NOCHE ADVERSA. Atlético Tucumán volvió a mostrar fragilidad como visitante y sigue sin poder cortar la larga racha sin triunfos fuera de la provincia. Foto de Ariel Carreras/Especial LA GACETA
Todos los partidos de Atlético, a esta altura, son de vida o muerte. Y apenas va por la fecha 7. Todo pesa más de lo que debería. Cada salida de la provincia se transforma en una prueba que el equipo todavía no puede superar. La sequía ya llega a los 399 días sin ganar como visitante y, si los cálculos no fallan, alcanzará los 418 para el próximo compromiso fuera de casa, el 16 de marzo ante Barracas Central. El tiempo pasa, los partidos también, y esa deuda queda impaga.
Hugo Colace movió las piezas en el comienzo de esta seguidilla cordobesa. Renunció a su cómodo 4-3-3 y decidió sostener el 4-4-2 que había estrenado ante Estudiantes de Río Cuarto, noche en la que todo pareció acomodarse con un 4 a 0 que invitaba a creer. Esta vez, ante Belgrano, repitió la estructura pero con Lautaro Godoy y Carlos Abeldaño en ataque. La lesión de Leandro Díaz lo obligó a incluir a Godoy, quien terminó siendo lo más sólido del equipo en ofensiva.
En Córdoba, la definición más acertada para lo que se vio es “anemia ofensiva”. Atlético llega hasta el área rival con cierta claridad, construye el avance con Renzo Tesuri, que rompe líneas, se anima... y ahí se termina todo. La jugada se enreda, después se diluye y finalmente desaparece. La oportunidad más clara del primer tiempo nació de un centro preciso de Leonel Di Plácido para Tesuri, que apareció libre en el área. La pelota buscó el ángulo y se fue afuera por muy poco. Fue una postal de lo que podría ser y no es.
La defensa tampoco ofreció garantías. Di Plácido tuvo un partido muy flojo y perdió varias veces en su sector. A los 38 minutos llegó el primer golpe: un tiro libre, un rebote sin dueño y Emiliano Rigoni que encontró la pelota en el lugar indicado para marcar el 1 a 0. Atlético otra vez corriendo desde atrás sin respuestas claras.
El segundo tiempo arrancó con un cambio que buscó alterar la dinámica. Manuel Brondo ingresó por Javier Domínguez, que había tenido un rendimiento irregular y una amarilla que lo condicionaba. La idea fue reforzar el ataque y pasar a una especie de 4-2-4, con Nicolás Laméndola más adelantado. La modificación duró poco. Nicolás “Uvita” Fernández marcó el segundo tras un pase brillante de Lucas “Chino” Zelarayán, que lo dejó de frente al arco. Luis Ingolotti nada pudo hacer.
El equipo quedó expuesto, partido en dos y sin equilibrio. A los 59 minutos salieron Godoy y Laméndola, e ingresaron Ezequiel Ham e Ignacio Galván. Tesuri a la derecha del ataque, Galván a la izquierda, y el dibujo fue mutando entre el intento ofensivo y la necesidad de replegarse. En defensa regresaba al 4-4-2. En ataque se desordenaba en busca de algo que nunca apareció.
A los 77 minutos, Rigoni volvió a golpear y marcó el tercero. El partido quedó sentenciado. Antes, Colace había decidido el ingreso de Martín Benítez por Di Plácido. Difícil entender qué buscaba en ese momento. Quizás una última chispa, una reacción, algo que cambiara el rumbo. Nada de eso ocurrió... al menos no de manera directa.
El destino, o tal vez el árbitro, le dejó a Atlético un pequeño consuelo. A los 89 minutos sancionó un penal por un supuesto agarrón del arquero de Belgrano a Abeldaño. Dudoso, discutible, cobrado al fin y al cabo. Benítez se hizo cargo y convirtió el 3 a 1. Un regalo tardío y maquillado que no cambió el fondo de la cuestión.
Fue uno de los partidos más irregulares del ciclo Colace. Sin situaciones claras, sin defensa estable, sin seguridad en el arco y con un ataque que llega hasta el área y se apaga. La jugada se corta en el momento final, pareciera que el área tuviera el otro lado de un imán que rechaza cada intento. Un equipo que intenta, que busca, que avanza hasta cierto punto y se pierde. Que no logra conectar entre sí y, lo más triste para el hincha, que transmite dudas.
La pregunta aparece sola. ¿Es el final del ciclo de Hugo Colace? Las horas lo dirán. Mientras tanto, Atlético sigue atrapado en su propio laberinto, esperando encontrar una salida que todavía no aparece.








