
Las escuelas en la etapa colonial comenzaron a abrirse con algo más de sistematicidad. Respondieron a tres tipos: congregaciones o parroquiales; las del Cabildo (escuelas públicas) y las de particulares con autorización del Cabildo. También existían los docentes particulares que atendían a los alumnos en sus domicilios, acordando contenidos y precios de la enseñanza con sus padres. Los docentes laicos eran un grupo heterogéneo: había inmigrantes castellanos, portugueses y franceses, y de distintas profesiones de origen (militares, artesanos, escribientes, seminaristas). No faltaron las maestras mujeres, viudas o solteras, que ejercían la actividad como una forma de ganarse la vida, aunque la educación estaba especialmente orientada a los varones. En el siglo XVII, algunos docentes particulares solicitaban ayuda pecuniaria o logística a los cabildos, pero fueron las órdenes religiosas las que brindaron educación, por lo general gratuita, para los niños más pobres. Tucumán era un “plantel urbano de humildes casas, con una plaza en el medio, un cabildo, cuatro conventos en el ejido, alguna escuelas de frailes, un comercio precario, y como atmósfera moral, los chismes, los bártulos, los cuentos de 20 blancos que saben leer y escribir, entre 500 que no lo saben, pero son de algún modo los amos de los indios”, según describe Ricardo Rojas; fue el San Miguel de Tucumán que entró en el siglo XIX.
Pedro Pablo Verasaluse
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