
“Creo que hay un grupo de personas que mienten sobre su edad para usar nuestros servicios”. Con esta polémica declaración, Mark Zuckerberg, CEO de Meta y creador de Facebook, intentó justificar ante un jurado de Los Ángeles la presencia masiva de menores en sus plataformas. El empresario se sentó en el banquillo en un juicio que busca determinar si sus redes sociales (también es propietario de Instagram) son responsables de una crisis de salud mental entre los jóvenes.
Kaley G.M., joven de California de 20 años sostiene que Instagram y YouTube (producto de Google) fueron diseñados intencionalmente para ser adictivos y que la engancharon desde la escuela primaria, causándole ansiedad, depresión y dismorfia corporal. A partir de su demanda, la justicia busca esclarecer si estas empresas diseñaron deliberadamente funciones para generar un uso compulsivo y adictivo. La acusación sostiene que se utilizaron técnicas psicológicas similares a las de los casinos para mantener a los niños “enganchados”.
Aunque Zuckerberg negó cualquier intencionalidad comercial de crear adicción y defendió sus políticas de seguridad, admitió un fallo crítico: “Podríamos haberlo hecho antes”, declaró al referirse a la demora de Instagram en implementar métodos eficaces de verificación de edad. Es decir, reconoció que no hicieron nada para prevenir los efectos de las redes en los usuarios más jóvenes, más vulnerables.
No es la primera vez que se pone en debate las propiedades adictivas de las redes, pero sí se convierte en el núcleo de un proceso que puede ocasionar un cambio de paradigma para las plataformas que trabajan -y se monetizan- con la retención de sus usuarios. El caso de Kaley materializa el día a día de millones de familias que presencian cómo sus hijos se ven atrapados por algoritmos y estímulos infinitos. Es por eso, que la querella sostiene que la exposición temprana y constante a algoritmos de personalización y filtros de “belleza” agravó cuadros de depresión, ansiedad y pensamientos suicidas. Mientras que la defensa de Meta argumenta que los problemas de la joven derivan de una infancia difícil, los demandantes insisten en que la plataforma se aprovechó de su vulnerabilidad.
La aplicación requiere en términos técnicos que los usuarios tengan 13 años para registrarse, y Zuckerberg dijo que los niños más pequeños “no están permitidos en Instagram”. No hace falta ir hasta las puertas del juzgado de Los Ángeles para saber que los pequeños de esa edad ya consumen y comparten contenido, con o sin el aval de sus tutores. El centro de la discusión es cómo las plataformas se aseguran de estas restricciones y por las declaraciones de Zuckerberg, está demostrado que hasta ahora han sido muy permeables.
Mientras tanto, países como Australia ya prohibieron el acceso a las redes sociales a los usuarios menores de 16 años, y otros como España, Francia y Grecia, están considerando restricciones similares. Prohibición, regulación, restricción. Todas son acciones que llegan cuando un enorme porcentaje de esa población no solo está conectada con dichas pantallas, sino que establecen fuertes vínculos e identidades a partir de dichas relaciones.
Mientras tanto, los gigantes de Silicon Valley observan con atención el juicio. Su fallo servirá como un modelo jurisprudencial para el resto del país y podría ocasionar un verdadero tsunami de demandas si Meta saliera perjudicada en esta contienda. Más allá de ganadores y perdedores, el juicio servirá también como vidriera para conocer los argumentos de cada parte, en un momento en el que nadie puede dudar de los efectos nocivos que pueden ocasionar las redes sin un acompañamiento consciente y con propósito, por parte de quienes debemos cuidar a los más chicos.







