Trauma y memoria: cuando el infierno no termina al salir

Por Juan L. Marcotullio - marcotulliojuan@gmail.com.

Hace 10 Hs

“Esto no me afecta”, cuando en realidad duele. “Puedo con todo”, cuando el cuerpo ya está agotado. “No necesito a nadie”, sin admitir que sí, que lo necesitamos. O el “más adelante cambiaré”, como una forma elegante de postergar decisiones. Todas estas frases son ejemplos de autoengaños, relatos internos que construimos para no enfrentar verdades que nos resultan dolorosas o difíciles de tolerar.

Un gran psiquiatra del siglo XX, Elvin Semrad, fue uno de los primeros en señalarlo con claridad: la mayor fuente de nuestro propio sufrimiento son las mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Dicho de otro modo, el sufrimiento no proviene tanto de la realidad en sí, sino del esfuerzo psíquico que realizamos para no verla. Ese trabajo constante de negar la experiencia traumática, de reprimir el conflicto y negociar con la verdad interior, tiene un costo.

Ansiedad, síntomas somáticos, depresión, insomnio. No sufrimos solo por lo que nos pasa o nos pasó, sino por no permitirnos saber realmente qué nos sucede. Para Semrad, pionero en el abordaje del trauma psíquico, la salud mental comienza cuando dejamos de negociar con esa verdad, aunque sea incómoda.

Semrad fue un maestro clínico, un referente silencioso: enseñó mucho y publicó poco. Décadas más tarde, uno de sus discípulos más influyentes, Bessel van der Kolk, llevaría estas ideas a la clínica moderna y a la neurociencia. En su libro El cuerpo lleva la cuenta, explica cómo el trauma no queda atrapado solo en la memoria, sino también inscrito en el cuerpo, en el sistema nervioso y en las respuestas automáticas. Ese es el núcleo del trastorno por estrés postraumático (TEPT).

Hoy se sabe que, en el TEPT, ciertas áreas cerebrales quedan funcionalmente alteradas. El resultado es un organismo que reacciona como si el peligro siguiera presente, aun cuando hayan pasado años. El cuerpo “lleva la cuenta” porque aprendió a sobrevivir.

El trauma no siempre se recuerda con precisión, pero se revive en forma de sobresaltos, taquicardia, insomnio o una sensación persistente de amenaza. Es una respuesta neurobiológica al estrés extremo.

Por eso hoy se entiende que no alcanza solo con hablar del trauma: también es necesario trabajar con el cuerpo. Psicoterapia, terapias somáticas, respiración, mindfulness y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico, ayudan a que el sistema nervioso comprenda algo esencial: el peligro ya pasó.

El Helicoide

Leímos en LA GACETA un interrogante inquietante: ¿llega a su fin El Helicoide, símbolo del terror del chavismo en Venezuela? La noticia aludía a uno de los centros de detención más temidos del régimen venezolano. Alguien dijo alguna vez de ese lugar que era lo más cercano al infierno. Y no parece una exageración. Durante años, El Helicoide estuvo asociado a torturas, encierros prolongados, humillaciones y violencia sistemática.

Si esas personas comienzan a salir, habrá mucho trabajo por delante para la psiquiatría y la psicología. La bibliografía y la experiencia clínica coinciden en que una proporción elevada de quienes fueron sometidos a violencia extrema desarrollará el temido trastorno por estrés postraumático. No es necesario haber ido a una guerra para que el trauma perdure. Más allá de las secuelas físicas, el daño psíquico será un desafío central.

Sanar no será simplemente borrar lo vivido. Será, sobre todo, ayudar a que el cuerpo y la subjetividad puedan aprender que el infierno quedó atrás y que el presente vuelva, poco a poco, a ser un lugar posible.

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