Cuando el río entra a la casa: el otro lado de la crecida que golpeó a García Fernández

Casas anegadas, muebles arruinados y noches sin dormir. Las historias de quienes sintieron el golpe más duro que dejaron las lluvias.

El agua, lentamente, se va retirando, pero dejó una marca imborrable. No solo en las paredes, donde el barro señala hasta dónde llegó la crecida del río Lules, sino también en la vida de decenas de familias de la comuna de Manuel García Fernández, que volvieron a enfrentar una escena conocida; y es la de casas anegadas, pérdidas materiales y la angustia de empezar otra vez.

A pocos kilómetros de Lules, sobre la calle 9 de Julio, el paisaje es el de una posinundación cruda y silenciosa. Colchones arruinados, muebles húmedos, ropa inutilizable y calles convertidas en un pantano. Allí vive Ariel, uno de los vecinos afectados, parado sobre lo que antes era la entrada a su casa. Hoy, ese acceso es intransitable.

“Es una pena muy grande. Esto te perjudica en todo sentido. Son cosas que cuestan años conseguir y en unas horas se pierden”, le dice a LA GACETA, con el cansancio marcado en el rostro. Desde las cuatro de la mañana del domingo que no duerme. El hombre pasó la noche sacando agua y barro, ayudado por compañeros de trabajo que llegaron apenas pudieron.

El agua le llegó hasta la cintura. Perdió la heladera, colchones, ropa y muebles. No es la primera vez. “Hace 10 o 15 años pasó algo similar, incluso peor. Y después siempre vuelve a ocurrir. Se hicieron defensas, pero no alcanzan para el caudal del río”, resume.

FOTO DE SANTIAGO GIMÉNEZ FOTO DE SANTIAGO GIMÉNEZ

En esa zona baja, detrás de las vías y cercana al cauce, el agua se acumula como en un pozo. Caminar es peligroso: el barro cede bajo los pies, se hunde, atrapa. “Imaginate si acá viviera una persona mayor”.

Durante la madrugada, muchas familias no durmieron. Se reunieron en una carpa improvisada, compartieron mates, comida y la vigilia inevitable de quien sabe que no puede dejar sola su casa, aunque el agua le llegue hasta las rodillas. O más.

Abril, otra vecina, cuenta que el agua entró en todas las viviendas a la misma altura. “Se nos mojaron los roperos y los muebles. La comuna nos trajo comida y artículos de limpieza. El río siempre fue así, sale de golpe y no avisa”, explica, todavía con barro en las sandalias.

La asistencia llegó, pero el daño ya estaba hecho. Desde la comuna realizaron un relevamiento y confirmaron que la calle 9 de Julio es la más comprometida. Se inundaron viviendas, la sede comunal, el CAPS y otros espacios públicos. Las familias evacuadas ya regresaron, pero lo hicieron para encontrarse con lo que el agua dejó atrás.

Belén llegó desde otro punto para ayudar a su hermano. La tristeza le quiebra la voz. “Perdió todo. No hubo tiempo de sacar nada. Heladera, colchones, ropa, calzado… todo”, enumera. Cerca de allí, también la casa de su sobrina quedó devastada. “Esto se repite desde hace años. Han hecho defensas, pero al agua no se la puede parar”.

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Martín limpia la casa de su hija, madre de cuatro niños, evacuados durante la crecida. Dentro, los colchones están levantados y el olor a humedad invade todo. “El agua entró unos 40 centímetros. Si la casa no estuviera más alta, podría haber sido peligroso para los chicos”, señala.

Las historias se repiten casa tras casa. Cambian los nombres, no el drama. La marca del agua en las paredes es una línea muda que resume la madrugada de miedo, impotencia y pérdidas. Y cuando el río baja, empieza otra lucha; y es la de sacar el barro antes de que se seque, evitar enfermedades, conseguir lo básico para volver a vivir.

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