al alza el cálculo de costos. Hasta la semana pasada, contaban con que la urea les costaría 1,7 toneladas de soja, mientras el fosfato de amonio demandaría 2,7 toneladas. Y súbitamente esos números quedaron viejos.
Es cierto que en las últimas semanas también subieron las cotizaciones de las materias primas agrícolas en el mercado global. Así, la soja cotiza en Chicago a u$s433, un precio inesperadamente bueno si se lo compara con el nivel de u$s370 que promedió el año pasado.
El precio es llamativo, además, si se considera que para esta campaña se vienen registrando volúmenes récord de producción: Brasil llegará a 180 millones de toneladas mientras que Estados Unidos -según la estimación del Departamento de Agricultura (USDA)- cosechará 121 millones de toneladas de soja, un volumen 4,4% superior a la última cosecha.
A primera vista, estos precios parecerían poco justificados, pero hubo situaciones geopolíticas que se impusieron a los fundamentales del mercado. Primero, que la especulación sobre el acuerdo entre China y Estados Unidos, sumada a la decisión de la Corte Suprema -que rechazó las subas arancelarias de Donald Trump- llevaron a los fondos de inversión a la compra masiva de futuros de soja, con lo cual se presionó la cotización al alza.
Y ahora, sobre un mercado que ya tenía precios altos, se agrega la tensión del conflicto en Medio Oriente, que pone una cuota extra de presión.
Mientras tanto, en Argentina, los funcionarios se entusiasman con los excelentes números de la cosecha: la Bolsa de Comercio de Rosario prevé 48 millones de toneladas de soja-levemente por debajo de los 49,4 millones obtenidos el año pasado-, que sumadas a las excelentes campañas de maíz y trigo, totalizarían un volumen récord de 140 millones de toneladas.
Es así que se especula con una liquidación de granos en el orden de U$S40.000 millones, una cifra que no se veía desde 2022, cuando el conflicto ruso-ucraniano llevó la cotización de la soja por encima de U$S630.
El dilema de los productores
Sin embargo, el humor en el campo argentino está lejos de la euforia. A pesar de que el nivel de retenciones volvió a recortarse -está en 24% para la soja, una notable mejora respecto del 33% con el que empezó la gestión Milei- todavía las cuentas siguen sin cerrar.
Ocurre que, en el mercado local, no se están reflejando los mismos precios que se ven en las pantallas de Chicago. Más bien al contrario, se sigue verificando una tendencia a la baja de los precios, lo cual opera como un desincentivo para que los productores cierren acuerdos de exportación.
El precio en Rosario está en $460.000, lo que equivale a U$S326, mientras que en la semana previa a la crisis de Irán la cotización era de u$s330. Lo cierto es que abundan las advertencias de empresarios agrícolas que se quejan sobre la "inviabilidad" del negocio por la combinación de retenciones y, además, un tipo de cambio en baja.
Pero, sobre todo, el nuevo temor es que, aun cuando el precio de los granos tuviera una reacción alcista como consecuencia del escenario global conflictivo, la expectativa es que ninguna suba del precio podrá compensar al aumento en el costo de los insumos y fertilizantes. En otras palabras, petróleo y gas caro matan a suba de la soja.
Bajo estas circunstancias, el entusiasmo inicial por la gran campaña agrícola se transformó en una sensación de crisis. Y los productores se enfrentan a una disyuntiva: la primera opción, aconsejada por los consultores, es fijar precios ahora -aun sabiendo que no son atractivos- porque en el futuro se puede agravar la relación insumo/producto. La segunda es más tradicional: esperar con el producto en los silobolsas, con la expectativa de que suba el dólar o que Toto Caputo otorgue un nuevo incentivo impositivo.







